Populismo cejeño

Por: Juan Alejandro Echeverri

Aunque muchos digan lo contrario, y el gobierno apele a la solidaridad y asegure que la solución está en nuestras manos, son tiempos ideales para ver la aguja en el pajar. Son días de anormalidad. Si no es ahora que tenemos licencia para ver lo anormal de aquello que nos parece natural en épocas de normalidad, no sé entonces cuándo. No sé cuándo le vamos a dar la razón a Martín Caparrós cuando dice que “nos convencemos muy fácil de que así es el mundo, y el mundo es lo que podamos hacer con él”.

Conocidos los resultados de las últimas elecciones para concejos, alcaldías y gobernaciones, flotaba en el aire un dejo de satisfacción. Había ganado la alternativa por mayoría. Aires nuevos. Perdieron, parcialmente, las maquinarias, los que nos convencieron de que al poder se llega para acceder a un privilegio mas no para prestar un servicio. A quienes representaban esa artificial esperanza –y a los que no también– les tocó afrontar algo que sucede una vez cada tantas veintenas de años, para lo que no había protocolos, ni discursos prefabricados. Pero uno presupone –en su cándida ignorancia– que están donde están porque son los más capacitados para estar ahí. Por lo tanto, el que sea algo atípico y complicado no los exime de hacer todo lo correctamente posible para achicar la brecha de posibles consecuencias.

En lo referente a la contingencia del coronavirus, venía haciéndolo bien, pero la popularidad de Nelson Carmona, alcalde de La Ceja, se disparó cuando retó al presidente y dijo que prefería ir a la cárcel antes que levantar el toque de queda decretado en el municipio; también yo lo aplaudí.

Pero todo parece indicar que el alcalde gusta del aplauso, del abrazo adulador, y de la figura del redentor salvador, algo típico en cualquier populista, sea de la ideología que sea. Hace unos días, por las noches, recorrió las solitarias calles de la ceja una caravana musical, que combina lo cristiano y lo marcial, denominada Ruta de la esperanza. La cual, básicamente, consistía en una procesión, encabezada por el alcalde, y compuesta además por un cantante, muchas luces, un carro con el sonido y la banda del cantante, más carros, policías que agitaban la bandera cejeña con mucho brio, y otro grupo de personas que uno supondría son funcionarios de la alcaldía.

La bulliciosa ruta, al parecer, ha sido otra buena jugada publicitaria. Los cejeños que desde sus celulares ven y comentan las transmisiones por las redes sociales, alaban y bendicen a Nelson por “llevarnos alegría a nuestros hogares”. Pero no es para nada ejemplar que la máxima autoridad del municipio vaya por la calle diciendo a viva voz que “la mejor vacuna es quedarse en casa”, mientras recibe abrazos y besos de una adulta mayor que sale de su casa cuando la ruta de la esperanza pasa por su barrio. Además de exponer de forma innecesaria a las personas que lo acompañan, Nelson invierte recursos públicos –porque la ruta no está pagada de su bolsillo– en excentricidades que no traen ningún beneficio para aquellos cejeños angustiados porque tienen la nevera tan vacía como su estómago y su billetera. Cualquier orate desempleado sabe que en unos meses los funcionarios públicos dirán que no pudieron ejecutar proyectos, porque las finanzas estatales fueron invertidas en la contingencia del covid-19.

En el repertorio sonoro de la caravana siempre hay cantos católicos, metafísicos. Desconociendo que la Constitución demarca claramente el pluralismo ideológico y religioso que cobija a Colombia. Obviando la sentencia constitucional C350 de 1994 expedida por la Corte en la que resuelve que el nuestro es un Estado laico, es decir que el país “no puede ser consagrado, de manera oficial [como lo hace Nelson], a una determinada religión […] El carácter más extendido de una determinada religión no implica que ésta pueda recibir un tratamiento privilegiado de parte del Estado”.

Los líderes gobiernan, antes que nada, con el ejemplo, y el alcalde de La Ceja no solo desacata las recomendaciones sanitarias que nos transmiten todos los días por televisión, sino que se vale de su figura gubernamental para desconocer un mandato constitucional.

Ya las campañas políticas terminaron. Al virus no se le combate con carnavales católicos, ni con discursos sosos, largos, circulares y vacíos como la homilía de las siete palabras. Necesitamos líderes que sean claros, decididos, y, sobre todo, que pongan en práctica lo que tanto prometieron en campaña. Nelson Carmona, por ejemplo, antes de ser alcalde juró que el suyo iba ser un gobierno que apoyaría al productor local.

Sin embargo, mediante el contrato consultable aquí, Nelson Carmona pagó 200 millones de pesos a la empresa rionegrera VIBE DISTRIBUCIONES S.A.S por la compra de 4.000 paquetes alimentarios de 50.000 pesos. No es necesario ser Nobel de Economía ni humanista de Buckingham, el sentido común y el debido proceder indican que en estos momentos hay que comprarles al agricultor y al comerciante local.

Son nocivos, cual virus, los populistas democráticos que no gobiernan para el pueblo sino para ellos, para su ego. Si después de esto nos sigue pareciendo natural que nos gobiernen como nos han gobernado durante 200 años, a punta de tambora y payasos, lo menos grave y preocupante es que me digan que soy de la oposición, que no le den un puesto en la alcaldía a mi mamá, o que me censuren en las transmisiones en vivo de instagram cuando digo que no estoy de acuerdo con lo que hace el alcalde, tal y como le pasó a un amigo.

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