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La Semana Santa en Rionegro durante el siglo XVIII

  • Por Luis Felipe Vélez Pérez, historiador

    Imagen: “Aspecto procesión de Semana Santa”, s.f. Archivo Histórico de Rionegro, Archivo Fotográfico.


  • La Semana Santa en Rionegro antes del periodo de independencia se hacía con la participación de todo el vecindario, tanto en los oficios sagrados como en aquellas acciones juzgadas por las autoridades como viciosas y paganas.

    Con la cuaresma iniciaban los preparativos: comenzaba el ayuno, los habitantes hacían contribuciones para alumbrar el Santísimo y las autoridades coordinaban el arreglo de calles y caminos para facilitar el tránsito de las personas. Por mandato real, desde la víspera del Domingo de Ramos se cerraban los juzgados y solo se volvían a abrir el martes de Pascua. Se buscaba que los sindicados o procesados por alguna infracción asistieran sin temor a los oficios religiosos. Incluso, en 1760 se ordenó el cierre de los juzgados desde la dominica impasione (ocho días antes de Ramos) hasta el inicio de la Pascua, pues era menester “dar tiempo al tiempo y a Dios, nuestro señor, lo que es suyo”.

    Las autoridades convocaban gente de todos los rincones del valle para arreglar los caminos, como ocurrió en 1766, cuando se convocaron personas de La Mosca, Guarne, San Vicente y Ovejas; o en 1771, cuando se llamó a los vecinos de Llanogrande, pues eran “parroquianos” y recibían los santos sacramentos en la iglesia de Rionegro.

    La iluminación del Santísimo era de los asuntos más importantes. Se exhortaba a las personas a contribuir con donaciones y limosnas “para alumbrar a nuestro Dios sacramentado en el valle de Rionegro”. Las velas debían tener cuatro onzas, y si no se tenían se debía aportar tres tomines de oro. Se agradecía a quienes “por devoción o costumbre” alumbraban los candeleros de las iglesias, aunque en 1763 el alcalde de Arma Lucas de Santijusti compartió una lista en la iglesia de Rionegro con el nombre de quienes debían aportar los candelabros para Semana Santa.

    Los actos más importantes iniciaban con el Domingo de Ramos, donde había profusión de palmas y actos de profunda devoción y piedad. Las autoridades solían nombrar previamente alféreces o diputados para Miércoles, Jueves y Viernes Santo, quienes debían llevar el estandarte de ese día y cubrir los gastos del cura, el sermón y la procesión. En 1765, por ejemplo, Francisco Vargas fue nombrado para el Miércoles y José Ballesteros para el Jueves, mientras que el del Viernes lo informaría el alcalde poco después.

    No faltaron los problemas: el 19 de marzo de 1800, Miguel Arellano y Concepción Revelo fueron advertidos de que era una “costumbre con fuerza de ley” que mercaderes y forasteros sacaran el estandarte en la procesión del Jueves Santo y costearan los gastos de la función. Si no lo hacían, serían multados con cinco pesos de oro de sus ventas de ropa y no podrían salir de la ciudad.

    Durante esos días había todo tipo de penitencias: ayunos, confesiones, mandas y promesas. Pero entre 1791 y 1792, las autoridades se quejaron de “mil maldades” que anualmente hacían los penitentes, “inapropiadamente nombrados así”, que salían en Semana Santa. Por ejemplo, se veían hombres y mujeres que “quebrantaban el precepto del ayuno hartándose de huevos y embriagándose con aguardiente, mientras duraba su papel de penitencia”.

    Sin embargo, el mayor escándalo se centraba en los zambos que se azotaban la espalda con madejas de fique, quedando con “las carnes de fuera”; entraban a los templos y salpicaban con sangre bancas y paredes, dejando estos espacios sucios y malolientes; y tras sacarse sangre mediante los azotes, la refregaban “en la boca a una mujer”. Luego salían de los templos a espantar a otras personas, lo que generaba cohibición para concurrir a sermones y otros actos de religión.

    Finalmente, el cabildo de Rionegro prohibió estas penitencias en Semana Santa, con el fin de precaver los oficios paganos de “algunos insolentes vestidos con máscaras de devotos”. Y también mandó que las penitencias permitidas en la plaza de Rionegro se hicieran con la cara descubierta, pues había hombres metidos “en naguas de mujeres” y con el rostro tapado a la hora de hacer las penitencias.

    Fuentes: Archivo Histórico de Rionegro.

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