Las armas no tienen la culpa

Me rehúso a creer que las armas son la condición sine qua non para que exista la guerra. Dice un cronista y juglar del caribe colombiano, tal vez el mejor de nuestros tiempos, que con un lápiz se le pueden sacar los ojos a la vecina o se puede escribir ‘El Quijote’.

Tal como pasa con un gol de James, los sobornos de un Magistrado, o el hambre en La Guajira, fue moda en los medios del país el tema de la “dejación de armas” por parte de las Farc. Mucho se dijo, pero sin los fusiles empuñados por los guerrilleros, sin los tanques y aviones caza del ejército estadounidense, o sin las más de 10.000 armas nucleares que existen en el mundo no se acabaría la guerra.

No en un Estado donde el lema liberté, égalité, fraternité (“libertad, igualdad, fraternidad), promulgado en la Revolución Francesa, suena utópico y huele a oxidado. No en Estados indiferentes que asumen la miseria y la pobreza como si fuera un fenómeno necesario en el ciclo vital de la economía mundial.

Hace poco visité Pantanillo, un corregimiento de Abejorral construido sobre la cúspide de una montaña y que hace dieciséis años fue un corredor guerrillero. Allí, lo único que denota la presencia del Estado es el omnipresente ojo vigilante de la policía, saben que existe un Gobierno porque este dona una canasta de huevos a las familias por cada niño.

En Pantanillo no hay oportunidades, los jóvenes antes de llegar al grado once, si es que llegan, ya saben que van hacer al graduarse: irse del corregimiento. Toda mi vida había pensado que a esa edad uno se asomaba, por primera vez, a mirar el horizonte y veía todo un mundo por explorar y recorrer. Ellos no. Ellos ya lo vieron todo, y poco les gustó

En Pantanillo no existe mañana porque todos los días como hoy y como ayer: iguales. Ahí, a una hora del casco urbano de Abejorral, se cultiva de todo menos la capacidad de soñar con un “porvenir que estuvo por venir” y allá nunca llegó. A este corregimiento, y a muchos otros lugares, llega primero una coca cola o un celular que una vacuna o agua potable.

La amenaza criminal, guerrillera y terrorista, que los gobiernos con miles de millones buscan combatir, se alimenta de la inoperancia estatal en sitios dónde la vida es cuestión de supervivencia. Los Estados, de forma “inconsciente”, gestan los criminales, guerrilleros y terroristas que luego los militares deben eliminar, así funciona el negocio llamado guerra.

Tan innegable es la negligencia del Estado, como innegable es que la sociedad contemporánea mediatiza la muerte. El estupor y la cantidad de lágrimas derramadas dependen de la nacionalidad de los muertos. Como si 32 inocentes muertos en un ataque terrorista en Bélgica pesaran más que los 255.000 muertos que según la ONU deja la guerra civil en Siria. Como si la muerte se pudiera clasificar así como los hombres: en clases sociales.

La muerte ha servido para que, ingenuamente, el hombre compruebe la infinitud del universo numérico. Son tantos los muertos que no existe base de datos capaz de dar cuenta de ellos. Solo sabemos que son muchos, y que vendrán muchos más; entre otras cosas, por culpa de la guerra.

Juan Alejandro Echeverri Arias

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