En año nuevo no hay vida nueva

Pregunta: ¿Qué hacer para no perder el tiempo?

 Respuesta: sentirlo todo en lentitud.

Albert Camus

Siempre me ha costado entender las expectativas que se hacen los seres humanos cuando se está finalizando el mes de diciembre, como si por arte de magia el año que se aproxima otorgara éxito y felicidad, sin necesidad de poner cada uno de su parte para construir lo que desea. Diciembre pareciera ser el mes en que se asimila lo que no se pudo llevar a cabo en el año que transcurrió, y enero el mes en que se vislumbra el poder realizar las actividades que no se hicieron en los meses que pasaron.

En mi caso por ejemplo, que me encuentro en la pequeña biblioteca de la casa, reflexiono no tanto sobre lo que me gustaría que pasara en este año que comienza, sino más bien en lo que sé que no va a pasar, por ejemplo, en que en año nuevo haya vida nueva, cuando sucede todo lo contrario: “En año nuevo no hay vida nueva”, pues existe meramente la rutina del hombre cotidiano. En primer lugar porque esto es imposible y en segundo, porque a lo máximo que podemos llegar es a resignificar la existencia.

Vanas son las expectativas del hombre entorno a esto y estúpidas sus aspiraciones, ilusiones perdidas que reciclamos en tiempos pasados, fruto de la ingenua manía por otorgarle una ordenación periódica al tiempo, bajo la insensatez de pensar que cada día tiene un fin y que por ende el lapso que transcurre ha de tener un sentido, como si la vida fuese un proyecto lineal que se desarrollase de manera ordenada, cuando la única forma de avanzar es bajo el caos y la espontaneidad.

¿Acaso no se han dado cuenta que el ir perfilados bajo una meta, nos hace perder de vista lo que sucede de manera inmediata? Pero no, seguimos creyendo que se puede cambiar de vida y entonces, cada lunes se comienza de nuevo con ir al gimnasio para después exhibir nuestros músculos y pensar que lo estamos haciendo bien, porque simplemente cumplimos con el prototipo corporal que la sociedad considera que debe ser, para seguir con la dieta de jugos verdes, pagar las deudas para poder sacar nuevos créditos, hacer la oración diaria, montar el negocio que se ha querido y comprometernos cada mes con algo nuevo, hasta llegar a diciembre con la promesa de iniciar los objetivos que no se cumplieron, como si arrastráramos una vida y un cuerpo que se desprendiera de toda memoria en el instante mismo que dan las doce de la mañana cada 31 de diciembre. ¡Semejantes deseos!

Dirán entonces que soy pesimista, pero no es así. Más bien pienso, como afirma Estanislao Zuleta, que “nuestra desgracia no está tanto en la frustración de nuestros deseos, como en la forma misma de desear”, pues deseamos mal. Y por si acaso quedan dudas, detengámonos a analizar las expectativas que se han tenido en años pasados y las que se tienen en la actualidad, y verán que poco han cambiado.

La invitación entonces es a que vivíamos un 2018 sin propósitos (preferiblemente todos los años por venir), o por lo menos hagamos de himno lo que Fernando Pessoa nos recomienda en uno de sus poemas:

“Seamos sencillos y serenos,

como los arroyos y los árboles,

y Dios nos amará haciendo que nosotros.

Seamos nosotros, como los árboles son árboles,

y como los arroyos son arroyos,

y nos dará verdor en su primavera,

y un río adonde ir cuando acabemos.

Y no nos dará nada más, porque darnos más sería

quitarnos más”

Nota: Esta columna nace bajo una de las tantas conversaciones con mi compañero y amigo Yenverson Londoño, a quien también debo varias disertaciones nocturnas.

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