Los padres no existen… del todo

Por: Carlos Eduardo Vásquez comunicarlos@hotmail.com

Los domingos leo caóticamente. Soy un hedonista literario, ataco libros a diestra y siniestra como un niño goloso en la pastelería.  Este fin de semana, me enganchó particularmente la idea de un texto de Véliz que habla del vínculo a través de la comunicación. El autor reflexiona sobre esa búsqueda intensa de todos nosotros para encontrar respuestas eficientes a problemáticas urgentes.  Y yo pensé en mi mamá y en sus soluciones prácticas.

Luego, hablé con alguien a quien admiro mucho y me habló sobre el vínculo con la madre: “Se parece mucho al Círculo del eterno retorno del que tanto habla la filosofía oriental”, me dijo.  Entonces, me quedé pensando: uno sale del vientre de su madre, se nutre de ella, vive unos años a su lado y luego se enfrenta al mundo exterior sólo para darse cuenta de que las verdaderas respuestas a los problemas —me refiero a aquellas respuestas eficientes y viables— las tiene la mamá.  Esta fantástica mujer, quien, sin importar su preparación académica, siempre encuentra la respuesta oportuna y salvadora para cada necesidad que se nos presenta. Y es que el amor de la mamá es un faro poderoso y ese sentimiento no necesita muletas para alumbrar las zonas más oscuras de la duda.

Los padres no existen. Es decir, existen y son posibles, pero únicamente cuando los valida la figura de una madre. Las madres no sólo nos transforman en hijos, sino que también nos hacen esposos y padres. El rol de una verdadera madre es indelegable. No es un asunto de repartir roles sociales, es más un asunto que pasa por la imposibilidad de un hombre (aunque algunos se acercan) para suplir la poderosa imagen de una madre en la vida de un ser humano. La verdadera madre es una mujer que sabe perfectamente cómo, no pregunte usted por qué. De la misma manera como todos sabemos que el fuego se extingue con agua, pero eso no nos hace competentes para apagar un incendio.

De las madres vinimos y a ellas tratamos de regresar. Algunos la tuvimos cerca por pocos años, a la mía la veo menos de lo que quisiera porque hace tres décadas que salí de mi casa. Otros, la tuvieron y la perdieron, pero ganaron un ángel en un lugar que dicen es muy bello. También hay hijos e hijas, no nacidos del vientre de sus madres, que supieron que la biología no es el único camino para disfrutar de una madre. Y hay un grupo privilegiado de hijos que tienen a su madre al lado. Esos despiertan mi envidia. Pues, teniéndolas a ellas, lo tienen todo.

Nuestro Oriente antioqueño, con sus tradiciones ancestrales, siempre ha rendido tributo al paisa colonizador y vencedor de obstáculos, al héroe de carriel y machete que domesticaba el monte para asentar familias. Yo, que soy antioqueño por adopción (nací en otra ciudad para probar que los paisas nacen en cualquier parte), declaro que no fue el hombre solo quien fundó pueblos y ciudades, y aseguro que fue el matriarcado el que nos dio la fuerza para allanar caminos. Pues, hasta esos patriarcas indomeñables tuvieron que quitarse el sombrero y agachar con humildad su cabeza para recibir la bendición materna.

Es la madre, la gran proveedora de vida, la campeona de la comprensión y la compañera incondicional. Es ella quien inculca valores y criterios a los miembros de una sociedad. Pero, más allá de eso, es ella quien nos da la pauta para encontrar las soluciones más simples a las problemáticas más urgentes.

A usted que puede, lo invito a trascender estas palabras y a depositar el más genuino de los besos en la mejilla de su madre este domingo. A los demás, nos quedará el consuelo de escuchar la voz materna al teléfono o la alternativa de levantar una oración hasta dónde se encuentre, seguro que allá la recibirá.

Y a todas las madres, en su día, un fuerte abrazo de admiración.

 

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