La gran coronspiración

Oscar Jaramillo Monsalve. Docente de cátedra de la Universidad de Antioquia. Magister en Literatura Colombiana y Comunicador Social-Periodista de la misma institución.

Negar el problema sería una total estupidez, pero, llegar a pensar que es lo único que está sucediendo en el país y en el mundo en este momento me parece tan estúpido como la primera opción. Lo digo porque veo cómo los medios de información andan obstinados desde hace algún tiempo en mostrarnos esa realidad como la única existente y posible en todo el planeta.

Es como si de repente el mundo entero se hubiera detenido y con él todos los acontecimientos nefastos que a diario veíamos en las noticias; de un día para otro, y a raíz de la pandemia, se terminaron las guerras armadas y comerciales, los asesinatos en serie y selectivos, los problemas generados por la corrupción y la ambición de poder, el hambre y el resto de enfermedades que también estaban matando a buena parte de la población global, las crisis sociales y humanitarias que padecían continentes enteros. Es como si de un momento a otro todas estas problemáticas que ya eran bastante graves y complejas hubieran quedado ocultas bajo el manto oscuro de la nueva, letal y común enfermedad.

Ya ni siquiera las noticias positivas, que se daban en secciones especiales dentro de los noticieros, son importantes o por lo menos necesarias; apenas se menciona el dato de cuántos pocos recuperados de la enfermedad, cifra inferior en valor numérico e importancia en la emisión, el interés editorial se concentra más en la salida triunfal del hospital en medio de la calle de honor organizada por los médicos y enfermeros, declarados hoy “héroes nacionales” por su denodada vocación y entrega.

El resto del noticiero está dedicado a la estadística mórbida del número de contagiados, cuántos nuevos portadores, cuántos hombres, cuántas mujeres, cuántos niños, jóvenes y viejos, cuál es su estado de gravedad y en qué territorios habitan; la estadística mortal que evidencia la gravedad del problema.  

El panorama en los medios es tan deplorable que evoca las peores tragedias de la humanidad o en los tiempos modernos las más tétricas películas de terror, la sensación reinante es la de vivir en una ciudad apestada y atacada por hordas de zombis que deambulan por las calles en busca de nuevas víctimas para devorar y de esa manera sumarlas a su objetivo arrasador, nuestros vecinos y antiguos amigos pasaron a convertirse en sospechosos de ser portadores del mal, se recomienda el aislamiento social y así mismo la precaución, la duda inquisidora sobre todas las personas que pueden no evidenciar la portabilidad del virus acechante y que nos obliga a cambiar de acera ante el peligro, a saludar de lejos a quienes antes abrazábamos sin temor a la puñalada traicionera, o incluso, a desviar la mirada para evitar el saludo mismo por el miedo avasallador, o peor aún, a cumplir con el encierro obligatorio y ponerlo como excusa para evitar la mínima posibilidad de contacto.

Cómo nos ha cambiado la vida y las costumbres esta pandemia. En los países nórdicos seguramente el frío y su propia cultura ya tienen instaurado el aislamiento en casa como estilo de vida y medida de autocuidado; en el continente asiático se percibe como tradición milenaria la venia cortés y la distancia entre los cuerpos, aunque los índices de natalidad demuestren lo contrario; en Medio Oriente el encierro suele ser instaurado por los fanáticos y guerreros líderes religiosos, en especial contra las mujeres; en gran parte de Europa, la discriminación social, económica y racial, disfrazada muchas veces de renovados y rampantes nacionalismos, de miedo ante el terrorismo internacional o de temor generalizado ante lo desconocido, evidenciaban de tiempo atrás la desconfianza, el recelo y el rechazo para todo aquel que representara alguna posibilidad de riesgo en la seguridad personal o social. África ni siquiera se menciona, contagiados, vivos o muertos da igual; y así podríamos continuar con el resto del planeta.

En este país, en cambio, las condiciones eran y siguen siendo muy diferentes, antes saludábamos al vecino desde la distancia procurando acercarnos rápidamente para alcanzar su mano cálida; al amigo le entregábamos sin zozobra nuestra mano abierta y sincera, el brazo y el cuerpo entero, y de ser posible, hasta nuestra alma; nos tocábamos, nos abrazábamos, nos besábamos y hasta nos cargábamos cuando la efusividad del encuentro así lo ameritaba. Con nuestras familias y seres queridos no había barrera alguna que impidiera la cercanía, el mutuo acicalamiento y, así, el contacto directo, que tal vez es lo único que aún nos va quedando de humanidad. Hoy, como resultado del confinamiento obligado y en muchos casos del hacinamiento hermano de la pobreza, las cifras de violencia intrafamiliar y de género también aumentan de manera exponencial.

