Crónica: El cantor de El Carmen

La música es la mejor expresión del hombre, que lo hace convivir en paz. Sixto Arango Gallo.


Ésta es una historia construida con los relatos, apreciaciones y recuerdos de quienes de una u otra forma conocieron a Sixto Arango Gallo, un talentoso músico y compositor carmelitano, cuyo reconocimiento por parte de sus coterráneos se limitó al uso institucional de su nombre. Su vida, sus costumbres, anécdotas y su legado musical son elementos todavía desconocidos para muchos de quienes habitan El Carmen de Viboral.

El maestro era hijo de Sixto Arango y de María de Jesús Gallo, nació el 11 de abril de 1916, en un hogar cercano al Alto de la Virgen de la Vereda Las Brisas de este municipio.

Desde pequeño fue un hombre católico y muy fervoroso, sentimiento que le imprimió a su vida artística y personal, disfrutaba componer melodías que transmitieran el fervor y que elevaran y motivaran a las almas carmelitanas a sentir y vivir su espiritualidad cristiana.

De lunes a viernes a las 5:30 de la madrugada, aún sin tomar el primer baño del día, el maestro Sixto Arango Gallo salía de casa con su libro de partituras bajo el brazo y vestido siempre con gabán, sombrero y traje hecho a la medida. Se alistaba para cantar la eucaristía de las 6:00 en la Parroquia Nuestra Señora de El Carmen, labor de apostolado en la que permaneció por 49 años.

Mientras el músico se preparaba para acompañar con cantos a los fieles, sus hijos Mariola, Hernando, Alberto, Alonso, Cecilia y Francisco, se levantaban uno a uno para ir a estudiar. La costumbre sagrada era que toda la familia regresara a casa y se reuniera en la mesa para el almuerzo y la cena.

A los 24 años de edad en una casa de dos patios, un solar, seis habitaciones, cocina, comedor y sala, ubicada en el barrio La Alhambra, el músico y contador carmelitano conformó un hogar junto a Flora Montoya Giraldo, mujer con la que se casó en 1940.

En esa casa de espacios grandes sus hijas recuerdan que el artista pasó muchos años de tertulias familiares y tardes de recreo junto al radio, escuchando programas de humor, las canciones de Claudia Osuna y Claudia de Colombia, así como Dime pajarito del Binomio de Oro, una de sus canciones favoritas. Había un lugar especial en la parte de atrás de la casa al que le llamaban ―el nido‖, donde Sixto continuamente se sentaba a pensar, leer, silbar y componer melodías religiosas.

El sentido y la estética de sus composiciones permitió que fueran conocidas e interpretadas por varias bandas de música de la región del Oriente antioqueño, y que algunos coristas de parroquias en todo el país ejecutaran las Misas (entendidas como género musical) compuestas por este músico carmelitano, según cuenta Alfredo Mejía Vallejo, músico y compositor nacido en el municipio de El Retiro, Antioquia.

Una de las obras más reconocidas del artista fue la composición de la melodía del himno de El Carmen de Viboral, cuya letra fue creada por Alberto Acosta. La canción municipal se estrenó en el Teatro Cervantes (hoy Restaurante La Frisolerita) y fue interpretada por primera vez por la Coral Tomás Luis de Victoria de Medellín. En esa oportunidad, la Administración Municipal condecoró al artista con dos medallas por la composición que había hecho para el municipio. Octavio Giraldo Baena, aprendiz del maestro y actual corista de la Catedral Metropolitana de Medellín, recuerda que le colaboró a Sixto en la interpretación del piano cuando grabaron el himno del pueblo en los estudios de Discos Fuentes.

Aquella fue la única pieza que el compositor del pueblo grabó en un estudio. El resto de su obra se quedó plasmada en partituras que los músicos antioqueños intercambiaron entre sí y que quedaron en custodia de algunos cuantos intérpretes. Con el paso de los años muchas de las piezas musicales se han deteriorado y extraviado; ésta ha sido una de las razones para que gran parte de la comunidad carmelitana no reconozca estas melodías como composiciones de Sixto Arango Gallo.

