Luce tus curvas con orgullo, luce tu delgadez con seguridad, luce tu cuerpo con amor y que las batallas de otros que lanzan como dardos hacia tu apariencia no se conviertan en tu cárcel y en tu propia lucha.
Por Luisa F. Giraldo.
Entonces empecé a esperar a bajar de peso para comprar ropa, para ponerme la que ya tenía, aferrada a una idea de que no podía usar nada que no fuera talla 8 o algunas talla 10 que había comprado por resignación. Pasar a una talla 14 sonaba en mi cabeza como la pérdida de una batalla. Sí, una batalla. Una batalla que no inventé yo, una batalla que pusieron en mi cabeza, una batalla contra mi propio cuerpo, mi imagen y la ingesta de comida. ¿Por qué peleo? ¿Quién me dijo que debía pelear?
¡Oh, sí! Ya lo recuerdo, cuando tenía 10 años o menos, no paraban los comentarios constantes por lo flaca que era, no tenía nalga para rellenar los pantalones y mi vulva resaltaba a la vista en jeans apretados. ¡Por Dios!, era una niña, tendría que estar enfocada en jugar, en alimentarme bien y en construir la base de mi autoestima. El “niña, ¿estás bien?, creo que estás comiendo muy poco”, se convirtió años más tarde, cuando las hormonas cambian, cuando llega una etapa más adulta, cerca de unos 23 años, en “Chica, ¿estás bien?, creo que estás comiendo demasiado”. Ahí están los jueces de una batalla que no era tuya, pero que poco a poco comenzó a ocupar un espacio en tu cabeza. “Esconde la barriga, usa ropa oscura, no te permitas subir de peso, qué vieja te ves, si fueras más delgada te verías más linda, te mirarían más, encontrarías al amor de tu vida”.
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Aquel día que vi un pantalón que me encantó, en talla 8 era imposible, en talla 10 era incómodo, entonces la asesora, como entregando un premio de consolación, dijo: “Estos pantalones llegaron en tallaje pequeño, mira este 14”. No era necesario indicar que necesitaba un 14 por un error en el tallaje, solo era cuestión de aceptar que para estar cómoda y usar exactamente lo que quería era una talla 14. En ese momento encontré el sentido de las tallas y entonces acepté que yo no soy quien debe adaptarse a la ropa, la ropa ya viene adaptada en tallas para todos los cuerpos.
La batalla cesó y acepté.
La transformación del cuerpo, una subida o bajada de peso de manera sana, parte del amor hacia nuestro cuerpo, la aceptación de nuestros cambios y los ajustes necesarios que nazcan de nuestra convicción por hacerlos. La batalla constante, el odio a nosotros mismos y la culpa por nuestros hábitos nos quitan la posibilidad de controlar lo que está en nuestras manos y de dejar de batallar por lo externo.
Luce tus curvas con orgullo, luce tu delgadez con seguridad, luce tu cuerpo con amor y que las batallas de otros que lanzan como dardos hacia tu apariencia no se conviertan en tu cárcel y en tu propia lucha.
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