Cómo quisiera seguir siendo el romántico empedernido de siempre, el altruista o el iluso que aún piensa en la posibilidad de un mundo mejor para todos, más justo, amable (en el sentido literal) y equitativo, aunque a veces también me contagie de dudas e incertidumbre. Cómo quisiera creerle ciegamente a otros románticos —especie en vía de extinción— que pregonan en las redes cómo va a mejorar la situación después de la infección, que el capitalismo salvaje declinará su ímpetu por una economía de mercado más solidaria y generosa, que después de la pandemia volveremos a ser humanos hermanos y podremos cantar juntos a pesar de la diferencia de criterios y de creencias. Que la música volverá a ser el himno universal que arrope a todas las culturas y poblaciones. Exceso de romanticismo sin duda, pero importante y necesario.

Las dudas y la incertidumbre tienen la misma procedencia que la enfermedad, vienen de afuera y se quieren quedar; dudas por los malos y poderosos gobernantes que ante la muerte de sus pueblos solo piensan y hablan de economía, por los grandes empresarios que solo están viendo la baja rentabilidad de sus industrias y andan desesperados tratando de reactivar la producción a como dé lugar, por los que guarecidos y aprovisionados en sus haciendas jamás pensaron que iban a dejar sin alimento a los demás, por los especuladores que siempre ven la adversidad como oportunidad de negocio y de enriquecimiento rápido, por los ladrones de cuellos variopintos que desvían los recursos en su propio beneficio.

Incertidumbre ante la desinformación, las noticias falsas y el aprovechamiento de la confusión general para generar caos y desorden; ante la posibilidad latente de que esta sea una nueva creación de laboratorio, engendrada por mentes perversas en su propósito de mutar las condiciones naturales de la vida; incertidumbre, también, ante la posibilidad de que esta baraúnda haya sido toda una confabulación orquestada por las grandes agencias, el supra-estado presente en la novela 1984 de George Orwell, que al mejor estilo del “Gran hermano” escucha, ve y graba a la población mundial comunicada hoy vía internet, lo que facilita en gran medida su labor vigilante.

Se podría pensar que todas estas dudas e incertidumbre son producto del pánico generalizado, del exceso de televisión en estos días de escasa interacción social o que son generadas por el bombardeo permanente a que estamos siendo sometidos por la gran industria noticiosa, pero ante acontecimientos parecidos en días pasados, las sensaciones persisten. Ante la competencia desmesurada y desleal por el control mundial de los mercados, la supremacía económica de las potencias a cualquier costo, la manipulación de la información en beneficio de los grandes capitales, las guerras declaradas y las invasiones justificadas con argumentos mentirosos, las “cortinas de humo” utilizadas para encubrir intervenciones perversas, ante la desfachatez e insensatez de los gobiernos, la generalizada falta de sentido común para el cuidado de la vida y del medio ambiente, el derroche en medio de la miseria, y todo lo que esto representa: mayores índices de inequidad e injusticia social, el panorama se torna oscuro y hace que el pesimismo se imponga inexorablemente.

¿Qué hacer entonces?, ¿qué alternativas quedan ante tal despropósito?, ¿será posible la continuidad de la vida en tales o peores condiciones?, ¿representa todo esto un llamado a la autodestrucción o una invitación a abandonar el territorio y salir huyendo despavoridos, tal como se da en el cuento “La idea que da vueltas” de Gabriel García Márquez? Sin duda que no; resurge la esperanza como siempre ha sucedido tras las grandes tragedias de la humanidad, vuelve la poesía y el arte en general a desempeñar su papel fundamental de curador de heridas, reaparecen actitudes filantrópicas y solidarias donde parecían imposibles de darse, se reproducen y difunden valores fundamentales del hombre como la persistencia, la resiliencia y la constancia, afloran renovados sentimientos de empatía y cuidado del otro, la valoración y el respeto por la diferencia; se posicionan, y ahora sí definitivamente, el amor y la búsqueda permanente de la felicidad como metas individual y colectiva de la especie humana. Esta pandemia, sin duda, se convertirá en el detonante de la gran conspiración mundial para derrotar la adversidad e instaurar la alegría, ahora sí, después de la tragedia y como aprendizaje colectivo de los errores cometidos por años y por siglos, volveremos al origen, volveremos a ser por fin… verdaderos seres humanos.

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