Y seguirá repitiendo la liturgia de esta, su vida elegida, jornada tras jornada: ser guardián de la soledad del monasterio sobre la montaña.
Por Juan Andrés Valencia Arbeláez.
Ora et labora es la premisa que formuló un santo hace siglos, y que resume por completo el estilo de vida de este hombre que ha visto pasar por su vida una tras otra primavera.
Todos los días repite la liturgia de la soledad y la oración, aquella que inicia con el repicar de las campanas en medio de la oscuridad que precede a la aurora. En medio de esa sinfonía producida por aquellos gritos de metal se despierta, se levanta, se arrodilla, y repite jaculatorias antes de santiguarse y salir camino hacia la capilla en medio del llanto que da la madera bajo sus pies y de los susurros que parecen risas de los árboles de alrededor.
Una capa del color de una noche sin estrellas y sin luna lo cubre de cabeza a pies, y es capaz de resguardarlo de la bruma que lo envuelve. Otras figuras van surgiendo de la niebla, y sin mediar palabra van uniéndose al desfile que él había iniciado. Fantasmas que vienen a asustarlo, pensará alguno; pues no, son hombres que comparten con él la forma de vivir.
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La cadencia de estos pasos se sincroniza hasta desaparecer por completo a medida que entran al recinto alumbrado por candelabros que contienen velones de un mismo color, y que derraman su luz sobre los atriles de madera donde reposan libros, papeles, estampas y crucifijos; en los cuales van tomando asiento. Tres golpes detonan el alarido del órgano, y con su clamor son escuchadas las voces de estos fantasmas sin cara que han vuelto a ser hombres con sus cantos. Este pentagrama dura lo mismo que el cantar de los pájaros en la madrugada. Los primeros rayos de sol sirven para anunciarles el canto del Gloria, con el cual terminan el rezo de las laudes, y se da inicio a la misa, la cual escucha y observa sin hacer movimientos. Mantiene la cabeza apuntando al suelo, las manos cruzadas sobre el pecho y escondidas dentro del hábito; y habla repitiendo las oraciones de la eucaristía. Pero el éxtasis que embriaga su mirada comunica lo que con cualquier palabra pudiera expresar, o gesto pudiese hacer.
Al salir de la capilla camina al refectorio donde se dispone a desayunar. Él saborea los bocados que va a tragar como si no los fuese a volver a probar en su vida, y quisiera recordar su sabor por la eternidad. Al finalizar esta tarea, agradece de pie a Dios por los alimentos que comió y sale con rumbo a la huerta por el sendero que recorrió de camino a la capilla.
Arrastra los pies; tal vez le aprieta el calzado, o sea el producto del cansancio de los años. Toma el azadón, lo empuña, lo alza sobre su cabeza y lo deja caer sobre la tierra; vuelve a repetir la acción. Se agacha y recoge las hortalizas que ha extraído del suelo, y las pone en una canasta tejida por él mismo. Vuelve a repetir la acción. Toma el azadón, lo empuña… se agacha y recoge las hortalizas… Esa es la tarea encomendada a él por el abad.
Esta no ha sido su labor dentro del monasterio desde que llegó a él, pues ha emprendido el oficio de carpintero; pero entre cortar madera y hacer surcos en la tierra, prefiere el segundo, ya que con el primero tropezó con los tablones de madera del taller, cortándose la mano con la que se persigna, quebrándose una pierna, y rajándose la cabeza en una herida que traspasó el cuero cabelludo, penetró en el cráneo e hizo surgir un río de sangre que inundó el lugar. Pensó que moriría, y ese recuerdo lo tiene alejado de ese sitio, no por miedo a la muerte, sino porque desea mantenerse alabando, agradando y sirviendo a Dios por años por venir.
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Corren los minutos de la mañana y las campanas vuelven a sonar, esta vez convocan al rezo del ángelus, y su repicar asusta a las guacharacas del lugar, que comienzan a graznar y a revolar. Tensa la boca tratando de hacer una mueca con sus labios cortados por el sol para mostrar su desaprobación ante el alboroto de las aves, y agita sus manos una contra otra para quitarse el polvo. Cubre su cabeza que denota el paso de las nieves de la edad, y con la manga de su túnica seca el sudor de su frente, no sin estirar la espalda que ya deja ver una joroba.
Camina a la capilla dando brincos, pareciera que ya no le dolieran los pies. Allí canta el Ave María de Franz Schubert y reza el rosario al terminarla. Sale al refectorio a almorzar.
El almuerzo es caldo de papa, ensalada compuesta por lechuga, tomate y cebolla (productos que él cultivó), y agua. No come carne (no lo hacen los monjes de su orden) por el asunto del voto de pobreza que guarda junto con el de castidad, obediencia y silencio. Cucharada tras cucharada llegan a él las palabras de las meditaciones leídas por el abad con la voz de marrano que usa siempre en los almuerzos mientras sus monjes comen para que nutran el alma junto con la alimentación del cuerpo.
Lava la loza tras almorzar, no tiene tiempo para descansar; pero decide dormir en aquel jergón lleno de ácaros que tiene reposado sobre el suelo de baldosas en su habitación. Al lado de una ventana tiene colocado un escritorio en el que se encuentran la imagen de san Benito, una planta y fotos de sus familiares o amigos.
No pudo dormir la siesta, pero no importa porque es el momento de su oración (o lectio divina), que es lo que espera en el día, como si un novio fuese a encontrarse con su novia antes de partir a la guerra, sin saber si volverá de esta. Se sienta, abre la ventana, respira el aire que entra por ella a la par que lee un pasaje del evangelio, y escribe con su letra de doctor en su libreta. Para esto se hizo monje, por este momento cobra sentido su vida.
La noche cae tras las montañas y las campanas vuelven a resonar; no encuentran eco en ningún objeto, o animal, o persona. Llaman a otra oración de la liturgia de las horas, tras la cual cenan pan y agua. Lava loza, y él y sus compañeros dan comienzo a la hora de charla entre ellos. Rara vez le gusta, extraña el silencio.
Al apagarse las luces, recomienza el silencio; y aunque estén sus labios desprovistos de besos, y sus manos deseosas de acariciar la piel de alguna dama, estos pensamientos no lo molestan, porque no imagina otro estilo de vida que lo llene y lo colme como lo hace estar aquí. Ahora en su cuarto se dispone a dormir para proseguir mañana con su vida. Y seguirá repitiendo la liturgia de esta, su vida elegida, jornada tras jornada: ser guardián de la soledad del monasterio sobre la montaña.
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