Por Juan Andrés Valencia Arbeláez.
El fuerte e incesante golpeteo en la puerta de madera, seguido del ladrido de los perros y los constantes gritos con su nombre, interrumpían la quietud de la noche. Ella sabía que aquel alboroto solo podía significar una cosa: una mujer estaba a punto de parir y necesitaba de su ayuda.
Se levantó, tanteó el suelo con los pies en busca de sus chanclas antes de encender el bombillo que hacía poco habían instalado, luego buscó su ruana y fue a la cocina para buscar su mochila equipada con hojas de cogollo de caña, manzanilla, altamisa, canela, alhucema, salvia, cuchillas de afeitar y un recipiente con aceite de higuerilla y grasa de gallina. Afuera el bullicio proseguía, pero Francisca no le daba mucha importancia; sabía que estas cosas debían de tomarse con calma, no fuera que por el afán olvidara algún trapo, ungüento, rama, hoja o su estampa de la Virgen María con el Niño a la cual le había encomendado cada nacimiento.
Salió, y se colocó las botas, primero la derecha, luego la izquierda, mientras el hombre que estaba fuera le hablaba de modo poco comprensible:
—¿Dónde está? —preguntó Francisca en tono grave.
—Cruzando el cerro y el río —respondió el hombre con voz de marrano degollado y respiración entrecortada.
—¿Hace cuánto la dejó?
—Más o menos una hora, pero ella está muy mal, misiá Francisca… debemos apurarnos, no sea que…
—Estamos a tiempo, vamos —le interrumpió mientras le entregaba la mochila y subía al caballo que el hombre había traído.
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El camino, que ella ya conocía bien, se le hacía más difícil de noche al caballo, a pesar de que el esposo de la parturienta lo iba guiando. El cañón del río Melcocho tenía esa particularidad: el suelo era resbaladizo debido a la cantidad de aguas subterráneas que iban a dar al río más cristalino de Antioquia, y aunque hermoso de día, el lánguido cuerpo de agua amenazaba al fondo con su rugido con devorar aquello que cayera en él.
Francisca permanecía pasando las cuentas de su rosario entre sus dedos de salchicha mientras repetía avemarías que eran contestadas de vez en cuando por el guía del caballo, los suspiros del equino o el canto de algún grillo. Ella sabía que, más allá del poder de las oraciones, este ritual servía para distraer su miedo y el de sus compañeros de viaje, algo que se acrecentaba las veces que el animal resbalaba por el lodo o tropezaba con las piedras. Una vez más repite otra avemaría que es respondida por la cada vez más ansiosa voz del hombre, el rebuzno de la montura, o el cricrí de otro grillo.
Al llegar a la casa, luego de varias sesiones de rosarios, Francisca no perdió tiempo y de inmediato pidió a los demás habitantes del hogar abundante agua hervida, tanto fría como caliente, y que trasladaran a la mujer a una cama con sábanas limpias mientras ella hervía los paños para esterilizarlos, así como a las diferentes plantas que traía en su mochila.
El ambiente olía a hierbas. Una infusión de salvia, manzanilla y alhucema era la encargada de realizar vahos para relajar a la mujer que gemía en la cama. Francisca le daba masajes en el abdomen con aceite de higuerilla, cuya textura resbalaba suavemente entre sus dedos. Con movimientos cuidadosos, iba acomodando al bebé dentro del vientre, a la par que alentaba a la futura madre a pujar. La presión de sus manos era firme pero delicada, ayudando a la madre a sobrellevar el dolor y asegurando que el bebé estuviera en la posición correcta para nacer.
En los pies de la madre, aplicaba plantillas: baños de agua tibia mezclada con alhucema o altamisa. En la habitación se encontraban con ellas otras mujeres, como la madre de la parturienta y las hermanas de la misma quienes le daban la mano, le acariciaban el cabello y le daban palabras de ánimo. En una esquina de la habitación estaba el futuro padre, quien observaba la situación expectante por el nacimiento o por si la partera requería de algo.
Una vez las contracciones se intensificaron y llegó el momento del alumbramiento, Francisca ya tenía todo listo: las tijeras, cuchillas de afeitar e hilos esterilizados estaban a la mano, en un paño blanco, como se había hecho durante generaciones. El vapor de las plantas en el aire creaba una atmósfera cargada de energía, mientras la madre empujaba con todas sus fuerzas.
—¡Necesitamos vino! —exclamó Francisca.
—No tenemos vino —dijo el hombre ansiosamente.
—¡Entonces aguardiente, chicha, lo que sea! —replicó la partera—, ¡lo que sea, hombre, que el trago le da fuerza a los músculos!
Empero, no fue necesario, prontamente se escuchó el llanto de un niño en el lugar. Al recibir al bebé, Francisca lo frotó con aceite de almendras, y con sus manos arrugadas se aseguraba de que el aire entrara por sus pulmones. Una vez cortado el cordón umbilical, envolvió al recién nacido en pañales de tela y ropa de bebé previamente calentada. A la madre, aún exhausta, pidió que le prepararan una taza de chocolate con canela, mientras le entregaba a su hijo y la felicitaba por el milagro de la vida.
Artículo de opinión: ¡Atención!
Francisca, una vez expelida la placenta, la tomó para tratarla con la ceniza que recogió del fogón de leña en el que habían hervido todo lo que se necesitó; posteriormente la enterró en el solar de la casa mientras repetía distintas oraciones, siguiendo un antiguo ritual que aprendió de su madre, también partera. Luego se percató de que tanto la madre como el bebé estuvieran fuera de peligro, recogió sus cosas con discreción, como si el milagro de la vida fuera un evento cotidiano, y salió despidiéndose de la familia, sabiendo que la próxima llamada podría llegar en cualquier momento y que debía estar siempre lista para dar a luz en la montaña, aun en medio de la oscuridad, ese era su deber como partera.
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«Ella sabía que aquel alboroto solo podía significar una cosa: una mujer estaba a punto de parir y necesitaba de su ayuda».
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