Prospectivas de paz y desarrollo de una región que ya cambió

El Oriente Antioqueño Cambió. Ya no es la región idílica de pequeños pueblos en donde crecieron los abuelos entre rosarios y pequeños comerciantes. Es un territorio marcado por las guerras del siglo XX, atravesado por los intereses de la economía nacional y reconstruido por liderazgos sociales e institucionales que por fortuna hoy se están renovando.

Hasta hace cinco décadas el Oriente Antiqueño era una región de pequeños pueblos conservadores en donde las tradiciones religiosas definían por completo las mentalidades de organizaciones sociales e instituciones. Con la llegada de megaproyectos de infraestructura para impulsar la economía departamental y nacional (Hidroeléctricas, Autopista Medellín Bogotá y Aeropuerto) se generaron convulsiones sociales y políticas que, con la llegada del conflicto armado en su fase más cruda, agudizaron una profunda crisis humanitaria de la que apenas se recupera la región gracias a instituciones públicas y privadas y a organizaciones de víctimas.

Las inversiones que supuso el segundo laboratorio de paz del Oriente -con todo y sus bemoles- fortalecieron capacidades de la región que se habían cultivado al calor del movimiento cívico desde los años 80. Dichas capacidades se consolidaron con el movimiento de alcaldes y el movimiento regional por la paz, en donde instituciones como la Diócesis de Sonsón Rionegro fueron fundamentales, y el posterior despliegue de acciones de cooperativas, de ongs ambientales, como el CEAM, y promotoras de ciudadanía y democracia, como el Instituto Popular de Capacitación IPC y Conciudadanía consolidaron semillas de mentalidades más proclives a la participación, la incidencia política, los derechos humanos y la construcción de ciudadanía.

Hoy la región es reconocida por sus capacidades de movilización social e institucional a nivel nacional, y aunque al interior de la región persisten factores de pobreza estructural y desigualdad en zonas como Bosques y Páramo, es la subregión de Antioquia con los indicadores de pobreza más bajos después del Área Metropolitana.

Al calor de los procesos que ha construido la región se han consolidado liderazgos nuevos más allá del monopolio Diócesis. Por poner sólo algunos ejemplo, hoy hay concejales y alcaldes jóvenes ambientando el viejo y necesario debate sobre el ordenamiento territorial alrededor de las figuras de Provincia y Área Metropolitana. Hay nuevas expresiones de comunicación en redes sociales, hay organizaciones de universitarios impulsando proyectos de salud sexual y reproductiva desde enfoques menos conservadores. Existen también colectivos artísticos renovando las expresiones culturales de los municipios y hay movimientos ambientales defendiendo el territorio y los ríos de la región. El Oriente Antioqueño conserva su espíritu combativo, aun sus valores religiosos y de participación, pero con nuevos actores sociales con mentalidades más plurales, conectadas con el mundo, y esos son síntomas de cambio en un país que de cara al posconflicto reclama hacer las cosas de otra manera.

A manera de propuesta se puede decir que el nuevo escenario mundial, afectado por el cambio climático, las nuevas guerras y la poca legitimidad del estado, sumado a un escenario nacional que pone la terminación del conflicto con las FARC en el centro de los desafíos institucionales, gremial e institucional del Oriente Antioqueño, pone las capacidades para la movilización y gestión del territorio en función de los siguientes ejes de desarrollo:

  1. Reconciliación y posconflicto: es preciso fortalecer acciones que involucren las organizaciones de víctimas desde un enfoque que construya memoria histórica y construya garantías de no repetición, y perspectivas de convivencia pacífica para el futuro mediano y lejano.
  2. Gestión de conocimiento para el desarrollo y la paz: es necesario que la institucionalidad de la región deje de medirse a sí misma, y a partir de los ríos de tinta que han corrido sobre la región mida las condiciones de vida de los pobladores. Se requieren sistemas de información eficientes sobre la calidad de vida de las personas para que sean insumo de política pública local y regional en donde las entidades territoriales sean protagonistas.
  3. Cambio climático y gestión del riesgo: es preciso impulsar acciones de gestión del riesgo ambiental más allá de las acciones que por ley realiza Cornare en su calidad de autoridad ambiental.
  4. Economías para la paz: es preciso analizar las vocaciones económicas de las zonas del Oriente de Antioquia partiendo del conocimiento que existe de las potencialidades de cada zona, para propiciar y fortalecer la asociatividad y el encadenamiento productivo.
  5. Diálogo social para el desarrollo y el buen vivir: es preciso propiciar espacios de dialogo regional y fortalecer los que ya existen, como la mesa de derechos humanos, la mesa de desarrollo rural y la red de infancia y adolescencia. Pero es necesario generar espacios nuevos en donde se tramiten los conflictos de los ejes estructurantes del desarrollo relacionados con temas hidroenergía (Proyecto Porvenir II), infraestructura (segunda pista aeropuerto) y minería.
  6. Renovación de liderazgos. es necesario construir propuestas de formación para liderazgos juveniles en sectores urbanos y rurales que se preparen para asumir las riendas de la región que hoy se está construyendo

 Tal vez los ejes del desarrollo y el buen vivir para el futuro de la región sean más o sean otros. Lo que está claro es que la región cambió, y sin dejar atrás su identidad, sus tradiciones, su capacidad institucional, debe pensar en renovarse, en reinventarse, en construir caminos de paz y buen vivir perdurables, construidos con todos para el futuro mediano y lejano de una región que tiene el potencial para que sus pobladores vivan “la vida querida”.

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