Maquillando la muerte: oficios de un tanatopractor

Por Daniel Santa I.

NOTA: Algunos datos como el nombre de la empresa, los personajes, el fallecido y su procedencia fueron modificados por respeto a los familiares.

“Don Evaristo, mucho gusto. Soy Sergio Mira. Yo voy a preservar su cuerpo para que su familia lo pueda despedir en una sala de velación dignamente. Déjese ayudar que yo lo voy a tratar con mucho amor. ¿Listo?”. Entonces, en la sala de tanatopraxia de la carrera 38, el cuerpo de Evaristo Villa, de 72  años, espera el turno para darle su mejor cara a la muerte. Está extendido sobre una camilla de barrotes de acero inoxidable por donde habrá de derramarse su humanidad. Es un cadáver común y corriente, lánguido y disparejo, vestido aún con los últimos harapos de hombre pobre con los que se despidió de este mundo. Lo trajeron sellado en una bolsa de plástico blanco desde el barrio Alicante, donde murió de muerte natural a las 3:45 de la tarde. El traslado duró poco más de dos horas porque un familiar, en un ataque de desconsuelo, la emprendió contra los funerarios en el momento que salían de la habitación con el cuerpo para subirlo al carro fúnebre. Sergio logró salir ileso. Nada nuevo para él. Ya está acostumbrado a lidiar con el efecto desolador que produce la muerte en los que aún siguen vivos.

Son las siete de la noche. Una de las alas de la puerta del laboratorio quedó entreabierta tras la salida de los empleados. Adentro, una habitación blanca de cinco por cinco iluminada en exceso por cuatro lámparas led. Las paredes, repisas, frascos y canecas de insumos químicos están marcados con avisos mayúsculos de riesgo biológico, y al fondo, un mesón principal de acero inoxidable sostiene el hidroextractor, la máquina inyectora y el dispensador de algodón y toallas. Bajo el mesón, fuera del alcance de la vista, un recipiente rojo con material secante que por el clima frío de la ciudad reemplaza con efectividad el formol en polvo. Lo mezclan con talco Mexsana, alcanfor y mentol para darle buen olor a los cuerpos que ya no tendrían por qué oler bien. Solo acercándose se logra leer, en el costado izquierdo de la habitación, la Oración del Tanatopractor enmarcada a blanco y negro en un recuadro de aluminio de 35 x 20 centímetros. A la derecha, delineada por columnas de diferentes colores, la tabla de disolución de químicos que indica las cantidades según el peso y la causa de la muerte. Y en el centro, ahora solo cubierto por la sábana de rombos rosa de la cama en la que murió, el cuerpo de Evaristo Villa y su boca medio abierta porque el nudo que le habían hecho con una pañoleta amarilla para mantener la quijada en su lugar se había desatado en el camino. El silencio en el ámbito de la sala de tanatopraxia no sería tan sombrío si no se usara para lo que se usa, pero, como tantos otros, este sitio causa una irremediable impresión de tedio.

“¡Señor! En el ejercicio de mi actividad como tanatopractor te pido permiso para penetrar en el interior de este santuario físico, pues lo haré con el más profundo y sincero respeto, con plena conciencia por mi capacidad y ética profesional. Guía mis manos, protege mi salud y fortalece mi espíritu para tener palabras y actitudes de consuelo con quienes me han confiado esta sagrada labor. Amén”, reza Sergio con la cabeza inclinada al lado del cuerpo de Evaristo Villa después de ajustarse el segundo guante de la mano derecha. Tiene puesta una careta con filtro de carbono, una pijama antifluidos azul y una gabacha amarilla que lo cubre desde el pecho hasta los pies. Es un joven de 20 años que prepara cuerpos desde los 13. Uno se imagina a los niños de esa edad saltando muros prohibidos y jugando fútbol en las esquinas, pero nunca inmiscuyéndose en trabajos tan fatídicos. Nunca esculcando en el cuerpo de otros. Es delgado. Mide un metro con 73 centímetros y una línea de barba bordea su rostro. Sin embargo, su apariencia es de un hombre de 30, a lo sumo. Lo cierto es que se mueve con inexplicable facilidad por la habitación, acercándose y alejándose del cuerpo de Evaristo Villa, tomando esto y dejando lo otro, abriendo, limpiando, suturando. Entró por primera vez a la sala de tanatopraxia hace cinco años y desde entonces no ha parado de preparar cuerpos allí. De todos los lugares en el mundo, este es en el que se siente más cómodo.

