¿Es inevitable pensar la autoridad como rigidez, ceño fruncido y grito?
Por Carlos Hincapié.
Dentro de los acontecimientos cotidianos resulta bastante intuitiva la palabra «autoridad». Una vez es dicha aparecen con ella unas supuestas connotaciones primigenias que la sustentan y clarifican. Si fuera necesario otorgarle una silueta sería la del cuerpo de un militar, un dragoneante e inclusive un árbitro de fútbol. Pensar en su rostro es ver directamente la rigidez, el ceño fruncido, el enojo. ¿Quién tiene entonces autoridad? La persona que pueda reflejar esa silueta mientras observa su propia rudeza en el respeto o el temor de los demás. No importa cuál sea, es indiferente. Para efectos prácticos tiene las mismas ventajas ser influenciado por el miedo o por la convicción. Si lo consigue es alguien con autoridad. Y de ella se puede decir: «es una persona muy brava», «grita cuando es necesario», «siempre llega pisando duro». Entonces reina el silencio, el orden, la firmeza.
De la cotidianidad y la intuición humana es difícil escapar, y pocas veces sobreviven alternativas que puedan superar ese límite. ¿Es inevitable pensar la autoridad como rigidez, ceño fruncido y grito? Qué podría responder un docente a esta pregunta. Yo ejerzo la docencia hace algunos años y aunque en términos cuantitativos sean muy pocos, en el orden de lo cualitativo han sido muchísimos. Y en ese sentido un profesor que no represente la autoridad con la silueta que se espera, deja bastantes aspectos por desear. «Deficiente gestión del aula», «aún está crudo», «no es lo suyo», «no se hace respetar», «le recomendamos otro contexto educativo», «nos preocupa su comportamiento», «escriba en la parte donde dice descargos». La autoridad se devoró al docente.
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Quisiera afirmar que en efecto hay otras posibilidades de ejercer autoridad. Opciones que inclusive llegan a ser antónimos de los significados cotidianos. Autoridad como palabra suave y no como grito estridente, como sonrisa y no como ceño fruncido, como calidez y alegría y no como severidad y enojo. Es la búsqueda a la que todos estamos invitados. Por lo pronto ha sido bastante complejo resistir a la autoridad que la población desea en sus prácticas diarias. Y quien lo intente, por ejemplo en el caso de los docentes, se arriesga a sucumbir en el caos producido por sus propios estudiantes porque ellos esperaban o necesitaban al militar, al dragoneante o al árbitro de fútbol que aún no ha llegado, y con una alta probabilidad lo abordará el agobio, la frustración y la tristeza. Paradójicamente obtendrá los resultados contrarios a los que en un principio deseaba. Esta columna no pretende ser un mensaje profético, ni mucho menos optimista o pesimista. Es simplemente una humilde observación.
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Autoridad
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