Por su talento musical muchos le ofrecieron oportunidades en otros pueblos y ciudades, pero Sixto nunca quiso dejar su pueblo natal. Siempre estuvo al pendiente de su labor en la parroquia, actividad que realizaba antes y después del ritual familiar del almuerzo o de sus momentos de creación musical. Éste era el espacio donde pasaba la mayor parte del día, era su

lugar de trabajo y disfrute, algunas veces interpretaba el órgano y en otras ocasiones se desempeñaba como contador de la capilla.

Además, Sixto contactaba en Rionegro o Medellín los mejores intérpretes y las cantantes más expresivas para las festividades religiosas del pueblo, a pedido de Flavio Velásquez, párroco de la época. Buscaba que a El Carmen no se trajera cualquier músico, que siempre fueran artistas del más alto nivel, algo que podía ampliar la visión musical de los habitantes del pueblo.

Músicos como Jorge Ochoa (tenor antioqueño), Pizarro (flautista de la Banda Sinfónica de Antioquia), Gerardo García ―el chinche‖ (violinista) y Julián Vieco (violinista), entre otros, fueron contactados por Sixto para participar de las fiestas patronales y de la Semana Santa.

Compromisos de este tipo hicieron que solo hasta 1964 el artista realizara su primer viaje a la Costa Caribe, cuando el sacerdote de turno, Flavio Velásquez, y su hija Cecilia coordinaron ese primer viaje de vacaciones. Sin embargo, sus quehaceres como contador y la demanda frecuente de músicos profesionales que amenizaran las festividades locales, obligaban al músico a viajar regularmente a Medellín y Rionegro.

El artista carmelitano también realizaba oficios contables en algunas fábricas de loza como Cerámicas Unidas, Empresas Júpiter y Palissy. También daba clases de música y contabilidad en la Escuela Industrial (I.T.I.) y en la Normal de Señoritas Santa Teresa, donde además prestaba sus servicios como contador.

Luego de cumplir con sus múltiples ocupaciones, después del almuerzo, una de sus distracciones diarias era reunirse a la una de la tarde con amigos, parientes y conocidos en el antiguo establecimiento conocido como El Parroquial (en el lugar donde hoy está la heladería La Tertulia en el parque principal). Allí junto a Pedro Luis Jiménez, Ambrosio Acevedo, Óscar Salazar, Gabriel Giraldo (sobrino) y su hijo Alberto, resolvían los crucigramas del periódico El Espectador.

Aunque su presencia inspiraba respeto, pues era un hombre bastante estricto, reservado y serio, como buen maestro poseía una gran paciencia, era amable, servicial y correcto, ―muy en su punto‖, como lo dicen sus hijas Mariola y Cecilia. Era una persona muy dulce, según sus parientes, ―muy piadoso, abuelo consentidor, muy serio, pero querido, caballeroso. No era de chistes, sino de apuntes corticos, tenía su chispa‖.

En la actualidad, los descendientes del artista (seis hijos y seis nietos) lo recuerdan de forma muy particular, algunos conocen más de su vida y de su obra que otros, pero casi todos intentan rescatar y proyectar el legado musical del artista carmelitano extinto.

―Todos tenemos un gran recuerdo de mi abuelo, una gran admiración por él, nadie de la familia es indiferente a eso y nos sentimos muy orgullosos, aunque con distintos grados de conocimiento sobre él‖, dice su nieto Nelson y agrega, ―parte de ese orgullo mueve en algunos de nosotros el gusto por la música y las ganas de hacer algo por conservar la tradición‖.