Lo primero que hace es preparar el líquido arterial. Mezcla siete litros de agua y 500 mililitros de químico en la máquina inyectora; la medida justa para un cuerpo de 55 kilos como el de Evaristo Villa. Después de desvestirlo, rocea el cadáver con amonio cuaternario para desinfectarlo. Sergio sabe que durante el procedimiento los cuerpos se tornan rígidos, así que le cierra los ojos, le endereza las manos, le retira el escapulario y le pone la cabeza sobre el cabezal. Todo está listo. Comienza a bañarlo con una manguera de agua fría. Usa shampoo especial y una esponjilla para limpiar con detalle cada rincón. El rostro primero, luego el cuello y las manos. Es un ritual de iniciación con un muerto al que trata como si estuviera vivo. Lo afeita con el cuidado con el que seguramente no lo habían afeitado en muchos años y después de enjabonarlo le da un duchazo final. “Es la última vez que lo bañan, don Evaristo. Lo voy a dejar bien lindo”. Conversa con el muerto. No le queda de otra. A veces se queda trabajando hasta las tres de la mañana con varios cuerpos esperándolo para darle una mejor cara a la muerte. Qué más da. Si cuando tenía 13 años ayudó a preparar el cuerpo de su propia abuela. Un niño apenas haciendo la tanatoestética de la vieja de la infancia. “Quedó como dormida, como cuando llegaba de misa maquilladita y se quedaba dormida rezando el rosario”, dice. Nunca se había sentido tan feliz como la tarde aquella cuando sus familiares le agradecieron por haberla dejado tan hermosa. “Yo pensé: quiero que la gente sienta lo que yo siento. Aquí me quedo”. Y se quedó. Se dedicó a la muerte, o mejor, a embellecer a los muertos porque “esto es lo que a mí me gusta”.

Sergio camina hacia el cuerpo de Evaristo con una pinza Rochester larga y un pliego de algodón. Con el índice de su mano derecha limpia la boca del cadáver. “Mirá que es algo muy bonito”, susurra mientras extrae la mota de algodón con grumos amarillos de saliva seca del cadáver. Luego, comienza a taponarlo, poco a poco, hasta cubrirle las encías. “La idea es darle la forma a la boquita y que no quede como hinchado o con la boca chupada”. Evaristo no tiene dientes. “Hay que dejarlos bien porque hay quienes destapan la caja, lo abrazan, le tocan la cara, le dan los picos y no falta el que quiera abrirle la boca”. Sergio prosigue con las fosas nasales. Las tapona hasta el fondo para que luego no se vaya a escapar ningún fluido que manche el ataúd. Eso arruinaría todo. Por eso lo acicala como a un artista antes de su función principal. Empavona el rostro de Evaristo Villa con crema de manos porque “voy a hacer un proceso de deshidratación pero necesito que la cara se vea natural”. Sergio recuerda que su primera preservación no fue tan perfecta como esperaba, entre otras razones, porque tuvo que preparar dos cuerpos de golpe. “Para ese entonces los funerarios utilizaban formol al 48 %. Hoy se utiliza al 5 %”. Qué excesos. Por poco y los muertos quedaban embalsamados.

