Nadie quiere morir, pero no todos saben vivir

Cristian Fernando Duque López, Psicólogo y Magister en Humanidades. Docente Universitario y Conferencista. Especialista en Gestión para el Desarrollo. Email: cristianduque09@gmail.com Cel. 311 361 77 56

“Que cosa extraña es el hombre,

nacer no pide, vivir no sabe

y morir no quiere”, Proverbio Chino.

El saber vivir, implica un profundo nivel de conciencia y una gran apertura a la experiencia. Lo más natural de la vida es la muerte, desde que nacemos estamos muriendo, y no comprender esta realidad conlleva a que no se viva a plenitud la existencia.

A lo largo de la historia en todas las culturas, el gran enigma ha sido la muerte; sin embargo, su forma de comprensión en cada lugar a definido la forma como se vive. Los Aztecas le rendían tributo a la muerte porque pensaban que los predilectos del sol eran quienes sabían inmolarse para renovar la vida, los mayas creían que era la oportunidad de renacer, al igual que para los cristianos es el comienzo de la vida eterna.

La muerte para muchos puede pasar desapercibida, la dificultad radica cuando toca a nuestra puerta, pues en verdad nadie se siente preparado para partir. Pero cabría preguntarnos: ¿para qué queremos vivir tanto, si no hemos aprendido a vivir? Cuando uno mira a su alrededor, encuentra mucha gente que está en el mundo de una forma autómata, sin conciencia, sin un sentido, como si pagaran una condena.

Desde los griegos se hablaba que una de las finalidades de la existencia era la conquista de la felicidad, y más de dos mil años después, sigue siendo así, todos de una u otra manera queremos disfrutar la vida y ser felices, pero vale la pena reflexionar si lo estamos haciendo.

El buen vivir puede ser comprendido de muchas maneras; algunos pensarán que consiste en tener muchas cosas y una posición de poder, creyendo que su bienestar viene de afuera y está en lo que poseen y en los demás, pero ya lo planteaba Buda hace siglos: “la principal causa del sufrimiento humano es el apego”, pues en muchos casos uno termina siendo esclavo de lo que cree poseer.

Por otro lado, la posmodernidad se ha convertido en una época donde la gente vive constantemente agotada con la promesa de “un después”, así las semanas transcurren añorando los fines de semana, los meses pasan anhelado las vacaciones y los años esperando poderse algún día jubilar; así, la vida se convierte en un después, caracterizado por un “ahora no, quizás luego”.

El escritor Ernesto Sábato decía: “nada sabríamos de la vida, si no nos viéramos de frente con la realidad de la muerte”. Esto se puede constatar en personas que han tenido experiencias como una enfermedad terminal, un accidente o la partida de un ser querido, hay que ver cómo valoran y resignifican la vida.

Quiero hoy dirigir un mensaje a todos aquellos que han perdido a un ser querido: “lo mejor que puedes hacer por quién se ha ido, es vivir”. Nadie tiene comprada la vida, nadie sabe cuánto va a vivir, y lo único que se tiene es un presente para abrazar con plenitud, para reír a carcajadas, para comer con gusto, bailar con deleite, disfrutar una obra de arte, sentir una caricia, decir te amo, en definitiva, para no dejar que cosas triviales empañen lo profundo y simple de este regalo de poder existir.

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