De cómo esculpir el sonido

Julián Acosta Gómez. Filólogo hispanista de la Universidad de Antioquia. Autor de diversas crónicas, cuentos y poemas. Miembro de la revista virtual Opinión a la Plaza y miembro del grupo literario SAVIA. Docente de literatura en el Instituto de Cultura del Carmen de Viboral. Coordinador de la Sala de lectura José Manuel Arango.
El estatismo gobierna la mirada de Juan Pablo como si saliera del sueño: “Mi parte preferida en la construcción de guitarras es pulirlas, pulirlas es acariciarlas; y para que el instrumento quede bello debe estar muy bien acariciado”, dice hablándose a sí mismo. Nos encontramos en De La Sierra, un establecimiento destinado a la construcción de guitarras eléctricas personalizadas. El lugar está instalado en San Antonio de Pereira, a media cuadra de la vía donde los bares se aglomeran. Mientras hablo con Juan Pablo los estertores de las discotecas vibran en los cristales.

Los paseantes observan curiosamente el local mientras Juan Pablo y su equipo trabajan en su diseño: es un espacio cálido, de colores sobrios pero animosos que oscilan entre el azul y el ocre, las estructuras maderosas serenan el ámbito; y en la pared más amplia se imponen -implacables- algunas de las guitarras. El espacio asemeja una galería de arte. Y las personas parecen adoptar esta misma visión cuando desde la puerta del local se interesan por la naturaleza del nuevo negocio: “¿qué están montando?”, “¿qué van a vender?”, son las palabras que escucho a mis espaldas.

Es viernes. La luz escasea, el sonido pomposo de la rumba se abre como un abanico; y entre los silencios que deja la música, oigo cómo desde el taller De la Sierra se entreveran los golpes de los martillos, el roce de las lijas, los ecos de la madera. Pienso en esos sonidos como un preludio de la música, como un momento que, antes del nacimiento del instrumento, está sembrado de ritmos y armonías: cuando vi transformar la madera en guitarra, entendí de la música antes de la música, entendí cómo se esculpe el sonido.

De La Sierra nació del amor por la música. Juan Pablo Sepúlveda tuvo su primera guitarra a la edad de 14 años. En ese entonces el furor por el Rock tomaba los espíritus juveniles. Las bandas surgían en Rionegro como una proyección de la vitalidad musical que se extendía por el país. Los discos de las bandas circulaban de mano en mano y entre los acordes rasgados de las guitarras resonaban también las ansias de la creación. Juan Pablo aprendió a ejecutar la guitarra, en mayor medida, desde sí mismo: escuchando música, imitando los sonidos de sus bandas preferidas y aventurándose a verter la música interior en la música aún no nacida que contiene un instrumento. A principios de este siglo, las oportunidades para adquirir una guitarra eléctrica escaseaban. Juan Pablo recuerda con cierta gracia cómo tuvo que ahorrar todo un año para hacerse con su primera guitarra eléctrica.

En la actualidad, la intromisión de la industria china y la exploración de los constructores nacionales han propiciado un ambiente de mayor competitividad y diversidad en estilos y precios entorno a los instrumentos. En los días en que Juan Pablo obtuvo su primera guitarra también formó dos bandas de Rock. A medida que se vinculaba con la guitarra entendió que los instrumentos son una proyección vital del músico y que de alguna manera este debía entablar una relación con quien lo ejecuta: comenzó entonces a intervenir sus propias guitarras para que se adecuaran a sus necesidades musicales.

Podría decirse que el nacimiento de De la Sierra está esparcido por diferentes momentos en la vida de Juan Pablo Sepúlveda: en su infancia, donde inició una relación íntima con la madera cuando hacía pequeños modelos de aeronaves, en su juventud musical con un intento desafortunado por construir una guitarra, también en su labor como artista plástico donde conjuga la experiencia estética con la calidad del instrumento para conseguir piezas únicas. Pero De la Sierra tiene su nacimiento en la adversidad. Juan Pablo acaba de clausurar una tentativa infructuosa de negocio. Era una Pizzería. En los tiempos en que su actividad económica era incierta, la idea de elaborar una guitarra eléctrica se plantó y creció como la mala hierba. Tomó los restos de su restaurante, los vendió palmo a palmo y con las ganancias compró sus primeras herramientas como quien compra un paraíso.

