Vida entre montañas: historia de un viaje al Cañón del Río Santo Domingo en El Carmen de Viboral

CRÓNICA  DEL TRABAJO DE GRADO: ROSTROS, SABORES Y MELODÍAS DE EL CARMEN DE VIBORAL, POR LAURA BEATRIZ ZULUAGA MEJÍA, UDEA SECCIONAL ORIENTE.


Jueves 16 de agosto de 2012, 8:00 a.m.

El 2012 dejó en mi memoria los recuerdos de un inolvidable viaje a otro mundo, otro Carmen de Viboral adornado por agua, mulas y cañones. Se trataba de la vereda La Represa, ubicada en el Cañón del Río Santo Domingo, al sur oriente del casco urbano del municipio.

Este Cañón está compuesto por las veredas San José, La Aguada, Mirasol, Morros, Santa Inés, La Represa, Dos Quebradas y El Brasil. Entre todas ellas hay 580 personas, según reportes del Censo del 2009 obtenidos por el Sistema de Potenciales Beneficiarios para Programas Sociales, (Sisbén), de El Carmen de Viboral.

Esta zona tiene un paisaje que se compone de caudales claros, rocas, árboles, flores, frutas, tierras extensas, altas y muy verdes. Es uno de esos lugares que casi nadie conoce. Para llegar allí se requiere de cierta habilidad y costumbre para no perderse. No cualquier persona soporta el viaje, y menos si no tiene una razón para hacerlo.

Ir a este lugar para mí, significaba sobrepasar una barrera, conocer más a fondo los lugares de los que casi nunca se habla, los menos visitados, en especial por la ola de violencia que sufrieron.

―El Cañón del río Santo Domingo fue una zona que sufrió el desplazamientos casi en su totalidad, cuenta Ángela Betancur, funcionaría del Sisbén. Dora García, habitante de la zona agregó: ―antes había 42 familias, pero debido a la violencia retornamos 19, para un total de 52 personas. Hay algunas familias que se resisten a retornar porque recuerdan los momentos amargos que vivieron durante la época de violencia. Sin embargo, hasta el 2010, hubo varias familias que retornaron, dijo Betancur.

No obstante, y por recomendación de algunos amigos que han visitado el lugar, decidí pegarme, literalmente, a una salida que tenía programada la Administración municipal en la vereda La Represa para el mes de agosto de ese año. La actividad estaba enmarcada en un programa de la actual Administración conocido como ―Alcaldía con todos, el cual tiene por objeto hacer presencia institucional para tratar y solucionar las problemáticas de interés de todos los barrios y veredas del municipio.

Para llegar allí es necesario viajar en chiva, por la Autopista Medellín-Bogotá, hasta llegar a un caserío ubicado en jurisdicción del municipio de Cocorná: La Piñuela. Después hay que seguir en el vehículo por un camino destapado, no muy seguro, hasta La Vega, a un punto de encuentro carmelitano donde termina la carretera. Allí empieza un camino de herradura que se dirige a las veredas aledañas. Todo el recorrido se demora aproximadamente seis horas.

Aunque gran parte del grupo que conformó la comisión para hacer la visita al lugar conocía las condiciones y particularidades de la zona, pues ya habían viajado allí, el Cañón del Rio Santo Domingo era un lugar inexplorado para algunos de nosotros. En ese momento ni siquiera mi imaginación podría acercarse a lo que verdaderamente sucede en ese lugar.

12:30 p-m.

Llegamos aproximadamente a las once y media de la mañana a La Piñuela, caserío donde empieza la carretera destapada que lleva a La Vega, espacio rural conformado por cinco viviendas campesinas. Desde allí se acostumbra seguir el camino de herradura a pie, a lomo de mula o a caballo para llegar a las veredas que conforman el gran Cañón del río Santo Domingo.

Los campesinos de esas veredas y sus animales dóciles nos esperaron desde muy temprano en aquel lugar. Ellos encuentran en el alquiler de sus bestias una forma de trabajo. El alquiler de una mula cuesta treinta mil pesos. La mía, era del abuelo de Héctor, un niño de nueve años que cursa cuarto de primaria en el Centro Educativo Rural La Represa y que sería mi guía experto, o más bien mi acompañante en esta expedición.

