Salir del desconcierto: un año de la pandemia en el país

Cuando las calles estuvieron vacías

y el sol se agolpó de nuevo en los rincones, solitario,

algo feroz rugió en la ventana.

-¡Un tigre!- me temí. Pero,

con pasos agigantados, se aproximó

el más íntimo silencio.

 

 

En estos días traje a mí, a fuerza de recordar, una de esas frases de Fernando González cuyas palabras son una máxima muy personal, muy mordaz, que dice: “Si uno no está alerta, siempre en guardia, se repite y es un amasijo de automatismos”. Así escribió el filósofo antioqueño en El remordimiento (2008), y me da por pensar que lo que allí señala es una de las más difíciles y valiosas empresas de lo humano, animal de costumbres que, sin embargo, hace bien en intentar sortear todo abismo que lo pretende convertir en piedra, ese vacío que lo paraliza como los propios ojos de Medusa.

La mitología griega nos provee esa historia. Medusa es la bella gorgona cuyos cabellos son serpientes, la que convierte en piedra a aquel que la mira a los ojos, tal y como en roca nos convertimos recurrentemente al enfrentar una realidad nueva, a veces horrible, generalmente abismal, donde uno queda finalmente reducido y, víctima del temor, se petrifica. La novedad denuncia al peregrino, y frente a lo inédito suponemos espanto, es una tensión profunda la que nos carcome.

Pero nos hemos quedado con eso. Una sociedad que es indiferente a tantas otras cosas no tiene fragilidad que la deslice solidaria sino hacia las realidades más oscuras. La marca de lo nuevo es casi siempre lo monstruoso, de modo que nuestras posibilidades de desconcierto están reducidas a unas muy mínimas proporciones.

Me ha dado por pensar así, ahora que se cierra un año de la pandemia en el país, y que recuerdo cuan pasmoso fue salir a la calle, en los primeros meses de aislamiento. Afuera había una ciudad de luz transfigurada, en la que el sol de alguna manera estaba recién hecho y donde se caminaba por las aceras temeroso y desconcertado, nada más que por las actividades básicas. Las paredes, de pronto, lo mismo que el suelo, los faroles de pedestal oscuro y la plaza entera se tornaban amenazantes por el pánico al virus. El resultado parcial de la pandemia, entonces, fue una histeria colectiva, exacerbada por la desconfianza –muy comprensible- y por las muchas horas en que no hubo para los medios otra cosa que el coronavirus.

De verdad latió allí un profundo desasosiego. Probablemente ninguna de las generaciones que vivió esta pandemia había conocido cosa semejante, y la población de todo el planeta –casi todo el planeta-, tuvo que parar. Luego han venido, paulatinos, otros procesos. Hubo millones de contagios y hoy hay cientos de miles de casos activos, más de 2 millones de muertos, y aunque los gobiernos comenzaron a estudiar e implementar las oportunidades de su reactivación, la pobreza en América Latina el año pasado, según la CEPAL, pudo aumentar del 30.8% a alrededor del 33.7%, con una dura tasa de desempleo.

También se ha dado, no obstante, un poco de esperanza con la incipiente vacunación. En el mundo ya hay casi 60 millones de personas vacunadas y en Colombia se está llegando a la aplicación de 200 mil dosis. Hoy se ve un camino hacia la posibilidad de inmunizarnos y se rumora la posibilidad de volver a lo de antes.

Pero yo me pregunto si se emplea esa palabra adecuadamente. Quizá no sea preciso decir “volver”, porque después de un año en el que miles de millones de habitantes del mundo han sorteado las dificultades más disímiles, no se puede volver, hay un tránsito fatal hacia otra cosa que todavía, quizá, no se sabe nombrar. No. Volver es una palabra injusta.

Incluso decir “volver” es negar a tantos hombres y mujeres que han estado activamente haciendo lo necesario por los enfermos más graves, por mantener los servicios, por sembrar, cultivar los alimentos y hacer su distribución, y tantos grupos humanos activos en áreas que no sé nombrar, que hacen cosas que no se me ocurren. Esta gente no ha estado volviendo; siempre caminó. Admiro a todas esas personas que debieron y deben salir de todo tipo de corsé, ir a la calle e inventar las formas de su subsistencia: a los que mutaron su negocio y a quienes encontraron empleo o lo fabricaron sagazmente; quienes hallaron por fin refugio o viajan arrobados por encontrarlo; quienes hallaron, contra todo pronóstico, el amor, o han sabido levantar la cabeza al día inclemente y solitario. Después de todo esto, que implica oleajes de un movimiento fatal, performativo, ¿a qué hemos de volver?

Incluso es injusto que se diga “a lo de antes”. ¿Qué era eso de antes? Cuando voy otra vez a las calles, siento que, con excepción del tapabocas (el barbijo, la máscara, mascarilla) y de una persona que ocasionalmente prefiere no abrazarse a otra, solo se hacen un gesto con la mano… No sé lo que sea eso de antes, pero me parece que se reconcilia tan fácil con “lo de ahora”.

Eso es en muchos sentidos lo más triste, porque al parecer nos petrificamos ante todo lo que fue monstruoso y nuevo, mas no somos capaces de salir del desconcierto ante la realidad cotidiana, y eso no significa solamente hacer una vida con el virus, o hacer todas las cosas que se hacían antes de haber permanecido en variadas e intermitentes cuarentenas. Significa salir siempre del espanto, y no quedarse en ello hasta que llegue quizá la siguiente guerra, o una pandemia en proporciones más desmesuradas.

Salir del desconcierto es, al tiempo, dejar andar al mismo virus en tanto sorpresa que fue y pensar en todas las prácticas cotidianas, en donde ya miramos de lleno a los ojos de Medusa. El espanto más dramático es saber que vamos siendo todos los días, y que hay que darnos vuelta, no repetirnos. Yo siento la necesidad de que nos irrumpa ferozmente un tigre -sin que se presente en realidad, tal vez-, mientras vamos en el autobús nos aborde, al terminar de lavarnos la cara nos estremezca, y poco a poco nos rompa los vestidos de piedra y la indiferente piel que la gorgona nos dejó. Que venga es imperativo, aunque a lo lejos se escuche apenas.

 

Referencias

González, F. (2008). El remordimiento. Editorial Eafit.

Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Panorama Social de América Latina, 2020 (LC/PUB.2021/2-P), Santiago, 2021.

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