“Un ameno sitio bañado por un sereno río”, eso es Rionegro

Por: Juan F. Tobón Aristizábal.

En el año 1542, Diego de Mendoza, encomendado por la expedición del Mariscal Jorge Robledo, arribó a las tierras hoy conocidas como Rionegro, en búsqueda del Valle de Arví. Este supuesto valle, se creía en ese entonces, era algo así como la Leyenda del Dorado, por eso que los emprendimientos tenían un objetivo claro: encontrar oro y riquezas.

Tras no encontrar ningún Valle de Arví, pero en cambio sí el hoy popular Valle de San Nicolás; y tampoco mucho oro ni riquezas, puesto que “Los Caribes, en sus disputas territoriales habían arrasado con gran parte de la cultura de los Tahamies, habitantes del territorio”, según lo explicó el historiador rionegrero Carlos Andrés Zuluaga, los expedicionarios se dedicaron entonces a documentar su hallazgo.

De esta manera, y según documentos oficiales de la época encontrados por Jorge Ospina Londoño y que ahora reposan en Sevilla, España, así se consolidaron la fundación del municipio, con Juan de Marulanda y Londoño como fundador, y también la historia detrás del nombre de Rionegro, o también conocida como Ciudad del Apóstol Santiago de Arma del Valle de San Nicolás de Rionegro. En esos documentos, los colonos españoles “solían registrar al pie de la letra lo que veían”, por lo tanto:

“Un ameno sitio bañado por un sereno río, al que la mansedumbre de sus aguas y la penumbra de los campos que lo bordean, además que en conjunto les parece oscuro. A pesar de ser cristalinas sus aguas, lo bautizaron con el nombre de Río Negro”

Así es como según la historia y lo que es posible reconstruir por medio de hallazgos documentados, que Rionegro adquiere su nombre en un poblado que rodeaba un río y que fue desarrollándose para luego de más de 200 años después, el 13 de septiembre de 1783, conformarse como ciudad. Esto sucedió cuando se estableció en la zona la Ciudad de Santiago de Arma, luego de haber migrado anteriormente por cinco poblados diferentes.

Por último, y para quienes se preguntan por la sensación de coloratura negra en las aguas del río Negro, se debe a que el afluente alberga una especie de alga que crece en él y se encarga de darle todo el sentido al nombre con el que fue bautizado, acompañando la sombra de los sauces llorones que lo bordean.

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