A pesar de que los cascos de las mulas resbalaban por el camino compuesto por pendientes con grandes piedras y pantano, estos animales de campo mantenían el equilibrio y continuaban por sí solos el recorrido hasta sus casas. Instintivamente conocían el camino, ruta que se ha ido construyendo a través del uso y paso de los residentes del lugar.

Durante todo el trayecto, me sorprendía ver la destreza de Héctor para movilizarse entre los caminos de herradura, trochas verdes y estrechas. Desde muy pequeño ha caminado por esos senderos arriando a Pimpo, su mula. Mientras yo iba sobre su lomo, el niño caminaba a mi lado narrando las peripecias que tendríamos que enfrentar antes de llegar a su vereda. ―Allí hay un palo atravesado, por eso hay que agacharse. Más adelante por esos árboles he visto cómo unos micos se pasean por las ramas. Desde aquí el camino tiene muchas curvas, pero después es más derechito, decía.

Al tiempo que me sugería algunos atajos y me contaba cómo su papá cazaba cusumbos, yo observaba su rostro y me detenía en la cicatriz que tenía al lado derecho de su cabeza. ―Me la hice una vez que iba para el pueblo. Iba en la mula que brincó muy maluco, yo me caí y ella me puso la pata encima, relató.

Después de tres horas de camino, a lomo de mula, todo el grupo hizo una parada para almorzar. Mientras los visitantes sacaban las cocas con comidas elaboradas en casa, Héctor se trepaba por uno de los innumerables palos de guayaba que había en este punto del camino, para obtener el refrigerio que comeríamos el resto del viaje. Deslizarse por entre las ramas de un palo de guayabas para coger sus frutos representa para éste, y para otros niños de la zona, una habilidad que deben adquirir por necesidad, ya sea para comerlos o para recolectarlos y venderlos.

Después del almuerzo, seguí el camino a pie. La mula que alquilé la estaba compartiendo con una de las funcionarias de la Alcaldía. El sol estaba muy fuerte y el camino presentaba subidas complicadas por la inestabilidad del suelo que era, en su mayoría, de tierra amarilla. A veces me resbalaba, debía poner mucha atención en donde ponía los pies para no caerme.

Tardamos tres horas más en llegar a una de las pocas casas, aproximadamente cinco, que se podían ver en el camino. Esta vivienda era de una de las maestras de la escuela de la vereda La Represa. De ahí hasta nuestro destino había todavía media hora de camino a pie.

Afortunadamente nos recibieron con mucha amabilidad y contamos con la suerte de llegar a una de las tiendas de la vereda, que estaba en la misma casa, así que compramos y tomamos gaseosa.

Después de haber tomado una siesta seguimos caminando con claro de mazamorra en los termos para bajar el calor. Para acortar camino tomamos un atajo. Pasamos a través del río Santo Domingo parados haciendo equilibrio en una barca improvisada hecha de guadua. Yo tuve miedo de que pudiéramos caernos y de que mi cámara fotográfica sufriera un daño irreparable, pero esta estructura solo permitió que nos mojáramos un poco los tenis. A la rivera del río se encontraba nuestro destino.

6:00 p.m.

 

Justo antes de la escuela, el Centro Educativo Rural La Represa, había una casa de dos pisos, extraña en la vereda, pues las condiciones de vida son muy difíciles. Todos los pisos de las casas de la zona son de cemento y rara vez se ven viviendas revocadas como ésta. Solo desde el año pasado tienen energía eléctrica, no cuentan ni con acueducto ni alcantarillado, y las comunicaciones son posibles a través de telefonía celular. En el Cañón casi todas las familias están compuestas de humildes campesinos que tienen una vida sencilla dedicada a la supervivencia por medio de sus propios cultivos.

