“La prioridad es entonces combatir desde las aulas esos impulsos de violencia, de autodestrucción (…), a partir del reconocimiento y abordaje de nuestras propias emociones”.
Por Carlos Hincapié.
Una nueva materia en los colegios de nuestro país es prácticamente un hecho. La propuesta fue aprobada por la Cámara y el Senado, y solo falta la firma del presidente para convertirse en ley. Se trata de la Cátedra de Educación Emocional, pensada con el objetivo de enseñar a los estudiantes las competencias socio-afectivas necesarias para identificar, comprender y regular sus propias emociones, establecer acuerdos a partir de la toma responsable de cada decisión y abordar de manera pacífica y constructiva situaciones complejas o problemáticas dentro del aula de clases o relacionadas con la convivencia escolar.
Como docente considero esta iniciativa bastante acertada para el futuro de la educación en Colombia. No necesitamos ser investigadores profesionales para estar al tanto de la lista casi interminable de males que aquejan al fenómeno educativo en nuestro país: infraestructura deficiente, hacinamiento, explotación laboral, calidad y cobertura mínimas, escasez de recursos, etcétera, etcétera… Es un panorama bastante desalentador. Pero propuestas como estas centradas en atender la prioridad abren una grieta a esa lógica de dinámicas enfermas y enfermizas que hacen de la educación una labor mediocre, pobre, fantasmagórica y titánica, por supuesto.
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Hablo de prioridad porque a modo personal considero que el atributo más valioso que se pone en juego dentro de un aula de clases no tiene que ver tanto con la parte cognoscitiva —lo referido a los conocimientos académicos— como con el aspecto del intercambio intersubjetivo —el relacionamiento entre personas—, puesto que más allá de lo que conozcamos o no, el trato entre sujetos es lo que mantiene o deteriora el tejido social. Si vas malhumorado(a) y de afán manejando tu vehículo y de repente otro vehículo te cierra el paso (o quizás tú se lo cierras a él o a ella, pero por el afán no te diste cuenta), no le preguntarás por el trinomio cuadrado perfecto, la diferencia entre la mitosis y la meiosis, el significado de la frase “sólo sé que nada sé”; a lo sumo vociferarás insultos en inglés, o le preguntarás si sabe contar y a continuación los puños y las patadas.
Pido disculpas si el ejemplo no ha sido claro, lo que trato de decir es que la manera en que reaccionemos frente a situaciones de tensión es lo que nos define como seres humanos en sociedad, y lamentablemente la nuestra hace apología de la violencia (es una sociedad que se “para duro”, podría decirse), y un salón de clases es una diminuta copia de ello. En la mayoría de los casos, para bien o para mal, los estudiantes son el reflejo de sus padres, de sus acudientes, de sus seres más cercanos y resuelven los conflictos internos o los problemas de convivencia de la misma manera en que sus referentes más cercanos lo hacen.
La prioridad es entonces combatir desde las aulas esos impulsos de violencia, de autodestrucción, de vulneración a la fragilidad, de baja autoestima, de indolencia, a partir del reconocimiento y abordaje de nuestras propias emociones. Y de ahora en adelante contar con un espacio en los colegios a modo de materia para poder llevarlo a cabo es un buen comienzo. Ahora bien, es crítico pensar en sus modos de implementación, pero eso ya es tema de la próxima columna.
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