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Cometas en el cielo

  • Una cometa en el aire tiene propiedades milagrosas.  No más es darle más cuerda y permitir que vuele la imaginación, que circule entre las corrientes de aire como caminando en un laberinto invisible; es sentirla altiva en mitad del infinito cada vez que llega agosto.

    Las cometas tienen forma de sueños, ambición de triunfadores; son trotamundos de las adversidades. A pesar de tanto, de los vientos briosos del octavo mes y del sol calcinante que les da calor, les guardo un resentimiento.

  • Recuerdo que nunca fui diestro en la técnica de elevarlas. Mucho intentó papá, cuando estudiaba en la escuela, luego de construir mi propia navegante del aire. Aquella era un octágono de color rojo que nunca pude elevar. Él sí lograba que ellas dieran sus primeros pasos; y yo la alentaba desde abajo, mirándola con impotencia.

    Llegué a estos recuerdos el 17 de enero. Aquel día vi de nuevo la película Cometas en el cielo, y en el diario escribí: “Tan solo hoy, en esta madrugada, anhelo el primer agosto y sus vientos forajidos”. Esa noche reviví las tardes de cometas. Me faltó poco para llorar cuando el protagonista dijo “por ti lo haría mil veces”. No hubo tiempo para la primera lágrima, porque de pronto apareció la lista de créditos y terminó la historia. (Ver: Cometas en el cielo)

    La película también me devolvió a otro escenario, tres lustros atrás, cuando cerca de la casa en Guarne había un pequeño bosque con un riachuelo que lo atravesaba. Fui allí, guiado por la pita que atravesaba como un cuchillo el azulito del cielo, y que se veía desde mi casa.

    Al llegar, permanecí obnubilado por lo lejos que podía volar una cometa. El tipo que la elevaba era un joven moreno que vivía en el mismo barrio. De pronto me habló, como recordando algo que debía hacer.

    -Niño, ¿usted sabe elevar cometas?

    -Sí, yo sé- respondí convencido, pensando en el adiestramiento fallido en el arte de dirigirlas en el cielo.

    -Yo tengo que ir a mi casa y ya vuelvo. Quédese un ratico. Si le pide pita, le va soltando de a poquitos.

    Y yo pensaba en el tamaño del problema en el que me estaba metiendo. Y si me jalaba, ¿qué hacía? Una seguidilla de preocupaciones me allanaron: si se demora, si me dan ganas de orinar; si no llego temprano a la casa, pensaba, de seguro mi mamá me recibiría con un par de fuetazos con la verbena.

    -Bueno, señor- le dije-. Yo me quedo elevándola, mi papá me enseñó…

    El hombre se marchó y en poco tiempo transcurrieron quince minutos, media hora y la cometa –sí, aunque no lo crea- todavía en el aire, jalando, navegando en un sube y baja emocionante. Ay, los benditos agostos, con sus vientos y sus cometas, me digo ahora.

    Pronto me aburrí de la faena; el hombre tampoco llegó. Entonces amarré la cometa de un árbol y salí corriendo hacia la casa. Me olvidé del barquito del aire, del tipo moreno y de si la pita resistía los embates en lo alto. No sé. Creo que nunca volví a ver al señor, afortunadamente, pero tampoco me adiestré en el manejo de tan romántico objeto.

    De nuevo agosto y quiero que papá me lleve a elevar mi cometa. De niño jugué demasiado, pero elevar solo mi navegante del aire es un trofeo que falta. No quiero recuerdos horadados de la niñez, y menos ahora, cuando entre lo alto de mi imaginación hace falta adiestrar el barquito que nunca pude dominar.

    * Juan Camilo Gallego Castro (@jcamilogallego) es autor del libro Con el miedo esculpido en la piel. Crónicas de la violencia en el corregimiento La Danta, proyecto ganador en crónica de la Primera Convocatoria de Estímulo al Talento Creativo-Antioquia 2012. También es periodista, especialista en derechos humanos y derecho internacional humanitario de la Universidad de Antioquia y estudiante de la maestría en Ciencia Política del mismo centro universitario.

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