Gracias a su reconocimiento en la composición de música sacra, tiempo después de la muerte del músico, líderes locales acordaron otorgarle su nombre a la casa de la cultura del municipio, Casa de la Cultura Sixto Arango Gallo, siendo el nombre dado a este espacio una de las pocas formas en la que se visibiliza al artista carmelitano. No obstante, esto no garantizó que las generaciones posteriores del municipio conocieran su aporte a la memoria musical y cultural del pueblo.

Su vida era la música

Fue desde el segundo año de bachillerato en el colegio de Nuestra Señora de El Carmen cuando despertó la vocación musical de Sixto Arango, cuando éste empezó a recibir clases con el entonces corista de la parroquia, Ernesto Tirado, quien le enseñó la técnica del solfeo y la interpretación del piano.

Según la investigadora Clemencia Aramburo Penagos, ―con la ayuda de su padre, el ilustre músico carmelitano logró conseguir un piano, comprado a don Manuel Montoya —profesor suyo— por la suma de $15 (quince pesos) y elaborado en el municipio de San Vicente Ferrer (Antioquia). A partir de entonces y con la ayuda de algunos libros, Sixto inició su formación musical de manera autodidacta. A los 16 años logró componer sus primeras obras: ‗Las Aviadoras‘, ‗Contrariedades‘ y ‗Mecida por las Olas. Aunque por su parte, Gabriel Giraldo Arango, sobrino del músico y actual custodio de los pergaminos originales de la música del compositor, cuenta que las fechas de las primeras partituras de Sixto Arango datan de 1931, cuando el músico tenía apenas 15 años de edad.

Más tarde, el primero de abril de 1936, el maestro Tirado y el presbítero Jesús María Gómez le ceden a Sixto la responsabilidad de ser el organista de la parroquia.

En los tiempos de Sixto no era fácil acceder a las grabaciones y al conocimiento de las obras de música clásica. La manera de conocer estas obras y poderlas interpretar era comprando las partituras que otras personas transcribían.

Al faltarle melodías para los cantos litúrgicos el corista debía componerlas; eso lo obligó a evolucionar como músico. ―Cuando componía, no sólo componía sino que escuchaba, él apreciaba los ritmos que estaban en boga en esa época, creando otras melodías y otras letras, con otros instrumentos. Sixto no compuso sus melodías para un instrumento tan completo como el órgano; las compuso para piano, flauta traversa, violín, contrabajo y las mismas voces humanas. Tocar los diferentes instrumentos le facilitaba sentirlos e instrumentar. Cuando no se conocen los instrumentos la melodía se convierte en una composición muy teórica. De hecho, a algunas de sus composiciones les falta profundidad, son muy teóricas, muy sencillas, aun así son bonitas‖ dice Mario Loaiza.

Para esa época ser compositor, corista y organista de la iglesia daba cierto respeto y reconocimiento social; no obstante, este trabajo no se consideraba como una manifestación artística, sino como el oficio y la habilidad de tocar un instrumento musical tan necesario para los actos religiosos y tan complejo como lo es el órgano.

Alfredo Mejía Vallejo resalta el valor de Sixto Arango como músico, intérprete y compositor, pues argumenta que ―aunque Sixto no se consagró a la música ni recibió una formación académica en el aspecto musical sus composiciones gozaban de estructura, teoría y conceptos de armonización fundamentales. Eran piezas musicales producto del instinto y talento natural del artista.

Sixto creó su colección de composiciones de música religiosa silbando. El Cantor se iba para el nido en los momentos creativos y comenzaba a silbar melodías suaves que se convertían luego en las notas de sus partituras. Componer música era para él algo natural, casi nunca corregía las partituras, se las sabía de memoria, y escribía de forma impecable sobre el papel blanco las semifusas, corcheas, silencios y compases en los tiempos delimitados por el ritmo que marcaba con la mano sobre una de sus piernas.

Apoyado en un libro francés de composición musical que tiempo antes le obsequió uno de sus maestros, Pedro Beggé, el artista carmelitano iba creando frases y acordes en el pentagrama como una manera de alabar a Dios. Muchas de sus composiciones eran expresiones tangibles de su fe.

