¡Atención!

Taza y Texto, Cristian Aristizábal.

Por Cristian Aristizábal.

La falta de atención nos lleva a la agotadora repetición. Y no es por satanizar la ejecución incesante de algunas actividades, puesto que este proceso es fructífero y necesario en casos como el ejercicio de memoria. Pero, lo inconscientes que somos en la mayoría de actividades que realizamos en la cotidianidad, hace que estemos a merced de lo que se vaya dando y no de lo que hacemos en virtud del querer.

Normalmente nos ufanamos de ser muy productivos. Al tener la mayoría de la información al alcance de la mano por medio de todos los aparatos tecnológicos que nos acompañan, creemos saber de todo y si algo se nos escapa lo alcanzamos a la velocidad de un clic. Ese alcance de información nos hace poderosos en tanto que utilizamos esos datos para el día a día. Hay que ver cómo las noticias del momento —en donde caben temas de toda índole— son las protagonistas de las conversaciones que surgen y de las cuales creemos tener el control porque las llevamos a cabo de forma espontánea y fluida.

Ahora bien, este escenario me pone a pensar en dos situaciones, que a mi parecer, nos encierran en un entramado donde la repetición no tiene frutos y por ello es problemático. Por un lado, al no prestar la atención suficiente y por ende, no ser conscientes de lo que se nos presenta en el momento, terminamos por caer en la reiteración que, a su vez, multiplica la información que nos llega. Así, estamos sobreestimulados constantemente y terminamos saturados de datos. Por otro lado, al tener tantas referencias a nuestro alcance, actuamos en función de eso que parece estar interiorizado, pero que, al meditar sobre el asunto, no es más que información superflua y efímera que condiciona nuestro quehacer inmediato y por tanto, no nos deja tomar el control de nuestras acciones. ¿Qué queda entonces? Primero, sobreinformación; y segundo, actividades condicionadas por la información que recibimos.

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Así las cosas, la cantidad de estímulos y distracciones a las que estamos propensos terminan formando una lógica de producción en donde se compite a contrarreloj: se comienza a crear la idea de que quien más repita acciones está haciendo más. Pero no. Esa saturación por la cantidad de datos que repetimos, por no ser conscientes de la información que consumimos, solo genera cansancio. Y es que si no hay tiempo para reflexionar sobre lo que llegó al cerebro, tampoco hay tiempo para hacer algo productivo con eso y acabamos convirtiéndonos en un contenedor de datos que al estar lleno empieza a drenar esta carga a través de emociones negativas que alteran la relación con el otro, o lo que es peor, optamos por la automatización de las acciones en donde la razón es consumida por la mecanización del quehacer.

Al respecto, el pensador Byung-Chul Han ya ha dado suficiente esbozo sobre esta temática al plantear su teoría sobre la sociedad del cansancio que nos habita en la actualidad. Una teoría que va en contra de la actividad desmesurada que busca producir para poder vivir (o sobrevivir). Habrá quien acepte este modelo de producción y le parezca la opción más óptima y enriquecedora para el desarrollo humano. Sin embargo, la repetición de acciones de forma mecánica, en donde la consciencia —y por tanto, la atención— es ignorada, no genera resultados tan gratificantes como se cree. Sobre esto es necesario mencionar a la neurocientífica española Nazareth Castellanos, quien en su búsqueda por entender cómo habita el mundo el ser humano, recoge datos que nos ayudan a comprender mejor por qué la acción humana no puede prescindir de la conciencia y la intención.

Castellanos dice: «mantenernos en piloto automático nos ahorra mucha energía, pero el precio es alto. Cuanto más tiempo transitemos en ese estado, mayor será la sensación de insatisfacción vital que nos acompañará y peor será la ejecución de aquello que realicemos». Con esto, Nazareth brinda una hipótesis loable para quienes están a favor y en contra de la sobreproducción. Para quienes están en contra de ello, las palabras de esta autora representan el ánimo de creer que el pensamiento es más productivo que la automatización de tareas. Para quienes están a favor del quehacer mecanizado, al leer a la investigadora española deben hacer un pare, porque los análisis científicos que ella comparte muestran que las acciones se atrofian cuando no hay pensamiento y, en consecuencia, la ejecución de las tareas será cada vez más débil.

En este orden de ideas, tener consciencia de la vida es prestar la atención adecuada en el momento adecuado. El giro que ha propuesto la postmodernidad va en dirección a condenar la productividad por sí misma. Lo cual también es un error. No es malo ser productivo, eficaz, elocuente, activo. El desacierto está en olvidarse de la atención y la intención con la que se ejecutan las acciones. Dejar de lado el pensamiento es quitarnos el privilegio de ser humanos para convertirnos en máquinas, y en ese estado, solo somos retenedores de información que, a la larga, se torna inservible.

Byung-Chul Han, en su libro Vida contemplativa, dice que «El sufrimiento y el padecimiento son estados que no pueden ser alcanzados por máquina alguna. A las máquinas les es ajena, sobre todo la inactividad contemplativa. Solo conocen dos estados: encendido y apagado». ¿Renunciamos entonces a un panorama de más posibilidades por no prestar atención?

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Yo abogo por el pensamiento y creo en la capacidad que tenemos como seres humanos para reconocernos en él. Por eso, creo en el poder que tienen la lectura, la cultura, el arte, las conversaciones idílicas, los sueños descabellados, las metáforas literarias, la filosofía, la ciencia, en fin, la charla cotidiana y atenta con cualquier desconocido. En las pausas que hacemos para soltar la rutina radica nuestra fuerza humana para comprender el mundo y tratar de entendernos. Han dice que «pensar significa “abrir nuestros oídos”, es decir, escuchar y prestar atención». Heidegger, por su parte, planteaba que «el aliento del camino de campo solo habla mientras existan hombres que, nacidos en su aire, puedan oírle». Las cosas existen cuando hay alguien que presta atención. ¿No es acaso la atención una guía imprescindible para acompañar nuestra existencia? Yo creo que sí, por eso no podemos renunciar a ella.

Referencias

Castellanos, N. (2025). El puente donde habitan las mariposas. Debolsillo.

Han, B-C. (2023). Vida contemplativa. Taurus.

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