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¡En El Carmen, un hombre llegó a los 108 años de edad!

  • Al son de la música que le inspira vivir, Julio Saldarriaga levanta la copa y se lanza de un tirón el sorbo de ron a la boca. Así celebra su cumpleaños desde que sobrepasó los años comunes de existir. En la torta que espera partir esta vez se lee el número 108, ese es el tiempo que lleva caminando por las montañas de El Carmen de Viboral.

    A quien mira a Julio no se le pasa por la mente que cargue con siglo y ocho años en su espalda. La edad solo la saben si se la preguntan a él. Cuando camina saca pecho, esconde la joroba y da pasos firmes sobre la tierra que le es conocida desde el 30 de julio de 1913.

    Nació y se levantó en El Carmen. Vio crecer a los árboles del parque y percibió cómo las casas le daban forma al pueblo. Fue testigo del primer carro que rodó sobre las calles, “ellos trajeron las cosas y lo armaron acá, toda la gente estaba asustada, eso era muy grande, nunca habíamos visto eso”, narra mientras esculca los recuerdos de hace 95 años.

    Toda su vida la dedicó al campo. En diferentes veredas del pueblo acerró madera e hizo carbón. Ese último trabajo fue el culpable de su amor por el aguardiente. “Para que no me enfermara por el calor del carbón, me bañaba las rodillas con aguardiente y, bueno, yo también tomaba. Mucha gente me dice que el aguardiente es el que me tiene vivo”, dice Julio.

    108 años amando a la misma mujer

    Julio Saldarriaga sostiene en su memoria las historias de 108 años, y para escucharlas se necesita otro siglo. Pronuncia algunas palabras sobre su infancia, adolescencia y adultez, pero siempre vuelve al mismo punto: María Calista, su gran amor.

    A los quince años sintió que algo se le movía por dentro al ver a Calista, “me parecía como bonita esa mujer y comenzamos a charlar”. Por tres años, la relación se sostuvo con conversaciones, él no recuerda de qué hablaban, pero menciona que las disfrutaba.

    De esos años lejanos de noviazgo lo acompaña un momento que recrea como si hubiera ocurrido ayer: “Apenas a los tres años le pedí un beso. Le pedí permiso primero, pero me dijo que no. Yo lo acepté. Me echó. A los veinte días llegó la mamá y me dijo que ella se había empendejado, que fuera otra vez. Fui y me dio el beso”, comenta mientras se ríe, sus hijos lo acompañan en la carcajada.

    Relata que debido a ese suceso fue a confesarse con un sacerdote de Cocorná, pues no estaba bien visto por la época que dos enamorados se besaran antes del matrimonio. “Le dije al padre que había besado a mi mujer, yo de 17 años, y me dijo que iba a arder en el infierno, que estaba condenado. Me levanté y me fui, no me confesé. Ese beso me salió caro”; se escucha nuevamente su risa.

    “Padre, me quiero casar”

    El matrimonio llegó con la autorización de un cura, a razón de que el papá de la novia no quería que formara un hogar “con ese negro, porque la iba a dejar morir de hambre”, cuenta Julio con menos rencor del que sintió hace 86 años.

    Él no los aprobó, pero con toda la fuerza de su mutuo amor se presentaron ante el altar de la capilla principal de El Carmen de Viboral. Él desfiló con unas alpargatas de cabuya, un pantalón gris y una camisa blanca, comprados especialmente para el festín. Con unos cuantos centavos que logró reunir, le regaló el vestido a Calista, “ella fue muy bien presentada”.

    Pablo, su suegro, no entró a la iglesia, se quedó en la calle. Más tarde los alcanzó en la fiesta, malacaroso. No fue una celebración grande, como las que sí patrocinó más tarde el “viejo tacaño a sus otros hijos”, lo trae a la conversación mientras arruga el ceño.

    Los primeros retoños

    Julio baja la voz, se acerca a la grabadora y suelta una perla: “Cuando nos casamos tenía tres meses”. Se refiere a que se comió el pastel antes de la fiesta, algo poco usual en aquellos años, calificado por los testigos de la época como un acto pecaminoso y castigado sin piedad por la iglesia.

    La justificación que le dieron a los curiosos que preguntaban por la rapidez del encargo fue la siguiente: “Les decíamos que era sietemesina, que nació antes de tiempo”, la gente, y sobre todo su suegro, se tragaron el cuento sin cuestionarles nada.

    Luego llegó una, otra, otro, y otros, hasta completar los diez hijos. “Yo no tuve hijos, los tuvo ella”, responde cuando habla del duro trabajo de traer al mundo personas, y la más ardua labor de levantarlas.

    Hasta hace siete años se tomaba de la mano con su esposa, la querida Calista, quien ya murió, pero se acompañaron 79 años en las mieles del amor.

    Hoy, al igual que hace diez décadas y ocho años, está lúcido, activo y con el mismo deseo de vivir. Por estos años lo acompañan nueve hijos y un número de nietos y bisnietos que sobrepasa los dos dígitos.

    “Diga que estos años los he vivido muy tranquilo con la ayuda de Dios”, concluyó Julio Saldarriaga.

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