Algunas de estas piezas pertenecientes al género de la música religiosa fueron: ocho misas de Gloria en latín; cinco misas de Réquiem en latín; cuatro misas de Réquiem en español; dos misas Folclóricas en español, siete Salves a la Virgen en latín; doce Motetes Eucarísticos en latín; veintiocho Motetes en español; ocho Trisagios a la Santísima Trinidad. Y en el ámbito de la música popular compuso un vals, dos pasillos, dos zarzuelas, cuatro danzas, dos gavotas, tres pasodobles y diez canciones escolares, entre las cuales están: La Cigarrera, Barcarola, El huerfanito, Lavanderita y El Ciervo.

La música religiosa no fue la única especialidad del maestro Sixto; el historiador e investigador Heriberto Zapata Cuéncar afirma que el artista también creó composiciones para otros géneros musicales: ―caso singular en un músico popular, realizó incursiones en el género escénico y en la música para orquesta con dos zarzuelas: La Muñeca China y María Salomé. Cuatro danzas para pequeña orquesta, dos gavotas, dos marchas para banda, tres pasodobles y la fantasía ´En el país de las hadas.

El compositor creó también los himnos de la Escuela Industrial, el Instituto Fray Julio Tobón Betancur y la Normal Santa Teresa de El Carmen, el himno de la Normal de Marinilla y el del Seminario de Cañasgordas.

No obstante, las piezas que han contado con mayor reconocimiento dentro del repertorio del artista local son un conjunto de obras fúnebres, compuestas hacia 1952 cuando éste desempeñó el cargo de director de la Banda Parroquial de El Carmen (la Banda Municipal hoy en día) con el fin de acompañar los días de recogimiento de la Semana Santa. Algunas de estas obras se titulan: La puerta del sagrario, Hostia Divina, Yo soy de Dios, Alabado, Jesús en el Misterio, El Dios de amor, Prisión de Amor, Como suspira la Sierva, Nuestra fuerza está en el Señor, Tu reino es vida, Cristo vive en mí, Gustad y ved, Eres mi Pastor, Oh Dios.

Este conjunto de marchas fúnebres presenta un estilo melancólico, ritmos lentos y cadenciosos, armonías lúgubres que complementan los gestos de dolor y sacrificio que expresan las Vírgenes, Jesucristos y demás figuras religiosas que se sacan durante las procesiones de la Semana Mayor.

Alrededor de estas imágenes se congrega toda la comunidad católica del pueblo. Todos ellos, en silencio y con actitud de recogimiento, caminan detrás de la banda a lo largo del trayecto de la procesión.

Las marchas son interpretadas en la actualidad exclusivamente por la Banda Municipal de El Carmen de Viboral. Por ser composiciones únicas en la historia de más de 130 años de la banda, son material susceptible de ser considerado patrimonio material e inmaterial del pueblo.

La hermosura de las marchas fúnebres incentiva a la protección de los manuscritos originales, custodiados recelosamente por los miembros de la actual Banda Municipal. Estos documentos son propensos a deteriorarse por el paso del tiempo si no se tienen cuidados especiales para su conservación. Dada esta prevención y el temor por la posible reproducción de la obra, a otros músicos de la región que se han interesado por la recuperación de estas melodías sólo les ha quedado la posibilidad de grabarlas y trascribirlas a oído.

Este recelo y la imposibilidad de reproducir estas obras contribuyen también a la desaparición de los registros originales del trabajo musical de Sixto Arango Gallo, y eso a su vez disminuye la apropiación, proyección y reconocimiento de estas composiciones como elementos propios de la cultura e identidad musical carmelitana.

Aquellas piezas musicales, representan la época dorada de la música religiosa auténticamente carmelitana en las décadas de los cuarenta y cincuenta. Mario Betancur afirma que: ―Sixto Arango (…) dejó para la posteridad un sinnúmero de composiciones populares y religiosas que continúan vigentes y causan admiración a maestros e intérpretes de otras latitudes. Precisamente esa es la importancia del rescate, valoración y conservación del legado musical del cantautor carmelitano.

