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Cuando el COVID-19 afecta a toda una familia: una historia de incertidumbre

  • ¿Qué sucede cuando todos los integrantes de una familia terminan contagiados con COVID-19? En La Ceja del Tambo encontramos una historia similar: una pareja de esposos, en compañía de sus dos hijos, llenos todos de impotencia y víctimas del olvido, ha enfrentado la crisis causada por la pandemia por sus propios medios.

    El círculo cercano 

    Andrea (nombre ficticio) recibió la noticia de que era portadora del virus a principios de julio, tiempo en el que fue hospitalizada debido a la fiebre y el intenso dolor de cabeza y huesos que comenzó a presentar. Desde entonces, inició un drama que, no lo sospechaba, terminaría afectando hasta a su propia familia.

    Su madre había sido sometida a una cirugía el 8 de junio, razón por la cual, durante el resto de ese mes, mantuvo contacto directo con ella para cuidarla en su recuperación. Sin embargo, aunque días después la misma Andrea resultó contagiada, ninguno de sus familiares fue sometido a prueba médica alguna para saber si ella les había transmitido el COVID-19 en algún momento.

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    Yo estuve todo el tiempo con mi mamá hasta el 30 de junio, y a ella no le hicieron ninguna prueba aunque el último contacto que tuve fue con ella”, narra Andrea con voz cansada.

    Afirma que una sobrina y un hermano suyo recibieron la orden de guardar cuarentena de manera preventiva, aunque tampoco fueron sometidos a pruebas médicas. Fue entonces cuando las consecuencias se hicieron sentir: otra de sus hermanas, que se dedicaba al cuidado de dos adultos mayores en la casa de una particular, fue, por lógicas razones, despedida.   

    El drama de las EPSs

    Esta es la hora en que Andrea no sabe a ciencia cierta si sus hijos de 12 y 19 años están contagiados. El mayor, que está afiliado a Sura, es el que ha tenido mejor suerte, pues aunque no ha logrado asignación de asistencia médica vía telefónica, sí ha podido recibirla mediante el chat de la página web de su EPS.

    Andrea supone que su hijo mayor está contagiado, aunque, tal y como sucede con su esposo, tiene la sospecha de que es asintomático. “Sospecha”, sí, porque el dilema de esta familia es no haber logrado conocer, a través de las líneas de comunicación dispuestas por sus EPS, los resultados de las pruebas a las que han sido sometidos.

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    Otra es la historia de su hijo menor, quien además de ser asmático, presenta leves malestares de salud. “Él está afiliado a Coomeva y por ahí todo ha sido más complejo. A él le realizaron las pruebas el 7 de julio. Los resultados ya están, porque yo estaba averiguando en una línea gratuita que lleva el diagnóstico, y me dicen que ya está la prueba pero que le tienen que notificar al médico”, asegura Andrea.

    Según su experiencia, y basándose en la información recibida por parte su EPS, cuando las pruebas son notificadas a los médicos es porque los resultados son positivos, pues de lo contrario los certificados de las mismas son enviados a sus propios correos electrónicos.

    Esa es, hasta hoy, la incertidumbre de Andrea: no saber si su hijo menor está contagiado. La espera en las líneas telefónicas es interminable y, en la mayoría de los casos, los conmutadores tumban sus llamadas.

    Su esposo: ¿contagiado y trabajando?

    Carlos (nombre ficticio), su esposo, fue diagnosticado como portador de COVID-19 el 14 de julio. No obstante, a diferencia de Andrea, él nunca sintió dolores de cabeza, ni fiebre, ni debilidad, ni dolor en los huesos. Estuvo, sí, aislado en casa hasta el pasado 20 de julio por recomendación de su EPS.

    “A él lo llamó un médico de Sura y le dijo que, como no había tenido síntomas, la cuarentena se le iba hasta el 20 de julio, y que ya podía salir sin que le realizaran ninguna otra prueba que certificara que ya es negativo”, cuenta Andrea.

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    De manera que Carlos, ante la necesidad de sostener a su familia, regresó al trabajo el pasado lunes. “Él es independiente”, manifiesta su esposa, quien se juzga preocupada por la duda de no saber si su esposo sigue o no contagiado.

    El dolor en carne propia

    Aunque Andrea ya fue dada de alta, su estado de salud sigue siendo débil. Está siempre a la espera de una llamada, de una notificación ya sea de la EPS o de la Secretaría de Salud del municipio a través de la cual le expliquen cómo sobrellevar esta enfermedad, pero los días pasan sin ninguna respuesta.

    “Ha persistido el dolor de cabeza. Me dijeron que un médico se comunicaba conmigo, pero desde el lunes (13 de julio) no me han vuelto a llamar. Supuestamente me iba a visitar un médico, pero nunca vino, y tuve que consultar con un particular porque no aguantaba el dolor. El dolor se me pasa con las pastas, pero por momentos”, relata la cejeña.

    Su EPS, Sura, le prestó buena atención durante el tiempo en que estuvo hospitalizada, considerando que sus síntomas siempre fueron graves. Con todo, Andrea no llegó al punto de necesitar un respirador. Recuerda, por eso, los intensos dolores de cabeza, y una debilidad en el cuerpo que le impedía mantenerse en pie.

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    Desde el momento en que fue dada de alta, su esposo se encargó de cocinar y limpiar constantemente todo con alcohol. Siguen usando, para llevarle la comida al cuarto, platos desechables, y uno de los baños de su casa, desde entonces, es pasa uso exclusivo de ella; así pretende evitar que sus hijos se contagien, en el caso de que aún no sean portadores del Coronavirus.

    Como esta hay, seguramente, muchas historias en Antioquia y el país. Son, al fin de cuentas, casos particulares que ponen en evidencia la crisis en las que las mismas instituciones de salud entran en el marco de una pandemia para todos insospechada. Entonces, las esperas, las llamadas y el miedo parecen tener mayor efecto que durante una enfermedad “normal”.

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