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Todo hombre es una historia

  • Conocí en persona a Elkin Ramírez, el Titán del Rock, hace 19 años en un bar de Marinilla llamado El Muro. Fue uno de los días más felices de mi vida. Corría el año 1998 y a mis 16 años la vida se iba entre el colegio y las tardes escuchando canciones de rock con mis amigos. Las grabábamos nosotros mismos de la emisora Radioactiva en los equipos de sonido de nuestros papás. Me enteré por un compañero de colegio que Kraken, la banda legendaria, se presentaría en el bar en donde él trabajaba. El dueño de El Muro era Chicho, un melómano empedernido que contaba para ese entonces con 700 cds de rock; en su colección estaban Led Zeppelin, Queen, Judas Priest, Alice Couper, Metallica, Guns and Roses y una larga lista de bandas de rock cuyos nombres apenas podía pronunciar, y por supuesto estaba Kraken.

    Me tomaba mis primeras cervezas y tosía con los primeros cigarrillos, escuchaba Héroes del Silencio, Nirvana, Caifanes, Los Rodríguez y confieso que una buena dosis de Maná; le hacía el quite a la timidez bailando chucu-chucu en las megafiestas, en canchas de colegios. El Muro era el bar de rock más reconocido de Marinilla, era un salón oscuro decorado con imágenes de María Auxiliadora, ángeles y cristos, una barra de madera, al fondo unos cojines en el piso y una pantalla en donde un video beam proyectaba lo mejor del Rock, del Heavy Metal y del Grunge; llegaba gente de todo el Oriente Antioqueño.

  • Se llegó el día. El concierto de Kraken fue un viernes en la noche y tuvo tal éxito que lo repitieron al sábado. El Muro se llenó a reventar y yo, con mi sueldo de estudiante de once grado, no pude ir. Sentí una gran tristeza. Me tocó conformarme escuchando las canciones de Kraken en un casette viejo que tenía en mi casa. Para ese entonces Kraken llevaba 14 años haciendo música, ya habían sacado cinco discos y promocionaban el Kraken V: El símbolo de la huella, editado en 1995. La banda estaba en la cima del reconocimiento musical en la escena del rock. ¡Ya eran leyenda!

    Para mi fortuna, y por razones que hoy desconozco, se anunció un concierto de Kraken nuevamente en el Coliseo Cubierto de Marinilla, mucho más barato y de acceso para más personas. Luego de rogarle a mi papá que me diera los seis mil pesos para la entrada, explicándole que esa banda era una leyenda viviente del rock nacional, alisté mis botas punta de acero y con la ayuda de mi compañero de El Muro quedé ubicado en lo que hoy llaman VIP. Esa noche vibré hasta el tuétano viendo la fuerza escénica de Elkin Ramírez, rasgando su voz al ritmo de Muere Libre, Vestido de Cristal, Rostros Ocultos, Escudo y Espada, América y Lo que Soy. No lo podía creer. Como en una película gringa de los años ochenta, tenía a mi ídolo al frente.

    El concierto fue una descarga de energía que terminó como a las 11:30 de la noche y mi amigo, consciente de mi fervor por la banda, me dijo que si quería podía caer más tarde al bar en donde Elkin Ramírez y su banda se tomarían unos tragos. Con temor de que no me abrieran y en compañía de otro amigo toqué la puerta del bar unas horas más tarde y la puerta se abrió. Atravesé el túnel lleno de afiches religiosos y al fondo estaba sentado Elkin Ramírez, al frente de la barra de madera. Era él, en vivo y en directo con su pelo largo. Llevaba ropa negra con un gabán verde oscuro, tenía un anillo con una piedra grande en una de sus manos, tomaba un trago de ron, sonreía de manera jovial. Nos saludó como si nos conociera desde siempre. Las piernas me temblaban. Salude con más susto que cortesía y nos preguntó que cómo nos había parecido el concierto. Los músicos de la banda compartían con pocas personas en las mesas y le pedían a Chicho videos de Kiss y cantaban I was made for loving you a voz en cuello.

    Y ahí estaba yo, como paralizado al lado de mi ídolo del rock. Recuerdo haber preguntado estupideces sobre la inspiración de sus canciones y sus respuestas eran amables y con un sentido del humor particular; el corazón se me quería salir del pecho. La madrugada avanzó y al final le pedí que me regalara una gorra con el símbolo de Kraken que tenían los músicos de la banda. Recuerdo que preguntó mi nombre, la autografió y me la puso. La conservé con orgullo hasta que se dañó por exceso de uso.

    Esa madrugada, cuando llegué a casa, mi padre se alistaba para ir a trabajar. Era la primera vez que llegaba a las 4:30 de la mañana. Creo que hubo regaños pero no me importó; la emoción no me cabía en el pecho. Esa madrugada, como hoy, comprendí que Todo hombre es una historia. Gracias Titán por tanto.

     A la memoria de Elkin Ramírez (1962-2017)

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