Recibimos solidaridad y bondad porque estamos rodeadas de personas que son solidarias y bondadosas (…) Más allá de quien las recibe, el valor está en quienes dan.
Por Yury Marcela Ocampo Buitrago.
En noviembre, mi mamá tuvo un accidente. Cruzaba una calle cuando una moto la embistió. Había dejado la preparación de su almuerzo a medias por salir a caminar para recibir el sol. La sopa quedó lista en el fogón y la ensalada picada. Le faltaba preparar la carne que dejó en sazón mientras daba una vuelta por las calles cercanas.
Recuerda ver la moto venir y quedarse inmóvil, sin poder hacer nada. Luego se recuerda en el piso, caliente por el sol del mediodía, y ver a varias personas a su alrededor. No podía mover las piernas.
Mientras llegaba la ambulancia, el conductor de la moto le puso un cartón en la cabeza para que no se quemara la cara y se hizo a un lado para protegerla de otros carros. Ya en las urgencias de una clínica del centro de la ciudad, mientras esperaba que se le hicieran los exámenes pertinentes, el conductor le llevó almuerzo. Después, con el pasar de los días y las semanas, el conductor seguía pendiente de mamá.
En la noche del accidente, luego de una única radiografía que le hicieron, le dijeron que no tenía fracturas y que el dolor era por los golpes. Casi a medianoche le dieron de alta, no les importó que mi mamá manifestara que no podía caminar, no le ofrecieron nada más. Durante tres días en casa, esperando a que pasara el golpe y la inflamación, mi mamá soportó dolores que no la dejaban dormir ni caminar, por lo que volvimos a urgencias. Esta vez le hicieron varias tomografías que mostraron cuatro fracturas (de las cinco que tuvo), tres de ellas muy delicadas por su proximidad a la columna. Nos dijeron que necesitaba una remisión y que estaría en urgencias mientras esta se daba.
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Al principio fuimos pacientes y nos adaptamos al ritmo de atención. Luego, cuando ya notábamos que nada cambiaba, vinieron las PQR, los derechos de petición y la tutela. Tras ver que nada pasaba, decidimos compartir un mensaje en redes sociales contando la inoperancia del sistema de salud para atender a mi mamá. Muchas personas, amigas, familiares, colegas, cercanas y desconocidas se solidarizaron con la situación y empezamos a recibir distintas muestras de apoyo.
Hubo quienes compartieron el mensaje de redes sociales, quienes contactaron a alguien en esta o aquella clínica, en la EPS, en el SOAT, en el sindicato de profesores; también hubo quienes escribieron notas en sus respectivos periódicos y quienes nos mandaron oraciones y mensajes de aliento y cariño. La atención adecuada que recibió tras tantos días de espera no fue tanto por la tutela o por las PQR, fue gracias a esa red generada por muchas personas que de distintas formas contribuyeron para que se realizara su traslado y cirugía.
Cada gesto, cada acción, por aparentemente pequeña o grande que fuera, resultó fundamental para que se atendiera debidamente a mi mamá y que, al día de hoy, esté muy cerca de volver a caminar con normalidad.
Durante la hospitalización era frecuente que conversáramos sobre lo agradecidas y conmovidas que nos sentíamos por esa red de solidaridad y apoyo que no sabíamos bien cómo se había formado pero que estaba ahí haciéndonos sentir acompañadas. El accidente nos mostró algo valioso: estamos rodeadas de personas bondadosas y solidarias que nos hacen sentir arropadas y cuidadas.
Como infidencia personal, confieso que llegué a preguntarme por mi propia bondad y solidaridad. Me pregunté si yo he sido lo suficientemente buena y solidaria como para merecer esas muestras de generosidad y, lo admito, me llegué a sentir avergonzada y abrumada al estar recibiendo tanto sin habérmelo ganado. Ese pensamiento me hacía sentir en falta.
Sin embargo, esa misma sensación me permitió descubrir algo que, pese a mis casi cuarenta años, era novedoso para mí y revelador: la solidaridad, bondad, afectos, cuidados, oraciones y cariño que estábamos recibiendo no dependían de mis propias virtudes, las de mi mamá o mis hermanas. Toda la bondad y solidaridad que recibimos dependía, más bien, de las virtudes propias de quienes nos las otorgaron y siguen otorgando.
Si bien no podemos abstraernos enteramente de quienes somos, especialmente para recibir, entendí que recibimos solidaridad y bondad porque estamos rodeadas de personas que son solidarias y bondadosas. Sus acciones nos mostraron que las virtudes y sus manifestaciones están del lado de quien decide ofrecerlas y brindarlas. Más allá de quien las recibe, el valor está en quienes dan.
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Mi mamá, mis hermanas, nuestra familia y yo nos sentimos profundamente agradecidas porque nos han hecho partícipes de eso bello que habita en cada una de las personas que nos han ayudado.
Agradecemos a familiares, amigos y amigas, al hospital Alma Mater y la Clínica Fundadores, a los profes de la UdeA y Remington, a mis colegas nutricionistas, a los periodistas de MiOriente, El Colombiano y el Q’hubo, a las hermanas franciscanas de Gota de Leche, a las personas conocidas y desconocidas que pusieron a disposición su tiempo, contactos, conocimientos, oraciones y mensajes para hacer que una situación difícil se mostrara también esperanzadora.
Sabemos que estamos en deuda. Y también sabemos que esta, lejos de saldarse, acrecienta otras redes de solidaridad y cariño. Gracias. Muchas gracias.
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Gracias
«Recibimos solidaridad y bondad porque estamos rodeadas de personas que son solidarias y bondadosas (…) Más allá de quien las recibe, el valor está en quienes dan».






