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Morir de repente

  • Columna de Opinión Por: Juan Hernando Ramírez.  Licenciado en Filosofía y, ante todo, un soñador despierto. 

     

    Cuando era niño, solía escuchar entre los adultos que tal persona murió de repente. Se referían a alguien que un día estaba bien, sin complicaciones de alguna enfermedad y de un momento a otro sufría un paro cardiaco. Ahora que soy mayor, comprendo que no solo podemos morir de repente cuando nos llega un fulminante al corazón, también sucede al morir baleados en la carretera.

    Pensemos en Lucas Villa, solo por tomar un ejemplo. ¿Murió de repente? ¿fue muerte natural? Porque tampoco se sabe a ciencia cierta que es lo que significa muerte natural, tal vez ser asesinado en Colombia sea algo semejante. Tampoco podemos saber de forma exacta lo que es un vándalo, hay quienes incluso los confunden con líderes sociales y defensores de los derechos humanos y ambientales. ¡Ah! Pero si sabemos lo que es un doctor: Aquel sujeto honorable y poderoso que posee infinidad de vienes económicos.

     Porque si algo es ambiguo en Colombia (y en el mundo entero) son los conceptos. Somos expertos en invertir significados. Razón tenía Thoreau cuando se refería a la mala relación que tenemos con el tiempo, el trabajo y el ocio:

    "Si un hombre se adentra en los bosques por amor a ellos cada mañana, está en peligro de ser considerado un vago; pero si gasta su día completo especulando, cortando esos mismos bosques, y haciendo que la tierra se quede calva antes de tiempo, es un estimado y emprendedor ciudadano. Como si un pueblo no pudiese tener otro interés en un bosque que el de cortarlo”, Thoreau.

    Más exactamente, no es que seas considerado un vago, sino más bien una amenaza. ¿Qué más peligroso en un País enfermo por el petróleo, que un líder ambiental que protege los páramos y los recursos ambientales y lo único que busca es dejarlos respirar? 

    Es extraño y paradójico, pareciera que las muertes violentas que pasan a ser cifras nos importaran un poco menos. Las hacemos cotidianas, asuntos del periódico y parte habitual del del diario vivir. Escuchamos decir: “Una persona fue apuñalada mientras le intentaban robar”, abrimos los ojos de inmediato, guardamos silencio. Luego leemos sobre alguna masacre y de inmediato se nos convierten en números, comenzamos a pensar que es algo que simplemente sucede y que tal vez sea lo normal cuando se vive. 

    Sin embargo, la violencia no puede ser algo cotidiano. No deja de sorprenderme el hecho de que en los años 80 era normal escuchar tiros y enfrentamientos armados entre distintas bandas criminales en Colombia. Aún hoy cuando suceden, pensamos que es algo que simplemente pasa, porque al fin, la naturaleza del ser humano es violenta. Y bueno, no diré lo contrario, pero como seres humanos que habitamos y vivimos en sociedad, tenemos el deber de hacer de nuestro convivir una relación más civilizada. 

    Vale aclarar: Civilizado no hace alusión a domesticado. Necesario puntualizar en esto, cuando las presiones socioculturales en que vivimos han puesto en el paradigma del ser humano características alusivas a algo menos que una máquina, estereotipo del mercado que cada vez se incrusta más en esta era del servilismo económico. 

    Tengo en mi mente a Lucas mientras escribo esto, pero no lo hago solo por él, sino también por todos aquellos que mueren a diario por causa de las armas. Tal vez seré un soñador (un ingenuo, más precisamente) pero aspiro a que en algún momento llegue el día en que lo obligatorio sea no prestar servicio militar y que tengamos al fin tanta capacidad de diálogo, que las armas se transformen en el artificio más grotesco. Ya sé, me dirán que esto es imposible (yo mismo me lo digo) pero sino aspiramos a ello, difícilmente podremos disminuir la violencia.

     

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    Las ideas y opiniones aquí expresadas son responsabilidad de sus autores y no reflejan los puntos de vista de MiOriente. 

     

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