Desde allí indagó, estudió, preguntó a maestros constructores hasta el punto del acoso, entre fracasos y aciertos practicó el oficio de la carpintería de la mano de Rafael Mesa: dedicó sus días a encontrar lo que a pocos les es revelado: una suerte de alquimia donde el diálogo con los materiales se transformará en música, donde el instrumento musical no se reduce a su carácter instrumental para penetrar en los terrenos del instrumento-arte, del objeto musical destinado a la belleza en doble vía: la apreciación plástica y la creación musical.

De aquella primigenia labor surgieron dos guitarras: “yo se las di a dos excelentes guitarristas para que las probaran, era la prueba de fuego y saber si yo sí servía para esto”. Los músicos destinados para urdir la música desde las guitarras fueron Henry Borrero (reconocido por su participación en la mítica banda Kraken) y Gerardo Giraldo, guitarrista experimentado y de brillante ejecución. Los músicos supieron deleitarse entre el cuerpo de las guitarras y aceptaron con agrado la música que surgía de ellas. La aprueba había sido superada.

De la dualidad objeto artístico-instrumento musical nace el proyecto De La Sierra. “Una buena guitarra, por lo menos lo que yo busco en una buena guitarra, debe tener algunos elementos como equilibrio en el sonido, claridad en las notas… una amplificación nítida. Pero principalmente yo busco bajos profundos, brillos cristalinos, medios dulces, afinación estable, un diseño bello y comodidad… si tiene estas cosas, es una buena guitarra. Además, creo que al músico hay que mimarlo, porque finalmente el instrumento es su compañía, y uno no quiere cualquier compañía, uno busca una compañía espacial”, dice Juan Pablo.

Veo los instrumentos que él y su equipo de trabajo crean y noto que en estas palabras ha esbozado la filosofía creativa en De la Sierra. Por ello, De la Sierra no escatima esfuerzos en explorar con maderas nacionales, que les han resultado gratas en términos de calidad y estética para la construcción de las guitarras eléctricas. Por ello pasan horas con quienes desean comprar sus guitarras, para entender sus deseos y esculpir en la madera la música que ya llevan dentro. Las guitarras De la Sierra son un diálogo con uno mismo, la sensibilidad artística de sus constructores logra vincular al músico con el instrumento (ahora mismo veo a Juan Pablo puliendo un mástil y parece buscando en la madera una piel).

Las guitarras en De la Sierra han logrado reunir una comunidad artística en torno a su propuesta. Los lenguajes de la pintura, de la escultura, el diseño y la música vincularon un sinnúmero de artistas que han volcado su actividad creadora en las guitarras eléctricas. De la Sierra ofrece una propuesta novedosa y con un tinte local dado desde la selección de las maderas hasta la elaboración del diseño. Mientras los veo esforzarse en la madera entreveo cómo sus manos, más que construir, paren los instrumentos: me cuenta Cristian Morales, un Luthier argentino que la fortuna ha unido a De la Sierra, que para seleccionar las maderas llegan al posar sus lenguas en ellas, como si trataran de justificar en todas las formas posibles que ese cuerpo maderoso puede ser música futura.

Es viernes. 8:00 de la noche. Juan Pablo y Cristian me enseñan unas delicadas incrustaciones que han aplicado en un mástil. Son unos minúsculos círculos plateados que parecen adornar -como un collar- el cuello de una mujer: “porque las guitarras siempre son ellas”, dice Juan Pablo. Hay una sonrisa en sus rostros, me doy al juego ficcional de pensar en sus sonrisas como una antesala de las futuras alegrías de quienes poseerán las guitarras. He sabido, entre el agobiante olor de la madera y el pegante, que las formas de la música se esculpen como a una mujer amada.

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