Es un acto sepulcral. Cuando en las frías noches de noviembre Rigoberto Cortés sale a recorrer las calles desiertas de Marinilla, marcha tras él un batallón de almas susurrando las oraciones sacrosantas de todos los siglos. Adentro, en las habitaciones de las casas, los durmientes, los niños envueltos en las sábanas del horror, creen que son muertos, resucitados...