La salud mental, mal entendida, se ha vuelto una etiqueta. Una especie de escudo moderno que permite seguir repitiendo los mismos hábitos que enferman.
Por Juan Andrés Valencia Arbeláez.
En los últimos años, la salud mental pasó de ser un tema tabú a convertirse en el centro de casi todas las conversaciones. Se aplaude la vulnerabilidad, se reivindica el autocuidado y se celebra la introspección. Todo eso, en principio, es bueno. Pero entre el avance social y la moda emocional hay una línea delgada que ya muchos cruzaron sin darse cuenta: convertir la salud mental en un refugio cómodo donde no se sana, sino que se justifica todo.
Parece que abundan los discursos que hablan de traumas, heridas, límites y energías, pero escasean las acciones que realmente transforman. Como si ponerle nombre a lo que nos pasa fuera suficiente para declararnos en proceso. Como si decir “tengo ansiedad”, “tengo heridas de abandono”, “tengo traumas” fuera la dosis exacta de conciencia que nos libera de cambiar. Y no, eso no es conciencia. Eso es comodidad disfrazada.
La verdad incómoda es esta: muchas personas no están trabajando en su salud mental; están buscando una narrativa que alivie la culpa de no hacerlo. Encontraron un lenguaje que suena profundo, terapéutico y moderno, y lo usan como un manto para cubrir la inacción. La herida se volvió la excusa y la excusa se volvió identidad.
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Hoy vemos cómo se romantiza el “proceso de sanación” al punto de convertirlo en un club exclusivo donde lo importante no es avanzar, sino pertenecer. Importa más decir que estás sanando que sanar de verdad. Importa más repetir términos actuales —red flags, vínculos tóxicos, límites sanos— que revisar la parte del desastre que también te corresponde a ti. Porque mirarse duele. Cambiar duele. Y, sobre todo, hacerse responsable duele.
Entonces aparece ese discurso elegante, esa frase que suena espiritual: “Me estoy priorizando”. Pero muchas veces no es prioridad, sino miedo. Miedo a fracasar. Miedo a soltar lo que de verdad duele. Miedo a hacerse cargo de lo que uno mismo ha permitido. Miedo a cambiar porque cambiar desmonta la identidad que tanto trabajo costó construir.
La salud mental, mal entendida, se ha vuelto una etiqueta. Una especie de escudo moderno que permite seguir repitiendo los mismos hábitos que enferman, las mismas relaciones rotas, los mismos comportamientos que destruyen. Decir que algo te afecta no sirve si sigues eligiendo exactamente lo que te afecta.
Y aquí hay que hacer una aclaración crucial: la ansiedad existe, la depresión existe, los traumas existen, y hay personas que realmente libran batallas durísimas. Pero otra cosa, muy distinta, es usar esos conceptos como justificación eterna para evitar cualquier avance. Porque sanar no es dejar de tener ansiedad: sanar es dejar de sostener la vida que te la alimenta.
Hablar de salud mental no te hace consciente. Lo que te hace consciente es el día en que decides dejar de vivir en función de tus heridas y empiezas a vivir en función de tu responsabilidad. El día en que aceptas que sanar implica renunciar, incomodarte, confrontarte, quedarte solo si toca, y que muchas veces no basta con hacer un proceso propio viendo videos de autoayuda o repitiendo mantras, sino acudiendo a profesionales, como psicólogos y terapeutas, para romper esos patrones dañinos y dejar de tener excusas de para replicarlos. Además, como sociedad estamos llamados no solo a aplaudir a aquel que reconoce que tiene un conflicto emocional, herida o trauma, sino a apoyarlo para que lo supere, y esto se logra pasando de la compasión a la motivación activa y por supuesto, felicitarlo si vemos que finalmente superó su conflicto.
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