Agrupaciones

El artista carmelitano también dirigió y acompañó el proceso de varias agrupaciones locales, aportando a cada una ese sello particular de sus composiciones y conformando el inventario musical tradicional de El Carmen de Viboral.

La Banda Parroquial

Hacia 1938 la violencia invadió las calles de El Carmen de Viboral. Algunos carmelitanos, muchedumbre enardecida, gritaban y exigían a viva voz a los líderes religiosos que devolvieran a su trono a ―La Quiteña‖, la tradicional Virgen del Carmen llamada así por haber sido traída desde Quito, Ecuador, en épocas de la Colonia y que durante cien años había sido la patrona de los carmelitanos. Una mañana los sacerdotes del pueblo la habían sustituido por una imagen nueva, La Barcelonesa, una virgen con aspecto más juvenil y moderno.

Al tiempo que Colombia vivía la lucha entre liberales y conservadores, los carmelitanos se dividían entre ―Quiteños‖ que exigían la devolución al trono de la antigua imagen, y los ―Nuevistas‖ sector de la población que aceptaba la nueva figura.

La polarización de la comunidad fue tal que permitió la creación de dos Concejos municipales y dos personeros, también (casi dos décadas después) provocó la división de la banda de música del pueblo, dando como resultado dos agrupaciones: Una banda municipal y otra parroquial. Según el investigador musical Mario Loaiza, la Banda Municipal, fue dirigida por el clarinetista Baldomero Betancur. Este conjunto fue respaldado por la Administración Municipal que le otorgó apoyo económico y logístico.

Loaiza también describe que ―la otra parte del grupo, la Banda de la Parroquia, cuyos miembros eran señores mayores y fieles seguidores de las normas religiosas, apoyaron la decisión de cambio de imagen y se quedaron bajo la dirección de la Iglesia Católica.

El director de esta agrupación fue Sixto Arango Gallo. El artista asumió el liderazgo de la banda parroquial en 1952, por amor a la iglesia, no porque le gustara más estar en la banda que su labor como corista, sino porque todavía existían diferencias entre la parroquia y los líderes que a pesar de los años, seguían defendiendo la causa de la nueva imagen de la Virgen del Carmen.

Los músicos que integraban esta agrupación, experimentaron la disciplina y seriedad del nuevo director. Todos, incluyendo el director, firmaron en 1956 el reglamento de la banda parroquial de El Carmen de Viboral. Se pactó una multa para quienes faltaran a los ensayos y se exigió total seriedad en las presentaciones, donde los músicos no podrían ingerir bebidas alcohólicas.

Con los años, la pugna por el cambio de vírgenes fue cayendo en el olvido. La Quiteña desapareció definitivamente luego de un incendio en la Casa Cural, lugar donde estaba resguardada. La Barcelonesa, nunca obtuvo el reconocimiento de los carmelitanos como su patrona.

Para 1957 las divisiones se diluyeron y en el caso de las bandas, éstas volvieron a unirse. Los músicos de la Banda Parroquial se adhirieron al grupo dirigido por Baldomero Betancur. El grupo musical fue conocido desde entonces como la Banda Nueva o la Municipal.

De cualquier forma, la labor emprendida por Sixto en la dirección de la Banda Parroquial, dejó una huella que aún se recuerda. De hecho las melodías fúnebres, son las que más gratamente recuerdan e interpretan los músicos de la Banda Municipal. Ellos quedaron con esa música y ellos siguen perpetuándola, tocándola en la Semana Santa, un elemento que hace singular a esta época de reflexión en El Carmen de Viboral.

