“El detonante del hambre, su avance y letalidad no tienen que ver con la naturaleza… O sí, con la naturaleza humana cuya voluntad y premeditación es capaz de atrocidades como esta”.
Por Yury Marcela Ocampo Buitrago.
Este texto empezó siendo un mensaje de WhatsApp para una de mis más queridas amigas y se fue poniendo tan largo que se transformó en esto que, tras pulirlo, se los comparto como columna.
Anoche me soñé con la primera vez que atendí a un niño con desnutrición extrema y lo desconcertante y doloroso que fue enfrentarme con esa cara tan cruel del hambre, en la que el cuerpo va renunciando de a poco al movimiento, a la sonrisa, incluso a la producción de lágrimas para no desperdiciar energía en nada que no sea vital, como respirar. Aunque ese sueño evoca un lugar específico de Colombia donde tristemente, como en tantos otros lugares del país, sigue habiendo muertes por hambre, sé que estaba influenciado por las recientes noticias e imágenes sobre la hambruna en Gaza.
Me levanté muy sensible y pensé que, aunque en mi columna pasada había hablado sobre los tipos de hambre para transmitir la tragedia que significa tener hambre y no poder comer, no fui lo suficientemente enfática: el hambre que se le está imponiendo a las personas de la franja de Gaza es una tragedia global que toca a cualquier persona en el mundo. Es un fracaso social, ético y moral atestiguar el exterminio de un pueblo por un hambre impuesta, premeditada, supervisada, televisada y controlada.
Quería entender la gravedad de la situación. Leí varias noticias recientes y volví a revisar un texto que escribimos hace unos años con una compañera de trabajo, como parte de un proyecto que buscaba generar un modelo de monitoreo y alertas tempranas del hambre en La Guajira. Para elaborarlo leímos varios estudios sobre hambrunas, en especial la que afectó al Cuerno de África en los 80. Aunque su detonante fue la sequía, su avance y letalidad no fueron naturales, sino el resultado de decisiones humanas, intereses políticos y económicos que, con voluntad, pudieron evitar o mitigar la tragedia.
En el caso de Gaza no hay sequía. El detonante del hambre, su avance y letalidad no tienen que ver con la naturaleza… O sí, con la naturaleza humana cuya voluntad y premeditación es capaz de atrocidades como esta.
Las revisiones que hicimos para el texto sobre La Guajira nos dejaron claro que las hambrunas no se dan de repente, no son accidentes ni eventualidades. Se desarrollan lentamente mientras las personas, familias y comunidades van agotando sus mecanismos y decisiones para resolver cómo comer hasta llegar al punto en que, aunque quieran, ya no pueden.
Otras columnas: Verdades de sentido
Las hambrunas empiezan cuando las personas y hogares no pueden cubrir adecuadamente sus necesidades alimentarias. Si no hay apoyos ni soluciones, las personas toman decisiones desesperadas para aliviar el presente: migran, venden lo que tienen, entre otras acciones que empeñan su futuro. Si aun así no hay apoyos o soluciones, la desnutrición y las enfermedades comienzan a aparecer y multiplicarse, especialmente en niños, niñas y personas ancianas. Y si después de todo eso no hay apoyos o solución, llega la muerte. Se desata una crisis generalizada con alta desnutrición y muertes asociadas a esta.
En ese punto puede venir una fase que se denomina técnicamente “de reequilibrio”. Este se genera por el hecho atroz de que la mortalidad es tanta que, estadísticamente, bajan los niveles de hambre. Esto significa que las personas, hogares y comunidades quedan completamente diezmadas y debilitadas.
Hay ocasiones en las que el “reequilibrio” llega por una intervención drástica que busca disminuir y estabilizar la mortalidad, la desnutrición y la morbilidad. Pero para Gaza no ha sido posible. Ciertos líderes mundiales y sectores sociales se han unido para que tales intervenciones no se realicen y, por el contrario, han agudizado la crisis.
Como a muchos que hemos seguido las noticias sobre Gaza, el genocidio y la hambruna, siento que la tragedia nos sobrepasa y nos deja una sensación de impotencia, insignificancia y vulnerabilidad. El devenir de esta hambruna es una prueba más del fracaso de la idea ilustrada del espíritu humano. El fracaso no es solo el padecimiento de estas personas y la desaparición de un pueblo, sino confirmar que la humanidad es capaz de repetir con sevicia el exterminio del otro. Esa crueldad con los otros, y al mismo tiempo su sufrimiento, también constituyen lo que soy yo, lo que eres tú y lo que somos como humanidad.
Quisiera tener más que palabras, pero es lo que tengo. Por eso, lo que iba a ser un mensaje para pedirle a una amiga y colega que convocáramos al gremio de nutrición a manifestarnos por la hambruna de Gaza, se convirtió en esta columna.
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