“Hemos naturalizado la idea de que detenerse es sospechoso. Quien se toma un tiempo, quien no corre al mismo ritmo, despierta miradas de juicio y frases disfrazadas de consejos”.
Por Juan Ramírez.
Poeta, escritor, novelista y ensayista, Herman Melville (1819-1891) no solo escribió uno de los libros más fascinantes de aventuras en torno al mar —Moby Dick—, sino que también fue consciente de cómo el capitalismo empezaba a absorberlo todo, reduciendo a los seres humanos a simples piezas de un engranaje. En sus páginas hay siempre una tensión entre la aventura y la crítica social, entre la libertad del mar abierto y las cadenas invisibles de la vida moderna. Melville comprendió, antes que muchos, que la lógica de la producción y el beneficio terminaría por moldear la manera en que nos relacionamos con el mundo y entre nosotros.
Aun así, poco antes de la publicación de Bartleby, el escribiente, en la revista Putnam’s Magazine (1853), Melville ya había sido rechazado y duramente criticado por los lectores de su época. Sus libros no vendían, sus propuestas literarias se consideraban extrañas o poco comerciales, y su prestigio como autor se desmoronaba. Cayó en el olvido por más de treinta años, hasta que críticos y académicos lo rescataron, haciendo justicia con aquel escritor al que su tiempo había ignorado.
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En Bartleby, el escribiente se cuenta la historia de un copista en una oficina de abogados de Nueva York que, un día, comienza a responder a todas las solicitudes de su jefe con la frase: “Preferiría no hacerlo”. Bartleby no se enfrentaba con insultos ni con gestos dramáticos: su resistencia era tranquila y a la vez desconcertante. Sin embargo, su negativa puso en evidencia un sistema que no admite un “no” como respuesta y que mide el valor de las personas únicamente por su rendimiento.
¿No es ese, acaso, el mismo ambiente que provocan quienes deciden detenerse y vivir de forma más pausada? ¿No es esto lo que sucede con quienes buscan una alternativa distinta a lo establecido y dictado de manera arbitraria? Un no que interroga el ritmo social y pone en cuestión las reglas de los sistemas de producción.
Piense en esto: una persona empieza a sufrir depresión, pero todavía tiene fuerzas para ir al trabajo. Se levanta cada día, se baña, desayuna, despacha a sus hijos al colegio y sale para la oficina. No se siente bien, pero cumple con lo que la empresa espera de ella. Todos lo saben, pero nadie se altera: mientras siga trabajando, “no está tan mal”. Hasta que un día no va. Entonces surge la alarma: algunos se preocupan por su bienestar, otros por cómo harán para cumplir con lo que necesitan sin esa persona. El cambio en la reacción lo dice todo: mientras siga siendo funcional, su dolor puede ignorarse; si deja de serlo, se convierte en un problema. ¿Importa realmente la salud mental o solo nos interesa que la gente siga siendo productiva, sin importar cómo se sienta?
En Bartleby, Melville retrata la monotonía de la humanidad: no se piensa, se actúa. No hay asombro, solo obediencia. Lo suyo no es desgano ni apatía hacia el mundo; es una revolución silenciosa en medio de acciones que han perdido sentido. Bartleby no quiere cumplir por cumplir y no acepta hacer las cosas porque “así se han hecho siempre”. Tal vez por eso su jefe no logra entenderlo: porque lo que Bartleby busca va más allá de lo funcional y lo productivo. Su negativa es, en el fondo, una pregunta dirigida a todos: ¿por qué hacemos lo que hacemos?
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He ahí el punto y sobre lo cual Gilles Deleuze profundiza en su ensayo Bartleby o la fórmula. Desde una perspectiva filosófica, explica cómo la frase “preferiría no hacerlo” desestabiliza el lenguaje y el orden social. No es una simple objeción, sino una forma de resistencia que socava las estructuras del poder. Al negarse sin entrar en el juego del enfrentamiento directo, Bartleby desarma al sistema: no le ofrece un conflicto que pueda resolverse con sanciones o castigos, sino un vacío que el sistema no sabe cómo llenar.
Hemos naturalizado la idea de que detenerse es sospechoso. Quien se toma un tiempo, quien no corre al mismo ritmo, despierta miradas de juicio y frases disfrazadas de consejos. El descanso se tolera solo si está programado y justificado; el ocio auténtico, aquel que no busca optimizar nada, parece un lujo casi indecente.
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