La escuela representa el punto de encuentro de la vereda. Alrededor de las seis de la tarde nos instalamos en el salón de los chicos del grado tercero. Todos los habitantes del lugar estaban preparados para la llegada de los visitantes. Inmediatamente después de comer, prendieron un equipo de sonido. Los géneros preferidos fueron la música carrilera y el reguetón. Los tragos más populares y los más ofrecidos fueron el aguardiente y la tapetusa. A pesar de la lluvia, todos parecían contentos. El corredor del Centro Educativo sirvió de pista de baile y las mesas del restaurante escolar fueron escogidas como el lugar para la tertulia.

Cuando me preparé para dormir, a las dos de la mañana, todavía seguía sonando la música. A mi lado durmieron Héctor y su hermanita, sobre el piso. A esa hora era imposible emprender camino hacia su casa y sus papás estaban entretenidos en medio del festejo.

Viernes 17 de agosto del 2012

Todos desde muy temprano estaban organizando lo que sería la jornada Alcaldía con todos. Solo unos pocos desentonaban porque apenas estaban pasando la borrachera de la noche anterior, y apenas salían de camino a sus casas, como fue el caso de la familia de Héctor.

Desde aproximadamente las nueve de la mañana se veían llegar mulas, caballos y burros que traían a los demás pobladores del Cañón. Todos se veían entusiasmados por el movimiento y la sensación de encuentro que tenía la jornada.

Después de desayunar empezó el movimiento. Dentro de las actividades programadas estaba, por supuesto, la preparación de sancochos, un acto cultural y la inauguración de la primera capilla del sector.

Estos días de fiesta, programados por la Alcaldía, no sólo fueron la excusa para hacer presencia institucional en este lugar alejado de la zona urbana de El Carmen de Viboral, sino que oficialmente se inauguró el nuevo parque infantil hecho de madera plástica, donado por Cornare para el Centro Educativo de La Represa, Durante aquella visita todos los niños trepaban y probaban el columpio, el pasamanos y el tobogán, atracciones poco convencionales en la cotidianidad de la zona. Algunos padres decían: ―de eso no se ve por aquí.
Los habitantes de las veredas que componen el Cañón del Río Santo Domingo miraban con curiosidad todo el movimiento social, cultural y artístico que se generaba entorno a la escuela.

Todos esos campesinos están acostumbrados a vidas muy solitarias de campo, no son comunes los encuentros multitudinarios como actos culturales y eventos sociales. Repartidas en un vasto territorio montañoso y agreste, una de las veredas que tiene más habitantes en el Cañón es Morros, con apenas 144 personas, que por las limitaciones del territorio no tienen oportunidades de desplazamiento y fácil encuentro con sus vecinos.

Aquella visita sirvió para integrar a niños, jóvenes, abuelos, padres y madres en torno al convite y la fiesta veredal. Aunque muchas de las mujeres se pusieran sus mejores galas para la celebración, eso no fue impedimento para que varias de ellas pelaran sobre sartenes enormes y artesanales las papas, zanahorias y legumbres con que darían de comer a cerca de 200 personas de lado y lado de El Carmen de Viboral. Todas las comidas fueron cocinadas en fogones improvisados de leña o en estufas eficientes, como es costumbre en las viviendas del sector.

 2:00 p.m.

Todos se prepararon para la primera eucaristía que se celebraría en la capilla construida a través de la colaboración de todos los habitantes del Cañón. Los convites representan para este tipo de territorios la forma de hacer, de a poco, las obras requeridas por la comunidad, como puentes y el mismo mejoramiento del camino de herradura.

Dora Alicia García Valencia, de 24 años, tiene una familia conformada por cinco hermanos y sus dos padres. Ella es una de las pocas mujeres de la vereda que son solteras y que no tienen hijos. Para ella la vida en el Cañón es muy agradable porque se respira un aire puro y porque ―se vive muy bueno.

Dora contó que la escuela sirve como lugar para la reunión de los vecinos. ―Todos los domingos nos reunimos a jugar y a hacer actividades, aclaró. Ella, en su rol de hija, se dedica a ayudar con los oficios de la casa y a jugar baloncesto. ―Salimos muy poco al pueblo. Lo hacemos más que todo por diligencias o para mercar, mencionó.

