¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar?

Economía para todos, John Chica

Por John Chica. Colaboración con Oriente Capital (@oriente.capital).

Hace un par de días, a propósito de una polémica reforma laboral que se discutía en Argentina, Francisco Parra —actor de teatro, ciudadano, opinador, amigo y, sobre todo, personaje peculiar de la cultura de aquel país— revivió en redes sociales un dilema filosófico que alguna vez escuchamos de boca de Pepe Mujica: ¿trabajar para vivir o vivir para trabajar?

Yuval Harari advierte en Homo Deus que, en el futuro cercano, la inteligencia artificial volverá económicamente prescindible a una enorme masa de trabajadores. Médicos, abogados, conductores, analistas: la automatización avanza sobre oficios que antes parecían intocables. La predicción de Harari tiene una dimensión que va más allá del desempleo. Hemos construido durante siglos una cultura donde el trabajo es la respuesta a la pregunta más básica sobre quién es uno mismo, y perderlo sin un relato alternativo sería un colapso masivo de nuestra propia identidad.

El trabajo se instaló tan profundo en la definición de lo humano que terminó devorando la vida que supuestamente debía sostener. En Colombia se debatió ampliar derechos de los trabajadores dentro de un mercado con altísima informalidad; en Argentina se avanzó hacia la desregulación como palanca de inversión. Ninguna de las dos políticas se detuvo a preguntar cuánto tiempo de vida le queda al trabajador después del trabajo, ni si ese tiempo alcanza para algo que valga la pena. Es paradójicamente probable que el efecto de ambas decisiones sea el mismo: trabajadores que deban duplicar su esfuerzo para llegar a final de mes.

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La demografía complica la ecuación de una manera que los gobiernos resuelven mal. Europa lleva años subiendo la edad de jubilación porque hay menos jóvenes sosteniendo sistemas pensionales diseñados para otra pirámide poblacional. Francia convulsionó cuando se propuso trabajar hasta los 64. La menor natalidad intensifica la presión: menos personas disponibles para producir, más años exigidos a cada una. Los gobiernos responden pidiendo que se trabaje más y más tarde, en el momento histórico en que las máquinas están en condiciones de hacer una parte creciente de ese trabajo. La respuesta al problema de la pirámide poblacional podría estar en redistribuir la riqueza que genera la automatización, pero esa conversación apenas empieza.

Chaplin ya había visto todo esto en 1936. En Tiempos modernos, el obrero de la fábrica termina tan fundido con la máquina que sus manos siguen apretando tuercas imaginarias cuando la cadena de montaje se detiene. El cuerpo ha interiorizado el ritmo del capital hasta perder el suyo propio. Lo que Chaplin mostró como comedia era una advertencia: cuando la máquina define el tiempo humano, el hombre deja de ser el sujeto de su propia vida. Hoy la máquina tiene inteligencia, aprende y toma decisiones, y la advertencia se vuelve más urgente.

El propio Harari especula con que los humanos podrían terminar conformando una clase ociosa global, entretenida por algoritmos diseñados para mantenerla satisfecha y distraída: un ocio administrado que se parece poco a la libertad. Si eso ocurre, la pregunta de Mujica adquiere una dimensión que ninguno de los dos imaginó cuando la formuló. ¿Qué haremos con el tiempo cuando el trabajo, tal como lo conocemos, empiece a desaparecer? ¿Sabremos habitarlo, o habremos olvidado cómo se vive sin una cadena de montaje que marque el ritmo?

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