Grupo de Cámara Santa Cecilia

Como un homenaje a Santa Cecilia, patrona de los músicos del mundo, el maestro Sixto también dirigió, entre los años 1940 y 1950 una orquesta consagrada a esta Santa ―Grupo de Cámara Santa Cecilia‖, que interpretaba géneros musicales sacros y populares, y que había surgido en el municipio ante la necesidad de un grupo que ofreciera serenatas y amenizara actos culturales. Este grupo estaba integrado por: Arnulfo Betancur, Luis Giraldo, José J. Ramírez y Sixto Arango Gallo.

La agrupación incluía un contrabajo, trompeta, clarinete y piano, composición instrumental que le daba una sonoridad y condición sinfónica.

La vena musical Arango

Aunque por varios años la música de Sixto fue reconocida a nivel de la región y escuchada por bastantes feligreses antioqueños, algunos de sus descendientes apenas empiezan a conocer detalles significativos de su vida y su propuesta artística. No obstante, en sus hijos y en algunos de sus nietos el legado musical, el oído, el sentido del ritmo y la capacidad para cantar han sido cuestiones innegablemente heredadas.

De los seis hijos del intérprete el que se entregó más a la música fue Alberto, después están Cecilia y Francisco que son cantantes. Alonso también cantó y tiene buen oído. La mayoría de sus nietos aprendieron a leer partituras, cantar o tocar algún instrumento musical.

―Yo creo que a todos nos pasó alguna cosa con la música, agrega uno de sus nietos, Nelson, ―cuando mi abuelo sacaba licencias, mi papá [Alberto] lo reemplazaba. No fue una comunicación directa de mi abuelo a él, era más bien de apoyo y asistencia. Mi papá trabajaba con los coros y los preparaba o cantaba con ellos mientras mi abuelo tocaba. Eran dos músicos que se apoyaban.

Alberto, el primogénito del organista, aprendió música oyendo e imitando, como muchos músicos de la época. Estudió en Bellas Artes, luego estudió piano en Medellín.

La generación de los nietos ha tenido acercamiento a la música, les gusta, pero ninguno es un músico profesional o consagrado. ―No tuvimos una formación musical desde pequeños, sino que después, más por el descubrimiento del abuelo y por el gusto que nos quedó a todos, uno dice ¡miércoles la música también es bacana! y desde entonces quiere hacer música‖, relata Nelson.

―Cuando empecé a tocar, dice Nicolás Jiménez Arango otro de los nietos del compositor carmelitano, siempre salía con mis amigos músicos. Mientras ellos tocaban yo les afinaba las guitarras. Siempre hay un amigo, William, que me dice, ´ey Nico tu abuelo como que tiene historia‗, y siempre que estamos tocando dice: ‗Este man tiene full oído, tiene oído musical porque el abuelo era un teso, era un firme allá en El Carmen.

Ese es el estado de la música en la segunda generación después de Sixto Arango Gallo: hay acercamientos a la música, son espacios de goce y disfrute, pero también en la familia queda cierto agridulce, un sentimiento de frustración porque ninguno de sus descendientes ha continuado o desarrollado, por lo menos con cierta seriedad, el trabajo en la música. El legado musical de Sixto, podría decirse, murió en sus hijos.

―Creo que yo sería el nieto del que el abuelo menos orgulloso se sentiría. Soy pésimo músico, hago música sólo por pasión, por más nada. Desde los 16 años se me despertó la vena musical Arango, cuando tuve mi primera banda. Yo canto, tengo mi grupo de punk-rock. Sin embargo, soy un músico muy empírico, muy frustrado de hecho‖, dice César Arango, penúltimo nieto de Sixto.

Esto refleja una historia de desdibujamiento de la relación con la música a medida que fueron pasando las generaciones en la familia Arango Gallo. ―En parte nuestros padres, pese a haber sido hijos de músico, nunca vieron la música como un asunto para continuar. Entonces de alguna manera cada uno ha tratado de acercarse a la música por donde ha podido. Somos una generación que se ha distanciado de la música pero a la que también le dan ganas de querer recuperar la tradición, porque se siente como de la familia, en los genes, en los ancestros. Creo que ahí también hay raíces con mi abuelo,‖ cuenta Nelson Arango Mozzo, el nieto mayor de Sixto quien ha cursado estudios musicales.

