Por Jeison López.
El origen de la fiesta de los «negritos» es una historia compartida, consecuencia de acontecimientos, relatos, mitos y anécdotas que ocurrieron en el Sitio de Rionegro y los Reales Minerales del Guarzo (El Retiro). En un principio no se trataba de un jolgorio, sino más bien de un acto solemne, religioso, como muestra de agradecimiento y especie de «deuda». Resulta que entre el 2 de marzo y el 3 de junio de 1767, Francisca Javiera Londoño Zapata emancipó a 123 esclavos, criollos y bozales (nacidos en África), a través de 29 cartas de libertad. Estas fueron la evidencia, el soporte jurídico, escritura e instrumento notarial, que dio fe sobre el cambio en la condición legal y social de sus esclavos que se transformarían en personas libres. Sin embargo, a pesar de la manumisión graciosa, contraria a otros esclavos que tuvieron que comprar su libertad, Javiera Londoño les puso las siguientes condiciones: «durante los días de mi vida me han de asistir y servir manteniéndose debajo de mi dominio y hayan de ser obligados precisamente después de mis días, mandar a decir cada uno, una misa rezada por mi alma y la del dicho mi marido (Ignacio Cayetano Castañeda Atehortúa) si la necesitaren y sino por las benditas almas del purgatorio».
Además, manifestó qué: «Han de ser obligados los referidos (esclavos), a satisfacer al señor cura que es o fuere de este valle de Rionegro, con el recibo correspondiente en cada un año, de haber pagado la enunciada misa». Respecto a lo anterior, se tiene la creencia de que todos los esclavos de Javiera tenían el compromiso de realizar la misa, no obstante, fue una cláusula que le puso a los que eran cabezas de familia, padres y madres solteras, no estaba dirigido a los hijos de los esclavos y no fue una «deuda eterna» que fuera transmisible para las próximas generaciones. Esta confusión tiene una explicación: tras el fallecimiento de su esposo en septiembre de 1766, Javiera decidió elaborar un nuevo testamento, el 11 de octubre del mismo año, en el que expresó que los esclavos que iba a liberar debían «mandar a decir todos los años cada uno una misa, así los presentes como los descendientes de ellos». Pero, meses después, aumentó el número de sujetos esclavizados que iba a emancipar y no a todos les impuso realizar la misa. Tal cual fue el caso del negro Lorenzo, quien no tuvo esa responsabilidad, debido a su estado de salud; se encontraba casi «tullido» y andaba en muletas.
Leer más: Oriente Antioqueño 2026
En toda verbena no han de faltar los «aguafiestas». Las figuras eclesiásticas más importantes del valle de Rionegro y el valle de San José de la Marinilla, José Pablo de Villa Cataño y Fabián Sebastián Jiménez Fajardo, se opusieron a la liberación que realizó Francisca Javiera. En pleno uso de las facultades y el poder que les brindada el púlpito, extendieron el rumor en ambos valles de que Javiera estaba loca. El más insistente en cuestionar el juicio de ella fue el vicario y comisario eclesiástico de Marinilla; sintió temor de que el albaceazgo (persona encargada de administrar la herencia y voluntad del testador) se le perdiera. Puesto que Javiera había anulado los testamentos que había hecho y solo le dio validez al elaborado en 1766, en el que delegó a tres doctores como albaceas: José Antonio Ruiz de Castrillón, Miguel de Ossa y a su sobrino Sancho Londoño Piedrahíta.
De hecho, Javiera, consciente de los rumores que decían de ella, manifestó delante del alcalde de Rionegro: «aunque decían que estaba loca, no le había dado Dios en toda su vida más juicio que al que el presente tenía y atendiendo a que en este valle corre y se dice que dicha doña Javiera, aun antes que muriese el dicho don Ignacio su marido, estaba dislocada en el juicio y entendimiento». Uno de los mecanismos que utilizó Fabián Sebastián Jiménez Fajardo para reforzar las afirmaciones de la supuesta locura de Javiera fue solicitar un interrogatorio de fatuidad en el que cuestionó con base a suposiciones y habladurías: el aseo en general de su casa, el baile de los esclavos y las interpretaciones de arpa y guitarra en el patio de su casa, la ropa de colores que usaba, la ubicación del fogón en el aposento de su esposo, si dentro de la casa criaba cerdos, pavas, gallinas, curíes, patos, loros y micos, si los perros estaban durmiendo en su cama, si decía que había hablado con personas fallecidas, si la habían visto entrar descalza a misa, etcétera.
Por otra parte, los 123 esclavos que liberó Francisca Javiera (ella no emancipó a todos como se ha creído) fueron perseguidos sistemáticamente y estigmatizados luego de la muerte de Javiera en octubre de 1767. Los curas en mención propiciaron todo un escenario para que su libertad se pusiera en duda e iniciaron una campaña de desprestigio para que regresaran a la esclavitud y pasaran a ser propiedad del vicario Fabián Sebastián Jiménez de Fajardo. En respuesta, los libertos de Javiera se amotinaron en los Reales Minerales del Guarzo (El Retiro). Allí estaban los aventaderos de oro que Javiera había nombrado en el testamento de 1766 para su sustento una vez alcanzaran la libertad y la mayor parte de su cautiverio la pasaron en las minas del Guarzo y de Pantanillo, ambas propiedades de Javiera. Incluso, más allá del motín, se alzaron en armas, amenazaron con derramar sangre y mutilarse si retornaban a la servidumbre. También, acudieron a la justicia ordinaria y a través de la vía legal defendieron su legítima libertad. Años después, la Real Audiencia de Santa Fe (Bogotá) del Nuevo Reino de Granada (Colombia) ratificó su condición de personas libres.
Lo anterior es una breve recordación de lo que fueron las raíces de la Fiesta de los Negritos, que en un principio no fue una fiesta, sino más bien una conmemoración religiosa que se convertiría en un punto de encuentro. Se dice que, a causa de la persecución que hubo hacia los libertos de Javiera, varios de ellos decidieron salir del territorio, pero cuando «se calmaron las aguas» y validaron la liberación que había hecho Francisca Javiera, la mayoría de los libertos empezaron a reunirse una vez al año para realizar la misa y celebrar su emancipación. Cuando estén en las actuales fiestas de El Retiro, recordar que la esencia no son los juegos tradicionales, desfiles (de caballos, carros clásicos, deportivos y comparsa de negritos), festival de la trova y conciertos; su significado más trascendental es la eucaristía que hacen por el descanso eterno de Javiera Londoño, Ignacio Castañeda y las almas del purgatorio en la capilla de Nuestra Señora de los Dolores y San José, misma que mandaron a construir Javiera y su esposo en el siglo XVIII.
-
No más venganza, no más conquista
«Venganza siempre hay, pero ya no más venganza. Un grupo de mujeres, no todas, nos estamos vengando sistemáticamente de los hombres. Partiendo de la idea originaria de que los hombres son malos, “ellos solo quieren eso”, dicen las abuelas refiriéndose al sexo».
-
El origen de la Fiesta de los Negritos
«El origen de la fiesta de los “negritos” es una historia compartida, consecuencia de acontecimientos, relatos, mitos y anécdotas que ocurrieron en el Sitio de Rionegro y los Reales Minerales del Guarzo (El Retiro). En un principio no se trataba de un jolgorio, sino más bien de un acto solemne, religioso, como muestra de agradecimiento…
-
El salario mínimo a $2 millones: entre la teoría y la incertidumbre
“El salario mínimo no puede convertirse en el único instrumento de política social, y mucho menos cuando se usa como herramienta electoral”.








