Las absurdas fotos «con Bad Bunny»

Johan Sebastián Ochoa Alzate, columna La sed

Por Johan Sebastián Ochoa Alzate.

La particular y absurda tendencia que vimos hace una semana en las redes sociales deja en evidencia una crisis de nuestro tiempo: estamos relegando cada vez más la capacidad de imaginar y, a la par, la realidad se nos desvanece en un caos de imágenes sin fundamento y sin sentido humano.

Durante el fin de semana anterior fueron publicadas decenas de imágenes generadas con herramientas de inteligencia artificial en las que el reguetonero Bad Bunny (quien por esos días presentaba sus tres conciertos en Medellín) «posaba» junto a distintas personas, entre ellas, incluso, servidores públicos o candidatos a cargos de elección popular, o aparecía supuestamente visitando lugares del Oriente antioqueño. La tendencia no es nueva. Hace algunos meses abundaron imágenes también generadas por la IA de personas con sus ídolos, por lo general cantantes famosos o iconos de la cultura popular.

Qué pobre se ve así nuestra experiencia, si la estamos convirtiendo en un meme. En serio: ¿anulamos adrede nuestra capacidad de imaginar y ensoñar a cambio de una imagen generada por la IA? Lo que está claro es que estas «fotos» no remiten a nuestra realidad material ni a nuestra experiencia real. Pero no son, tampoco, una ficción que aliente a nadie, ni con la que podamos hacer un pacto. El movimiento de las ficciones debe dirigirse a la interioridad, a la intimidad, no hacia el exterior expresado en la apariencia, donde no son más que un timo.

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Por supuesto, una foto con nuestros ídolos, sea cual fuere el significado que cada quien le atribuya, no reemplaza (y mucho menos si la imagen es falsa) nuestra experiencia. Acaso mejor que la foto, valdría la pena imaginar qué se sentiría estar allí, emocionarse con la posibilidad de «y si un día sí, ¿qué?», o dejarnos decir algo por ese bello afecto que es la admiración. Este tipo de fotos no permiten narrar nuestra vida, no le dan sentido. Revelan, en cambio, la soledad en el mundo digital. Por otro lado, cabe hacerles una pregunta a quienes buscan aprovechar estas tendencias como propaganda: ¿somos capaces de tal oportunismo, sin ningún tipo de trasfondo, solo por aparecer en las redes sociales? Pretender visibilidad a cualquier precio —sin referirse a lo importante, los programas, las propuestas, las acciones concretas—, solo para ponerse en el foco, revela el desdén hacia los hechos y el discurso. Uno quiere imaginarse una vida mejor, por eso ofende ver a quienes aspiran gobernarnos entregarse al absurdo.

El predominio de la imagen sobre el texto, antes expresado bajo la sentencia de que «una imagen vale más que mil palabras», decae en la actualidad ante la sobresaturación de los recursos visuales y el descrédito que suscitan las desvariadas imágenes generadas por la inteligencia artificial. Parece que hemos renunciado a darnos nuestras propias ilusiones y representaciones, y también a los hechos.

Hoy somos testigos de la devaluación de la imagen, pues la digitalización, las redes sociales y, más recientemente, la inteligencia artificial (IA) han llevado a que esta pierda su capacidad de decirnos algo. La IA también ha detonado la posibilidad de la confianza en la imagen (al igual que en el texto), tanto en lo que es de interés público como en la vida privada, que hoy deriva hacia una performance y una autoexposición; una escenificación de la vida, que no es la vida en sí misma.

Lo anterior se enmarca en una mecánica en la que no importan los hechos ni la verdad, es un régimen «posfactual»: la comunicación es indiferente a la realidad y subsumida por la emoción y los estímulos. Para el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, «La digitalización acaba con el paradigma de las cosas», «desmaterializa y descorporeiza el mundo», hasta acabar por desvanecer la realidad.

Quizá por eso estas imágenes resultan tan pobres: porque son nada más un gesto vacío. En ese tránsito —de la experiencia al estímulo, del sentido a la imagen frívola— se va empobreciendo no solo la imaginación, sino también la vida pública. La vida necesita una dosis de revolución, necesita algo que no puede ser generado: experiencia, palabra y sentido.

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