Cuidar la lonchera es cuidar la infancia

Valentina Petro Carmona_ Invisible

Por Valentina Petro Carmona.

La lonchera no es solo un recipiente con comida. Es un mensaje sobre cómo entendemos la salud, el tiempo, el cuidado y la infancia. Algunas llevan frutas recién cortadas; otras, paquetes coloridos que prometen energía, diversión o «vitaminas añadidas». Algunas fueron preparadas con tiempo; otras, compradas con prisa. Pero todas, sin excepción, dicen algo.

Cada mañana, muchos niños salen de casa con una lonchera en la mano. Otros llegan al colegio con las manos vacías, sabiendo que allí recibirán su alimentación escolar. Y esto hace necesario hablar un poco de los programas de alimentación escolar.

La alimentación escolar no es una simple «alimentación gratis». Es una estrategia de salud pública pensada para garantizar aporte adecuado de energía, macronutrientes, micronutrientes y variedad alimentaria. En muchos contextos, representa incluso la comida más equilibrada del día para algunos niños. Por eso es fundamental reconocerla, visibilizarla y apreciarla. Estos programas están diseñados para cubrir requerimientos nutricionales según la edad y etapa de desarrollo.

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Sin embargo, algo que preocupa cada vez más es que algunos estudiantes, aun teniendo acceso a este beneficio, deciden no consumirlo o lo reemplazan por alimentos traídos de casa que, en la mayoría de los casos, son bebidas azucaradas, paquetes fritos, galletas rellenas o productos altamente procesados. Renunciar a una comida balanceada para consumir productos de bajo valor nutricional no es un acto simple; es un reflejo de hábitos, percepciones y, en ocasiones, desinformación.

No siempre las loncheras contienen ultraprocesados por descuido. Muchas veces ocurre por falta de información, por creencias erróneas de limitaciones económicas o por jornadas laborales extensas que dejan poco espacio para planear. Sería injusto reducirlo todo a «falta de interés». La realidad social de nuestras familias es compleja y diversa. Pero también es cierto que lo que acompaña cada lonchera influye directamente en el rendimiento escolar, la concentración, el estado de ánimo y, a largo plazo, en la salud metabólica de nuestros niños.

La lonchera y el plato escolar no deberían competir. Deberían complementarse bajo un mismo mensaje: el cuerpo merece y necesita alimentos que lo nutran.

Es en la infancia cuando se forman las bases del comportamiento alimentario. Un niño que aprende a incluir fuentes reales de alimentación, por medio de elecciones sencillas está aprendiendo mucho más que nutrición: está interiorizando una forma de autocuidado y salud.

No se trata de prohibir de manera radical, ni de generar miedo hacia ciertos alimentos. Se trata de comprender el equilibrio y la frecuencia, cuáles alimentos aportan más al bienestar de nuestros niños.

También debemos reconocer que la industria alimentaria ha sabido dirigirse directamente a los niños. Empaques llamativos, aditivos, sabores artificiales, personajes animados y mensajes confusos hacen que muchos productos parezcan saludables cuando realmente no lo son. Por eso la educación nutricional debe estar en las escuelas, en los hogares y en las conversaciones cotidianas.

La responsabilidad no es exclusiva de las madres y de las familias. Es colectiva. Es del sistema educativo, que puede promover lineamientos claros. Es de los profesionales de la salud, que debemos comunicar con empatía y evidencia. Es de la sociedad, que necesita entender que la alimentación infantil no es un asunto menor.

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Una lonchera saludable no tiene que ser costosa ni sofisticada. Puede ser tan simple como una fruta de temporada, un huevo, un trozo de queso, frutos secos, una arepa, yogur natural o una preparación casera del día anterior. Lo importante no es la perfección, sino la intención consciente y la frecuencia con la que priorizamos alimentos reales especialmente para el consumo de nuestros niños.

No se trata de señalar a quien hoy envía un paquete, sino de acompañar para que mañana tenga más herramientas a la hora de planear una lonchera o la alimentación del hogar. No se trata de obsesionarnos con cada ingrediente, sino de entender que pequeñas decisiones repetidas construyen grandes resultados.

Cuidar la lonchera es cuidar la infancia. Es enseñar que el cuerpo merece alimentos que lo nutran y no solo que lo entretengan. Es sembrar hábitos que, con el tiempo, se convierten en estilos de vida. Es recordar que la salud no comienza en la adultez, sino en esos recreos donde se comparten bocados y se forman las costumbres. Porque cuando un niño rechaza un plato balanceado y prefiere un paquete azucarado, no está tomando una decisión autónoma. Está repitiendo un aprendizaje.

Y la verdadera educación nutricional no ocurre cuando el niño sabe qué es una vitamina. Ocurre cuando comprende que su cuerpo tiene valor y lo que lleva la lonchera que le ofrecemos cada día es una forma concreta de respeto y amor. Y eso, más que cualquier empaque atractivo, es lo que realmente debería marcar la diferencia.

  • Cuidar la lonchera es cuidar la infancia

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    “La alimentación es una relación que nace en casa, si se siembra con juicios, crece con miedo; si se comienza a regar con empatía y acompañamiento, florecerá en salud (…) En un mundo saturado de exigencias estéticas, la familia debe ser el lugar donde el cuerpo pueda descansar”.

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    “Desde pequeños a los hombres se les enseña a no llorar, a no hablar de lo que sienten, a reprimir y a fingir; (…) se les enseña a andar con la tristeza doblada en el bolsillo”.