En la actualidad, la familia Arango Montoya empezó a resguardar de manera muy estricta el material musical y personal que aún se conserva del músico carmelitano. Los descendientes de la tradición propenden por la conservación de las partituras escritas por el abuelo músico. De hecho, uno de los parientes cercanos, Gabriel Giraldo Arango, ha contado con la autorización expresa de la familia Arango Montoya para iniciar un proceso de recolección, digitalización y sistematización de las piezas musicales del artista.

El legado de El cantor

Fue el 21 de octubre de 1985, cuando con una mano apoyada en las rejas de una ventana en la Carrera 31, al frente de lo que es ahora Colanta Lácteos, un infarto acabó con la vida de Sixto, un creador de melodías y fiel feligrés de El Carmen de Viboral. Aunque lograron socorrerlo, al llegar al hospital se dio el momento final en los días de El cantor. Aunque no compondría jamás otra obra divina, para su Señor, inspirada por Él y para Él, este músico dejó un gran inventario de piezas musicales con las cuales los feligreses carmelitanos celebrarían sus eventos religiosos y sociales.

―La importancia de la música de Sixto es que dejó un legado. No solamente produjo música religiosa, sino que también produjo arte, produjo cultura. No solo se encasilló en el género de la música sacra. Una persona por agnóstica que sea debe valorarlo‖ dice Jorge Hernán Giraldo Arango, actual corista de la parroquia Nuestra Señora del Carmen.

Parte de la colección de música del autor carmelitano es muy reconocida en Medellín, ciudad ubicada a una hora de viaje de El Carmen de Viboral. Allí, en la Catedral Metropolitana, las melodías de Sixto Arango han sido interpretadas por su aprendiz, Octavio Giraldo Baena, en la celebración de innumerables fechas y eventos especiales.

―La música de tío Sixto es Nacional, todo el mundo la toca, cuando se muere algún familiar yo consigo una orquesta y le digo, ‗me canta la misa número 5 de Sixto‘ y me contestan, ‗listo, la que quiera‘, aquí [en Medellín] todo el mundo se sabe la música de él‖, relata Gabriel Giraldo Arango, sobrino del músico.

En alguna ocasión cuenta la familia del organista que la Misa Folclórica, conjunto de canciones compuestas por este intérprete, sirvieron para amenizar el matrimonio de una figura de la farándula nacional, la ex reina Paula Andrea Betancur. En las invitaciones de este evento se reseñó la interpretación de esta singular composición.

En realidad muchas de sus piezas también son reconocidas en otras localidades de la región y del país. ―En un pueblito de la costa, donde estuvo Monseñor Oscar Salazar, quien estuvo en El Carmen en la época de tío Sixto, oyó a un corista tocando una misa y dijo ‗¡esa misa me suena!‘ y luego le preguntó al cantante ‗¿usted que misa estaba tocando?‘, y el intérprete respondió: ‗una de Sixto Arango Gallo.

En el ámbito internacional, el maestro Sixto y su obra fueron reseñados en el Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana, una publicación donde se utilizó un fragmento de un libro de Heriberto Zapata Cuéncar, Compositores colombianos. El músico carmelitano fue descrito como compositor, organista y director autodidacta fecundo, que realizó incursiones en el género escénico y en la música para orquesta.

Sin embargo, Nelson Arango nieto del músico, relata que después de que murió su abuelo, mucha música de su autoría se quedó en la Parroquia según su voluntad. ―Parece ser que a eso mucha gente le metió mano, se la llevaron, se despelotó. En eso, debo reconocer, faltó más cuidado de parte de la familia. Fue un descuido imperdonable, se perdió mucha música de mi abuelo‖, explica.