Con un escalpelo Sergio hace una incisión de seis centímetros al nivel del cuello de Evaristo Villa. “Hay que hacerla lo más pulidito que se pueda para que a la hora de cerrar no sea tan difícil”. Va penetrando las primeras capas de piel con un explorador. Un par de minutos y no logra encontrar lo que busca. “Ayúdeme don Evaristo. Muéstreme la vena”. Y como si Evaristo lo escuchara, como si respondiera a la solicitud del tanatopractor, como si de verdad se tratara de una conversación entre ambos, la vena aparece. “Mirá, apareció. Todo lo que está morado es la vena. Está hinchada”. La deja sostenida con una pinza para no perderla de vista mientras busca la arteria carótida. “Véala aquí”. La encontró. “Es grande como una manguera y muy resistente porque es la que lleva la sangre oxigenada”. Con el detalle de un cirujano hace una incisión pequeña en la arteria para canalizarla. “Listo. Ella tiene que entrar suavecito”. Efectivamente. La cánula entró sin dificultad alguna y ahora la asegura a la arteria con una pinza para que el líquido no se escape. “A los ictéricos, o amarillos, hay que inyectarles el líquido despacio porque si no hace una reacción química y el cadáver puede cambiar de color. Si está hidrópico, o tiene mucho líquido retenido por la droga que le pusieron cuando estaba enfermo, hay que inyectarlo suavecito”. Sergio sabe de memoria todas las circunstancias del oficio. Enciende la máquina inyectora, regula el flujo, modifica el caudal y el químico comienza a penetrar suavemente en el cuerpo. De inmediato hace otra incisión en la vena y le pone una pinza de disección larga para que la sangre salga con libertad. “El líquido que entra por la arteria va sacando a presión la sangre por la vena”. Es el desangramiento. “La clave de la preservación del cuerpo es sacarle toda la sangre”. Es el momento en que el cuerpo de Evaristo Villa deja huir toda su humanidad. Mientras tanto, Sergio masajea el cadáver para que la sangre salga de todas las extremidades. Y durante 25 minutos el 80 % de la sangre va derramándose por los barrotes, rodando por la plataforma de la camilla y desapareciéndose por el grifo. Por momentos Sergio presiona con ambas manos el vientre del cadáver, a la manera de masaje cardiaco, para que la sangre salga con mayor presión por el cuello. El químico es rojizo para que mantenga el color que tuvo en vida. Son los detalles de la muerte para el último adiós, las cosas en las que solo piensan los tanatopractores. Terminada la inyección, Evaristo tiene la piel con una textura nada diferente a la plastilina. “La gente cree que a uno lo recogen, lo visten y ya. Pero no. Nosotros hacemos el trabajo duro”.

Nació en el Hospital San Juan de Dios de El Carmen de Viboral en 1997. Sergio aprendió el arte de la tanatopraxia por su tío Carlos Mira. Él le enseñó a preparar los cuerpos y a localizar la arteria. Francisco, otro tío suyo, era propietario de una funeraria que quebró porque a la hora de cobrar los servicios de preparación a los pobres la conciencia moral lo doblegaba. “Tenía muy buen corazón pero se pasaba”. Sí. Se la vendió a Pablo Emilio Noreña, un rionegrero que con los años se convertiría en zar de las funerarias en el Oriente Antioqueño. Así que Sergio siguió trabajando para el nuevo propietario haciendo el traslado de los cuerpos y preparándolos luego. Tenía 13 años cuando se enfrentó al primero. “No sentí mayor cosa”. A los pocos días llegó el cuerpo de un hombre que había muerto por causas violentas. “En esos caso hay que abrirles el tórax en “Y”. Hay que inyectarles por separado las seis arterias; las carótidas, las axilares y las femorales. También hay que eviscerar el cuerpo y lavar las vísceras para volverlas a poner en su lugar”. Hay en su voz una propiedad absoluta, una seguridad certera en sus manos y en sus gestos una amabilidad tan apacible que cuesta trabajo entenderla. Ese es Sergio. El inconfundible Sergio Mira del trabajo inconfundible con los muertos. El mismo que hace un par de meses preparó el cuerpo de su tío más cercano en un solo eco de llanto. “Yo estaba preparado porque su muerte estaba casi anunciada. Le dije a mi mamá que nadie lo iba a tocar, solo yo”. Y lo dejó como dormido. Lo preservó como nadie nunca lo hubiera hecho, es claro.

