Cuando el cuidado es una idea vacía

Por Sandra Ocampo López.

¿Y si comprendiéramos que el cuidado no debe ser una promesa sino una acción?

En nuestros días es muy común escuchar hablar de políticas del cuidado, de la democratización del cuidado: desde organismos internacionales como la ONU o la CEPAL, hasta los nacionales, con su Política Nacional del Cuidado (CONPES), la cual propone que «El cuidado es una dimensión fundamental para la garantía, protección y sostenimiento de la vida humana y no humana, interdependiente en todas sus expresiones…» (CONPES, 2025, p. 3).

Esto nos muestra que hay un interés, una necesidad de hablar sobre el cuidado que todos necesitamos, y más aún, aquellos cuya vulnerabilidad es más visible. Cuidar se ha traducido en nuestros días en un discurso y una narrativa que promete dar aquello que el otro y lo otro necesitan, pero cuando se ha logrado su confianza, entonces pasar a la acción ya no es posible, la palabra queda vacía de sentido. Y cuando digo el otro, me refiero a la sociedad, a las personas, a lo humano; y cuando digo lo otro, me refiero a todos los ecosistemas que cohabitan el mundo con nosotros, o en palabras del CONPES (2025) «de toda vida no humana».

La Ceja se ha vestido de una palabra amable: cuidado. La repite en vallas, discursos y publicaciones con esa cadencia de consigna que pretende tranquilizar el ánimo colectivo, «Gobierno del cuidado». Y uno, que todavía quiere creer, se pregunta: ¿cuidado de quién, cuidado de qué, cuidado para qué?

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Porque hay narrativas del cuidado que se esfuman cuando se enfrentan a lo real, y hoy lo real tiene forma de humedal: ese pequeño corazón en el colegio Bernardo Uribe Londoño, donde el agua no es un charco «improductivo», sino un archivo vivo del territorio. Allí, donde algunos solo ven «un lote», la vida se toma el escenario: más de cuarenta especies de aves ya caracterizadas —y con ellas insectos, anfibios, pequeños mamíferos, semillas que viajan en el pico de un pájaro o en el barro de una garza— sostienen una trama de la vida que nos sostiene. Un humedal no se «reubica» como un pupitre. Un humedal no es un adorno: es una infraestructura ecológica, un regulador silencioso, una escuela sin paredes.

La paradoja, entonces, duele. Se pretende construir un hospital de segundo nivel —necesario, urgente, loable— sobre la misma tierra que hoy hace parte de la zona verde escolar. Y de pronto el cuidado se convierte en tijera. La promesa de sanar aparece como licencia para herir.

El primer golpe es ambiental, pero también cultural y pedagógico. ¿Qué aprende un estudiante cuando ve que el lugar donde el agua respira se rellena para levantar concreto? Aprende que la naturaleza es un estorbo. Aprende que el conocimiento es retórica. Aprende que el cuidado es una palabra vacía, no una ética o una práctica. Y eso es devastador, porque en tiempos de crisis climática, los humedales son, precisamente, una lección práctica de interdependencia. Son laboratorios de ciencias, escenarios de lectura del mundo, oportunidades para educar la sensibilidad. Quitarlos es amputar una experiencia de aprendizaje que ninguna clase reemplaza.

El segundo golpe es a la seguridad y al derecho a una escuela con condiciones dignas. Un hospital no es un vecino cualquiera. Trae flujo constante de ambulancias, urgencias, ruido, aglomeraciones, presión sobre el espacio público. Trae, también, riesgos que la administración debe nombrar sin eufemismos: movilidad, congestión, exposición cotidiana de menores a escenas de dolor y crisis, virus, tensiones logísticas inevitables. No se trata de estigmatizar la salud —al contrario—, sino de reconocer que la escuela necesita un entorno protector, cuidador. La zona verde no es «reserva de expansión»: es parte del bienestar escolar, del juego, de la investigación, del aprendizaje.

Opinión: Autoridad

El tercer golpe es simbólico: se abre una grieta en la confianza. Si un gobierno se llama «del cuidado» y decide que cuidar es destruir un humedal escolar, ¿qué queda del concepto? Cuidar no es elegir entre salud y naturaleza como si fueran enemigas. Cuidar es ampliar la mirada: buscar alternativas, evaluar impactos con rigor, escuchar a la comunidad educativa, proteger la biodiversidad, garantizar seguridad, pensar el pueblo como sistema y no como tablero de proyectos aislados. Cuidar eso otro no humano es cuidarnos también.

Un hospital que nace de la muerte de un humedal ya empieza enfermo, porque su fundamento es el sacrificio de lo vivo y lo educativo. La Ceja tiene una oportunidad histórica: demostrar que su palabra «cuidado» no es una promesa vacía, sino una acción.


Nota de MiOriente: en función del ejercicio periodístico, dejamos al final de la columna la versión de la alcaldesa de La Ceja, Ilbed Santa Santa, sobre el asunto puntual del proyecto del hospital de segundo nivel:

  • Hacer lo impensable

    Hacer lo impensable

    «Asumimos el compromiso de saldar deudas acumuladas y estructuramos el proceso de pavimentación más grande que se haya puesto en marcha en la historia de Antioquia».

  • ¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar?

    ¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar?

    «Cuando la máquina define el tiempo humano, el hombre deja de ser el sujeto de su propia vida».

  • Cuando el cuidado es una idea vacía

    Cuando el cuidado es una idea vacía

    «Un humedal no se “reubica” como un pupitre. Un humedal no es un adorno: es una infraestructura ecológica, un regulador silencioso, una escuela sin paredes».