Por María Gabriela Pavas Álvarez.
Esa tierra me la dio mi padre,
la pisamos juntos y salieron surcos;
le sembró semillas al amanecer,
brillaron en la noche las espigas;
florecieron: la papa, el fríjol, el maíz.
De pinos rodeó al paraíso.
Atizado por mi madre, el fuego parecía no apagarse jamás;
con las manos esparció cenizas y en el suelo florecieron: rosas, azaleas y
campanas;
al jardín brincaron: afrecheros, colibríes, mirlos de alas negras.
De trinos se llenaron los domingos.
Tierra jugosa; de mortiños, arrayanes, agua clara por las acequias;
el río para soñar, el lago para pescar, un remanso para las vacas.
Cualquier día sonaron las aldabas y hubo una casa para habitar: con chambranas
de macana, pilares de roble, paredes pintadas con barro, blancas como la espuma
que brotaba entre las raíces de las cañabravas que danzaban agitadas en la
quebradita, cuyos retoños asoleados resisten todavía en la sequedad de los
barrancos.
Esa tierra me la dio mi padre, allá se cruzó la vida, y del fuego cualquier día se
rompió la llama y el humo cubre los inviernos grises.
Allá los pasos perduran en el tiempo y sombrean la pared raída y al musgo que
trepa en busca del alero.
Un día, para no volver, atravesamos juntos el umbral.
-
Banco de la República: el adulto responsable
«La autonomía del Banco de la República es un activo invaluable que costó décadas construir, y, aunque la decisión de subir las tasas no fuera fácil ni popular, era la correcta».
-
Las absurdas fotos «con Bad Bunny»
«El movimiento de las ficciones debe dirigirse a la interioridad, a la intimidad, no hacia el exterior expresado en la apariencia, donde no son más que un timo».
-
«2026 es el nuevo 2016»: ¿por qué la gen Z quiere revivir este año?, ¿una oportunidad de marketing?
«No se trata de huir del ahora, sino de reinterpretarlo a la luz de lo que fuimos. De preguntarnos qué perdimos en el camino y qué vale la pena recuperar. De usar ese recuerdo no como refugio pasivo, sino como brújula».