Asea todo el laboratorio en un abrir y cerrar de ojos. Se siente incapaz de continuar con desorden en la sala. Ahora, con el mismo escalpelo que perforó el cuello va a hacer una incisión de tres centímetros en el vientre. La medida: dos dedos arriba del ombligo y otros dos a la izquierda. Localiza el punto y da un pinchazo. Entonces los gases del muerto se propagan por el laboratorio en un sopor de aromas. ¡Qué hastío! Toma el trocar del hidroextractor, penetra por la incisión de la panza y comienza a extraer los gases, los líquidos, la sangre estancada dentro del tórax y los intestinos, de arriba abajo, de un lado al otro. Lo hace con delicadeza. “Es como si fuera una liposucción”. Busca el punto exacto donde está retenida la sangre. Lo intenta de nuevo. Otra vez. El trocar recorre todo el interior del cuerpo, todo lo esculca, en absoluto. En la transparencia de la manguera se ven los cuajarones de sangre en una sola mezcla de gases y espumas. “Este cuerpo ya está seco”. Entonces saca el hidroextractor y lo limpia con agua. Sangre fría la de Sergio. No descansa. Es el momento de cerrar la herida del cuello. Así que toma una pinza, otro pliego de algodón y se apresura a rellenar la abertura por donde desangró a Evaristo Villa. Cauteriza la incisión con peróxido de hidrógeno y la sutura con cáñamo. La clave es el detalle, la puntada en la línea invisible de la piel. Ahora, con su mano izquierda, sostiene el frasco con el líquido de cavidad. Es azul. Un líquido azul de buena apariencia pero con un olor descomunal. “Esto lo pone a llorar a uno”. Esto preserva lo que sea. Comienza a rosearlo con la inyectora a gravedad en el interior del cuerpo. Baña toda la caja torácica. Rápido. Tiene que girar alrededor del cuerpo con premura porque el líquido se derrama en menos de un minuto dentro del cadáver. Mucho más rápido de lo que demoró la sangre en salir. Ya está. Cuatro puntadas y termina la sutura del orificio de la panza. “Feliz estoy porque ya termino aquí y sigo con el otro”. Qué cosa extraña es el concepto de felicidad de los tanatopractores.

A Evaristo Villa lo bañan por última vez antes de ponerle los harapos de hombre pobre con los que habrá de despedirse de este mundo. Unas medias blancas recién compradas le cubren los pies, y un pantalón café sin botón disimula la flaqueza de sus piernas. La camisa que enviaron sus familiares es blanca, pero está ajada y colmada de ciertas manchas que Sergio intenta limpiar sin éxito. Lo viste con paciencia. Levanta una mano, gira el cuerpo, lo sienta, abotona. Ya va tomando forma. “Hombre don Evaristo como se dejó ayudar. Se le ve la humildad en la cara”. Sergio abre una caja de plástico donde guarda el polvo de maquillar de todos los tonos, labiales de todas las marcas, cepillos de cabeza y un centenar de guirnaldas y artilugios de belleza para darle un mejor aspecto a los muertos que ya no tendrían por qué verse bien. Retoca apenas el rostro de Evaristo con una poma de algodón. Lo ruboriza luego y le realza el color de los labios. “La idea es que queden como dormiditos”. Le peina las cejas, le echa laca en el pelo blanco, lo peina. Finalmente acomoda por última vez la boca de Evaristo que, contra los mitos, no va cosida. “Mi novia me dice que lo que la gente más analiza de un muerto es la boca”. ¿Su novia? ¿Tiene tiempo para eso? Sí. Llevan cinco años. Su nombre es Natalia Restrepo y se conocieron en alguna funeraria donde ella hacía el cortejo. El fúnebre, quiero decir. El otro cortejo, el de amor, lo emprendió Sergio cuando tomó la flor que le habían puesto a un muerto y se la obsequió a Natalia. “Con eso la enamoré”. Ajusta el último botón de la camisa manchada y regresa a su sitio el escapulario con el que Evaristo Villa recibió la muerte. Entonces, Sergio se para a un lado. Mira con detenimiento al muerto como en una reflexión de despedida. Se da cuenta que todo está en su lugar, que nada falta, que don Evaristo quedó más lindo muerto que vivo y que cumplió con su trabajo. En el envión final, Sergio carga solo el cuerpo del cadáver, camina con él un par de metros y lo pone en el ataúd. Acomoda la cabeza y los brazos. El toque. Esparce una infusión de aromas para perfumar el cofre que habrá de arropar a Evaristo Villa durante la última noche. “Listo don Evaristo. Usted ya va directo a velación. Se va a encontrar con su familia; usted se va a despedir de ellos y ellos se van a despedir de usted”. Cinco minutos después, el carro fúnebre se aleja con el último muerto embellecido por Sergio Mira en la sala de tanatopraxia de la carrera 38.

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