Un grito contra el Túnel

Mis montañas están pletóricas de agua. Entre sus riachuelos no navego ni clavo los remos para que crujan mientras intento avanzar. En mis montañas no hay ríos gigantes; aquí nace su esplendor, su recorrido, su inmensidad.
En mis montañas el viento es ladino. En la sombra sopla y hace frío; bajo el sol se enmudece con los rayos que punzan, pican. Arde. En lo alto mis montañas están húmedas, gota a gota destilan la vida; el verde se inflama cuando brota sobre el suelo. La tierra negra está mojada, el musgo en un festín con su levadura.
En mi tierra hay agua, mucha agua. Lo sabe el Comité por la Defensa de la Montaña de Santa Elena, lo sabe Cornare, lo sabe la Gobernación de Antioquia, lo sabe Masora, lo sabe la Alcaldía de Rionegro, lo sabe la Contraloría General de la República, lo saben los ingenieros, los biólogos, los obreros, los campesinos de nuestra montaña. Lo saben todos. ¡Hay mucha agua! En nuestra montaña está nuestra vida.
Lo saben.
Aun sin saber a pocos les importa. Aun contra todo el poder de la burocracia y la clase cicatera que pasa por encima de nosotros deshojando billetes de su carriel, algunos lanzan un grito, dos gritos, tres gritos… Miles. Aun contra todo esto, con las licencias turbias, con los estudios que se repiten, con las suspensiones, con la pléyade empujando, con el agua brotando, con el ánimo gritando, con la rabia empuñando un lápiz tomo aliento para decir NO, ¡NO AL TÚNEL DE ORIENTE!
Personajes bifrontes nos quitan nuestra montaña. No es suya, es que no les importa. Con su poder y su burocracia saben que escurrirán nuestra tierra, que con su obra magnánima se perderá más de nuestra vida, que nuestra montaña –nuestra- se resentirá y luego renegará por su destino olvidándose de los frutos que crecen sobre ella, de los animales que viven de su agua. La espontaneidad de nuestra tierra será una cicatriz vuelta llanto, dolor.
Como son tantos, ¿a quién me dirijo? ¿Quién nos da la cara? ¿Qué personaje saldrá a respondernos por lo que hacen con nuestra montaña?
¿Acaso el mezquino que impulsó la obra antes de acabar su mandato y luego danzó hacia sus vacaciones forzosas? ¿Acaso la corporación ambiental, como la novia interesada que se rinde ante el mejor postor? ¿Acaso el Municipio de Rionegro que sólo se opuso por razones políticas y económicas? ¿Acaso Masora que dijo no por la famosa valorización? ¿Acaso la actual administración departamental que no se opuso porque un elefante desde Bogotá está buscando la rencilla para filtrarse? ¿Acaso la Contraloría General de la República que con su Función de Advertencia advirtió que se podría ocasionar un daño al patrimonio estatal –pues el agua superficial y subterránea son bienes de la nación-, y que se afectarían derechos fundamentales y sociales de los habitantes de Santa Elena y los valles de Aburrá y San Nicolás? (Ver: Función de advertencia)
¿A quién me dirijo? ¿Quién nos dará la cara? En un tiempo, al remitirnos a alguno de ellos, cada quien se encargará de decir, no, fue culpa de Cornare; no, eso fue Luis Alfredo Ramos; no, fue la Gobernación de Antioquia; no, fue la Agencia Nacional de Licencias Ambientales –Anla-; no, fue fulanito; no, fue peranito; no, está señalando en el lugar equivocado; no, no busque culpables que eso ya se hizo; no, mejor quédese callado que es lo mejor; no, no se oponga al desarrollo; no, ya le dijimos que lo mejor es que cierre la boca.
¿Quién responde a este grito? Dicen en algunos de los mensajes “prefiero tomar agua toda la vida, que ahorrarme 15 minutos de viaje”. Quién tan sensato para decir públicamente que esta obra no se va para atrás porque es mejor que se pierdan millones de litros de agua que 822 mil millones de pesos. Lo mejor es que se pierdan millones de litros de agua a que se hable de detrimento al patrimonio. Nadie quiere hacerse responsable. Todos culpables y a la vez ninguno. Lo mejor es que se pierdan millones de litros de agua con tal de decir “esta obra es mía, yo la impulsé”, “no, es de nuestra administración porque nosotros dimos el aval”, “no, es de nosotros porque luchamos por la región”. ¡Qué carajos todo esto!
Escribo bajo la sombra del aguacate que cruje con el viento de agosto. Escribo, insisto, entre el fulgor de mi montaña, entre la humedad de mi tierra, cerca del agua que consumo para vivir. Tengo la boca seca, mis manos sudorosas, el cuerpo agitado. Estoy gritando. Grito a camaleones de los sentidos, mesías que escuchan según su interés, cuando les da la gana, cuando quieren, cuando les importa; según el valor de la obra.
En mi tierra hay agua, mucha agua. Lo sabe el Comité por la Defensa de la Montaña de Santa Elena, lo sabe Cornare, lo sabe la Gobernación de Antioquia, lo sabe Masora, lo sabe la Alcaldía de Rionegro, lo sabe la Contraloría General de la República, lo saben los ingenieros, los biólogos, los obreros, los campesinos de nuestra montaña. Lo saben todos.
Lo saben.
 * Juan Camilo Gallego Castro (@jcamilogallego) es autor del libro Con el miedo esculpido en la piel. Crónicas de la violencia en el corregimiento La Danta, proyecto ganador en crónica de la Primera Convocatoria de Estímulo al Talento Creativo-Antioquia 2012. También es periodista, especialista en derechos humanos y derecho internacional humanitario de la Universidad de Antioquia y estudiante de la maestría en Ciencia Política del mismo centro universitario. 
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