“Dice un amigo mío que en Colombia hay más pirámides que en Egipto, lo cual no solo es triste, sino que es peligroso”.
Por John Chica. Colaboración con Oriente Capital (@oriente.capital).
Imaginen ustedes que en el año 2015 me desempeñaba como docente de la Universidad Católica de Oriente y gerenciaba un centro de educación financiera que tenía la Bolsa de Valores de Colombia en convenio con la universidad. De manera paulatina, y tal vez extraña, se habían popularizado entre los jóvenes de la región las plataformas de trading y se desarrollaba en todo el país un concurso de operación bursátil para docentes y estudiantes. Contra todo pronóstico, en la primera participación, ocupé el primer lugar en la categoría de profesores, y algunos —más bien algunas— de mis estudiantes alcanzaron el top 10 de su respectiva categoría.

Como era de suponer, personas de todo el Oriente antioqueño me empezaron a contactar preguntando cómo había obtenido tan alto nivel de rentabilidad en el concurso, es decir, querían que les dijera qué acciones debían comprar o si me parecía buena idea comprar dólares u otras monedas en el mercado Forex.
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Sin embargo, aunque casi todo el mundo lo ignora, en Colombia se debía —se debe— estar certificado ante un ente llamado Autorregulador del Mercado de Valores para recomendar profesionalmente en qué activos específicos y a qué nivel de riesgo invertir. En ese orden de ideas, yo les explicaba mi razonamiento económico, pero nunca señalaba la empresa o moneda indicada para invertir. Por supuesto, las personas quedaban decepcionadas con mi respuesta y nunca fui —nunca quise ser— un gurú, un influencer criollo del mercado de valores.
Ni siquiera era necesario. Ya en ese tiempo, hace diez años, teníamos al profeta bursátil local: “la vaca púrpura”. Un señor que vendía charlas para hacerse rico en el mercado de valores, pero que se hizo más famoso por sus conferencias, libros y frases de cajón como “mientras unos lloran, otros venden pañuelos”, que por su porcentaje de rentabilidad. En realidad, si ustedes lo buscan en internet, se darán cuenta de que sus más fieles adeptos terminaron decepcionados, endeudados y quebrados. Él mismo cuenta, en uno de sus videos, que terminó “estafado” en una “inversión” financiera que seguramente traeremos a colación en párrafos posteriores.
Está claro que este caballero no fue el primero, ni será el último de su especie. Año tras año han aparecido en redes sociales, comerciales de televisión, correos electrónicos, periódicos, y demás canales de comunicación, una extensa taxonomía de videntes financieros. El economista catalán Xavier Sala i Martín los ha denominado como “tramposos, mentirosos y estafadores”. Mal haría yo en controvertir el concepto de un economista de la envergadura de Xavier, aunque, si se me permite ser más sutil, preferiría llamarlos los falsos profetas.
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Suena irónico, pero, aunque la economía se concentra principalmente en comprender fenómenos del pasado y el presente, hoy se nos pide a los profesionales de este campo que seamos una especie de nigromantes, magos, pitonisas, oráculos o videntes económicos. Si cabe el término, mientras la economía ortodoxa parece aburrida y poco popular, el esoterismo económico es más llamativo que una serie dramática en horario prime.
Repasemos algunas de las profecías que seguramente hemos escuchado, replicado o padecido:
- Harás dinero aprovechando la tecnología (copiando y pegando publicidad en línea).
- Te volverás rico vendiendo suplementos alimenticios (con poco fundamento científico y algunas investigaciones médicas y legales en tu contra).
- Te harás millonario comprando esta criptomoneda que será el nuevo Bitcoin (lo recomienda el presidente de un país sudamericano).
- Serás tu propio jefe a través de la educación financiera y las velas japonesas (mentalidad de tiburón).
- Te entregaremos el 300 % de rentabilidad porque tenemos los mejores trader, los mejores robots, los mejores brokers, las mejores señales, las mejores binarias (si pones dinero y no lo sacas por un tiempo).
Me quedo corto en ejemplos. Podríamos hablar de los fondos de vacas fantasmas, de los productos milagrosos, incluso de algunas empresas o productos con apariencia de legalidad como el fondo Premium de Interbolsa, u otros con una fama peor de la que merecen (tema para otra columna), como el sujeto de la abundante cabellera, David Murcia Guzmán.
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En todo caso, la intención de esta columna es la de resaltar de manera concreta, contundente y personal, que si alguien les recomienda una inversión o movimiento económico con: a) promesas de retornos extraordinariamente altos, b) presión para reclutar nuevos inversores, c) estructuras complejas que ocultan la falta de producto real, d) líderes carismáticos que generan confianza ciega, e) cualquier trabajo donde se gane plata metiendo gente; probablemente lo que les están ofreciendo es un Esquema Ponzi, o lo que coloquialmente llamamos en Colombia una estafa piramidal. En estos negocios mágicos suele suceder que el falso profeta termina millonario, y sus fieles, sacrificados.
Dice un amigo mío que en Colombia hay más pirámides que en Egipto, lo cual no solo es triste, sino que es peligroso. Algunas personas se jactan de participar de estos esquemas apostando a que obtendrán utilidad antes de su colapso. Les decía a mis estudiantes de pregrado hace 10 años, y a los de posgrado ahora mismo: NO LO HAGAN. Cuando usted gana dinero de esta manera, lo más probable es que sea a costas de las personas que usted mismo metió. Normalmente estas personas son sus familiares y amigos, quienes confiaron en usted ciegamente. Por favor, no sea usted “la vaca púrpura” de su círculo íntimo.
La idea no es tampoco ser un profeta del desastre, no todo está perdido. Existen herramientas, mecanismos y activos en los cuales invertir, personas terrenales, debidamente certificadas, en las cuales confiar; formas responsables y serias para ganar dinero. Decía Alonso Berrío, mi mentor, que los economistas no servimos ni para adivinar el pasado. Para intentar simplemente entenderlo, o acaso explicarlo, seguiremos compartiendo algunas ideas con ustedes, que tan amablemente han llegado hasta este punto de la columna.
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