Flores y dólar: la tormenta perfecta

Economía para todos, John Chica

Por John Chica. Colaboración con Oriente Capital (@oriente.capital).

Las opiniones sobre el dólar en Colombia han pasado de lo académico a lo cómico. Los mismos que hace dos años advertían que «por culpa del presidente el dólar llegaría a $7 000» ahora sostienen que «por culpa del mismo presidente está en $3 600». La semana pasada escuché de todo: «que el traslado de las pensiones», «que la deuda pública», «que la expectativa electoral». Una gimnasia mental digna de medalla olímpica.

Lo único verificable es que el dólar viene en caída libre desde hace más de un año. Por cada video explicativo que saco sobre las causas de un dólar bajista, me llueven mensajes diciendo que va a «rebotar», que es hora de comprar, que es coyuntural. Puro negacionismo de mercado.

La pregunta real es: ¿hasta qué punto el Gobierno controla el dólar? La respuesta incómoda: muy poco. La trayectoria del tipo de cambio depende de la Reserva Federal, el precio del petróleo y los flujos globales de capital. ¿Cómo podría Petro incidir en la crisis política de Irán y su efecto en el precio del crudo? En nada. Pero eso no vende tanto como el show político.

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En lo doméstico tampoco es simple: especulación, dólar del narcotráfico, remesas, tasas de interés, debilidad del dólar global. Son tantas variables que atribuir todo a un culpable es infantil, aunque políticamente rentable.

Lo que sí es cierto es que suba o baje, el dólar beneficia a unos y jode a otros. Los floricultores del Oriente antioqueño están en el lado equivocado de esta ecuación para el año 2026.

En septiembre pasado pregunté en esta columna: ¿está preparada nuestra región para un dólar a $3 400? Me faltó poco para que me tiraran tomates. Hoy el dólar está fluctuando entre $3 600 y $3 700 y la respuesta es clara: no estábamos preparados.

La semana pasada múltiples floricultores me contactaron para revisar estructuras de costos. Un dólar barato significa menos ingresos por exportaciones. Súmenle el aumento del 23 % en el salario mínimo para 2026 y los recargos de la reforma laboral. Ahí tienen su tormenta perfecta: ingresos cayendo, costos subiendo. La matemática no perdona.

¿Qué hacer? Las coberturas cambiarias, con la caída materializada a estos niveles, no tienen demasiado sentido. Planificar áreas sembradas, nivelar precios, buscar nuevos mercados… son medidas de mediano plazo que no conversan con la crisis inmediata.

La única salida real parece ser la productividad, esa palabra que todos repetimos, pero pocos ejecutan. Productividad agrícola con mejores prácticas en campo. Productividad laboral optimizando procesos. Digitalización administrativa. Mejor gestión comercial. Y lo más difícil: apuntar a mercados premium que paguen por calidad, no solo por precio.

Porque seamos honestos: competir solo por tipo de cambio favorable es un modelo insostenible. Siempre habrá alguien con una moneda más devaluada dispuesto a vender más barato.

Para los que no son floricultores, también hay tarea. ¿Pasará lo mismo con el aguacate? ¿Caerán los costos de materiales de construcción y esto cómo impactará a este gremio? ¿Se enfriará el turismo en Guatapé cuando a los extranjeros el dólar les rinda menos? ¿Habrá menos foráneos comprando casa en Rionegro, La Ceja y El Retiro? ¿Cómo afectará esto al comercio local? ¿Dólar más barato será menos inflación y compensará el efecto del salario mínimo?

Me disculpo por dejar más preguntas que respuestas, pero es el oficio. Los economistas servimos para suponer, pronosticar mal el futuro, tergiversar el pasado, cargar culpas ajenas y dejar a la gente más preocupada de lo que ya estaba. Al menos hoy cumplimos con el deber.

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