Tantos gestos silenciosos

Muchas veces la expresión del horror es un gesto silencioso que lleva la fugacidad del relámpago, dura lo que el sonido de la bala. Entre esa incandescencia febril, a los cuerpos que se desperdigan en sangre, al dolor que se mezcla con la impotencia y el llanto, apenas los arremete un gemido. Cuando duele tan intensamente, el suspiro le suele ganar la carrera a la palabra, las ideas, enfrentadas al sollozo, no vienen tan diáfanas.

Tal vez es por eso que hoy (que respondemos negando con la cabeza, hoy que se maldice, que quizá las lágrimas surgen, que regresan la decepción y el disgusto) se hace más arduo escribir. Asistimos a una pesadumbre que se acentúa, cada día sobreviene un espanto, cada noche es temporada de caza. La mano no logra modelar letras sobre el papel, el teclado y la pantalla se hacen adversos y tramposos. Quizá porque pierda un poco de sentido empuñar el lápiz en vez de utilizar esa fuerza en alzar los brazos para protestar ante la injusticia que ocurre en la calle, quizá porque se reclame de un modo fantasmal nuestra presencia allí donde todos los días se recogen difuntos, donde una estampida corre esquivando la muerte.

Ultrajados, abusados, rotos, reprimidos (¿menguados?) por exigir que no se aplaste al pueblo en impuestos, que la reforma a la salud no privatice aún más su acceso -como si no fuera un derecho sino un privilegio-, que las instituciones (la Fiscalía, la Procuraduría, la Defensoría) sean independientes, que haya diálogo y que no queden impunes los actos violentos que vienen ocurriendo desde 2019 en las manifestaciones. Este es un panorama en el que la fuerza pública ha sido descaradamente desproporcionada, pero en su actuación también hay aristas, están subyugados y ejercen un rol mas no son singularmente un enemigo.

Sin embargo, la respuesta represiva del gobierno nacional en torno a la actual movilización, ha acolitado una infame violación de los derechos humanos. Según la ONG Temblores, hasta el 12 de mayo en Colombia se reportaban 40 homicidios (en los que el presunto agresor es miembro de la fuerza pública), 30 víctimas de lesiones oculares, 16 casos de violencia sexual, 1.055 detenciones arbitrarias, 442 casos de agresión policial.

Para la organización WOLA, por otra parte, al menos en los primeros 5 días de protesta ya se contaban 21 homicidios, 18 lesiones oculares, 42 agresiones contra defensores de derechos humanos y 208 heridos. Entretanto, en el contexto nacional, la Defensoría del Pueblo señalaba la necesaria investigación de 19 fallecimientos y más de un centenar de quejas por desapariciones, abuso policial y lesiones, por hechos ocurridos solo hasta el 3 de mayo, en el marco de las actividades del Paro Nacional.

No obstante, al traer a colación estas cifras y estadísticas se señala parte del desconcierto y el error. Nada dicen pues esos números sobre los padecimientos individuales, sobre el espíritu que arde en ascuas por los desaparecidos, por la hendidura, por la exhalación última en una sala de hospital. Cuanto más, las palabras harán la denuncia, nos servirán para dejar en el tintero la protesta y rechazar, aunque no pueda expresarse con ellas plenamente la desdicha.

Sobre esa lógica parece operar el gobierno, que ha sido soberbiamente indolente. El malestar que quizá ha incendiado más el panorama ha sido justamente ese, pues no se trata solo de las determinaciones económicas, es esa artificiosidad en la construcción de los proyectos de ley, en las formas en que inventan cargos burocráticos, la incoherencia frente al fracking y los impuestos y la austeridad y la justicia; pero, además, esos tejemanejes autoritarios y todo el despliegue militar que ha semejado escenarios de guerra que aún no están dados.

Censurables todos los actos de violencia, entre ellos, claramente, los desmanes en contra de bienes públicos y privados, los perjuicios efectuados por algunos de los ciudadanos entre la movilización. Así, los daños ocasionados por vandalismo fueron también numerosos en las principales ciudades del país, y solo entre el Valle del Cauca y Bogotá hubo más de 200 vehículos de transporte masivo involucrados (algunos totalmente destruidos).

Lo que no se puede invisibilizar es el genuino hartazgo del pueblo, aquel que, incapaz de concebir eficacia en las palabras, al pie de lo indigno, entonces tomó las piedras, cazó las estatuas, salió a la calle en medio de una de las crisis más agudas de la pandemia; el que aún sale con carteles, enciende velas, canta, golpea cacerolas, al que le queda un tanto de esperanza en el diálogo y en el cambio o la pretende incubar. El camino no es la represión.

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