Como herencia tangible del legado musical de Sixto Arango, también se conservan unos de sus instrumentos. Dos de sus hijos guardan algunas de sus posesiones más preciadas: Hernando, uno de ellos, tiene en su poder el piano pequeño, con gavetas, deteriorado por los años. A su vez Alberto, el hijo mayor del músico conserva el armonio, instrumento que funciona como un órgano a pedal. Muchas de sus partituras han desaparecido o han sido guardadas recelosamente por algunos carmelitanos.

Por su parte la Banda Municipal de El Carmen de Viboral continúa interpretando las marchas fúnebres del artista, además de guardar las partituras originales de gran parte de las composiciones que creó cuando era el director de esta agrupación. Ni siquiera los descendientes del organista cuentan con una copia de las partituras de las marchas, material cuyo uso, préstamo y reproducción es restringido por los músicos de la banda carmelitana.

El músico Oscar Mario Arizmendy Díaz, coordinador del área de música del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia comenta: ―Hay una cosa muy triste. Me di cuenta de que la Banda que hay actualmente en El Carmen, la Banda antigua, está tocando con papeles originales de las canciones de Sixto Arango. Entonces cuando llueve se mojan las partituritas. Uno no sabe cómo han durado tanto. Este material se debe conservar y guardar.

Arismendy, también asesor del Plan Departamental de Coros, argumentó: ―En 16 años nunca obtuve de parte de la banda una autorización para conocer o arreglar la música de Sixto, con el fin de adaptarla para un formato de banda más grande, sinfónico; nadie me prestó nada. Lo que yo tenía lo conseguía por otras personas, pero no de los músicos de allá porque manejan sus celos y buscan la exclusividad de tocar esas obras tan bonitas, algo que se aplaude, pero lamento que esa obra no se conozca. A través de nuestro grupo vocal e instrumental, Voces del Palacio, siempre hemos tenido el cuidado, el respeto y la intención de no sepultar la música de Don Sixto, sino de recrearla.

Aunque la Administración Municipal es consciente del valor de la obra de este intérprete, nunca se le ha dado aplicabilidad a los procesos de rescate, reconocimiento, proyección y apropiación de su propuesta artística. Dairo Zuluaga Zuluaga, Coordinador de la Oficina de Turismo de El Carmen de Viboral, argumenta que la insuficiencia de recursos sepulta la posibilidad de conservación y exposición de las piezas y demás elementos que podrían ser patrimonio material e inmaterial del municipio.

Por esta razón, aunque cada año durante Semana Santa las composiciones del maestro se oyen por las calles del pueblo, la historia de sus melodías pasa inadvertida.

En las procesiones del Miércoles Santo cientos de hombres caminan con una antorcha encendida, al son de las marchas fúnebres del organista. La multitud guarda silencio. Solo se escuchan las trompetas, los instrumentos de percusión, anunciando el gesto de dolor y solidaridad que manifiestan las imágenes religiosas de la procesión.

Aunque muchos feligreses parecen escuchar atentos las melodías lúgubres de la procesión enfocada en el momento de flagelo de Cristo, algunos admitieron no conocer ningún detalle sobre la autoría, el proceso de creación e intención de estas obras musicales, creadas por Arango Gallo. De él se sabe que fue un gran músico, un personaje reconocido en el municipio, pero es muy poco lo que se sabe de su vida y del valor de su propuesta musical.

En la actualidad, la recopilación de las obras de este músico están supeditadas al interés de investigadores particulares que se han preocupado por compilar y divulgar la historia del compositor carmelitano. Mientras las instituciones públicas y grupos sociales que tengan elementos físicos de la obra del Sixto Arango Gallo no se abran a la posibilidad de compartirlos y no comprendan la necesidad de reproducirlos, el legado de este artista estará propenso a caer en el olvido.

Laura Zuluaga Mejía
Comunicadora Social-Periodista
Universidad de Antioquia
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