De la mano de los integrantes de la Escuela de Teatro del Instituto de Cultura El Carmen de Viboral, los niños también tuvieron su manera particular de integrarse y disfrutar de la celebración. Varios de ellos prestaron su cara como molde para la fabricación de máscaras con vendas de yeso. Después pintaron y decoraron con vinilos de colores vistosos los antifaces que iban quedando listos. Para ellos era una actividad novedosa, que no practican con mucha frecuencia. Los materiales no se pueden obtener en la zona y su misma humildad y pobreza no les permite obtenerlos en las visitas esporádicas que hacen a la zona urbana.

Ángel, otro niño del sector que cursaba tercero de primaria, y sus compañeros de clase, prepararon un acto cultural para los visitantes de El Carmen urbano y los de veredas aledañas. Interpretaron canciones de música popular y carrileras, bailes típicos y trovas escogidos por las profesoras, para amenizar la integración veredal.

Con un estilo arrollador, los niños y niñas de la vereda cogían los micrófonos y se enfrentaban al público expectante, convocándolos a disfrutar de una fiesta con estilo campesino.

Los jóvenes, muchos en la adolescencia, se entusiasmaban por actividades como el baile y la práctica del baloncesto. Sin embargo, manifestaron querer una vida más intensa en el casco urbano para tener acceso a más lugares de esparcimiento o para desempeñarse en otras actividades diferentes a las agropecuarias.

Elkin Martínez González es un joven de 16 años que cursaba séptimo de bachillerato. Vive en una casa, “Morro”, como él le llamó, a diez minutos del Centro Educativo. Tenía quince compañeros de clase. Me dijo que le encanta rumbear en La Vega al son del reguetón, su música preferida, cuando quiere hacerlo debe salir de su casa al medio día para llegar a la hora de la fiesta. El resto del tiempo este carmelitano trabaja cultivando maíz, yuca, fríjol y plátano. “A mí no me gusta por aquí, porque esto por aquí es muy maluco, uno se mantiene encerrado en cuatro paredes en estas montañas, cuando uno sale pasa bueno, pero de resto muy maluco”.

Otro joven de 21 años, Dorsen Ainober, hermano de Elkin y padre de una niña de dos años, manifestó que viaja a El Carmen para desahogarse porque en la vereda permanece estresado. Dijo que el solo hecho de ver caras diferentes a las de los habitantes de la vereda que ya conoce, lo tranquiliza.

En medio de las charlas empezó a sonar la música. Esa noche, al igual que la anterior, encendieron el equipo con un volumen muy fuerte. Sin embargo, por el cansancio acumulado del viaje y del movimiento de la jornada yo me fui a dormir temprano. Al día siguiente regresaríamos a la zona urbana del municipio.

Sábado 18 de agosto del 2012

Emprendimos camino a las ocho de la mañana para evitar el sol agotador del medio día, que en el recorrido de llegada hizo que el tiempo del trayecto se duplicara.

La salida del Cañón fue mucho más rápida de lo que esperaba, quizá porque ya conocía el trayecto. De la misma manera que lo hizo a la entrada, Héctor me acompañó por todo el pasaje de herradura. Al final, cuando llegamos a La Vega, lo invité a golosinas, en compensación por su ayuda cuando las mulas intentaban desbocarse. Minutos más tarde dividimos caminos y él regresó a su casa, ubicada más allá de la escuela de La Represa.

Conforme la chiva se iba alejando del lugar, yo repasaba las cerca de doscientas fotografías que tomé durante los dos días anteriores. Desde el primer momento quise registrar los rostros hermosos de las jóvenes y las niñas campesinas, el color de los cultivos de fríjol y maíz, la ausencia de cemento de aquel lugar y el rio Santo Domingo fluyendo en medio de las colinas con las aguas bajas e interrumpidas por las rocas.

En cada una de esas fotografías, hoy día, están guardados los recuerdos de las travesuras de los niños en el tobogán del parque infantil, la sonrisa de una abuela pelando las papas para el sancocho, la hospitalidad de Alicia atendiendo en la caseta y la imponencia de las colinas que dividen los cañones de El Carmen de Viboral.

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