La noche del tedio

Consecuencias del sismo de 1979 en Abejorral. Casa que habitara la familia Acevedo Henao. Foto: AVA

Por Daniel Santa I.

La trémula tarde del 23 de noviembre de 1979, Fernando Gonzáles Correa, uno de los jefes del Núcleo Educativo de Abejorral, vio con un profundo sentimiento de incredulidad cómo se desmoronaban, como fichas de dominó, los ladrillos de las torres del templo sobre el atrio parroquial. El reloj del campanario marcaba las seis y treinta. Un terremoto de intensidad desconocida había removido los cimientos de las casas capitales, desquiciado los últimos vestigios del antiguo cementerio parroquial, averiado las redes de alcantarillado, derrumbado los techos de las instituciones gubernamentales, y de paso sacudido a sus habitantes del impasible letargo de su rutina y del circulo perpetuo de hechos cotidianos del que parecía nunca despertar. Ese viernes de vértigo el calor fue más agudo que el de los más agudos días de verano; el cielo se mostraba abierto como un espejo diáfano. Aquel era un pueblo de rostros sin nombres y epitafios de mármol en las paredes de las casas centrales, un entramado de calles pedregosas enclaustrado en sus cuatro frentes por una trinchera de montañas imposibles. Nada ocurría allí, solo el paso sempiterno de las horas y la ancianidad de los viejos que nunca se morían, sentados perpetuamente sobre butacas de cuero de vaca en los zaguanes embaldosados con filigranas, y en las ventanas de múltiples colores que se abrían para dejar salir de su interior el doméstico aroma de sus erarios prehistóricos.

Fernando había alargado más de lo habitual su visita de rutina a la Cooperativa Juan de Dios Gómez, ubicada a un costado de la torre izquierda del templo. Como miembro de la Junta Directiva, a diario supervisaba la contabilidad de los movimientos financieros del día a puerta cerrada, mientras  conversaba con las cajeras sobre ese y otros asuntos de menor relevancia. Pero aquella no era una tarde normal. Solo unos segundos después de iniciado el temblor, vio cómo una estampida de por lo menos cien parroquianos se desbocaba por las puertas del templo, donde acababa de terminar la última eucaristía, y escuchó los gritos ahogados de los transeúntes desde todos los ángulos de la plaza. Las tres cajeras se apresuraron a guardar el dinero en la caja fuerte, pero Fernando, que en medio del barullo solo pensó en su supervivencia personal, salió de la cooperativa y aseguró con doble tranca la puerta temiendo que algún oportunista aprovechara para robarse el botín. En un segundo el caos se había apoderado del pueblo. Los billaristas salían a estrujones de las cantinas con los tacos en la mano, los regentes miraban desde la distancia cómo las provisiones médicas caían de las estanterías, algunas ancianas se aferraban a los hombros de los lazarillos y los niños se prendían de los troncos de los árboles como si la fuerza del estremecimiento fuera a sepultarlos bajo tierra. Aún corrían a lo ancho del atrio una decena de fieles a los que el temblor había sorprendido en las bancas más próximas al altar. Fernando corrió a socorrerlos, o más bien a advertirles que “¡bajen al centro de la plaza!”, que “¡aléjense del templo porque esas torres se les van a venir encima, guevones!”, que “¡tenga cuidado fulano porque esas tejas se están desprendiendo!”, que “¡quédese quieto mengano hasta que el pase temblor!”, y otro sartal de instrucciones improvisadas. Pero se dio cuenta que nadie lo escuchaba, que la inquietud de todas las cosas había nublado el frío raciocinio de la gente, y que ni siquiera él mismo estaba siguiendo sus propias recomendaciones de supervivencia inmediata. De modo que se detuvo, levantó la cabeza, vio las torres batiéndose con sus adornos neogóticos como péndulos invertidos sobre el rosetón del templo, y tuvo la impresión de que no resistirían más de veinte respiros. Desde ese momento Fernando cayó en una especie de laguna mental, y las calles de Abejorral en la penumbra de una noche que apenas comenzaba porque el terremoto había reventado las redes eléctricas de la cabecera municipal.

Cuando empezó el temblor, Leticia Ochoa, la secretaria del Juzgado del Circuito Municipal, iba de camino a su casa. Vivía en una enorme residencia esquinera con ventanales verdes, un zaguán de doble portón que por lo general permanecía abierto, un patio central con acabados en piedrilla blanca y un comedor de panóptico donde solía tomar café. En las paredes de los corredores centrales, que separaban el patio, las cuatro habitaciones y la sala de recepción, tenía enjaulados cuatro canarios y un turpial. Un pretérito reloj de pared absorbía en su interior el tic tac del péndulo en el comedor, donde un anaquel de madera guardaba las cerámicas de los viejos tiempos, las porcelanas exóticas y los cubiertos de plata. Leticia vivía en compañía de Laura Martínez, su madre de 77 años, y de las hermanas Alicia y Beatriz Aguirre, quienes le habían servido durante años como empleadas domésticas con una devoción sacerdotal. Antes de llegar a la puerta, Leticia las vio corriendo hacia la calle, abandonando el interior de la casa donde las tapias comenzaban a desmoronarse, y donde los cielorrasos se partían en pedazos de esterilla y barro para estallarse luego contra las baldosas diáfanas del zaguán. “¡Salgan, salgan!”, gritó. Habían quedado sumergidas en una estela de polvo. La oscuridad primigenia de la noche le impidió a Leticia hacerse una idea inicial de los daños, aunque en el fondo lo único que le importaba era su madre. “¡Mi madre!”, exclamó. Cayó en la cuenta de que estaba adentro, imposibilitada en la cama de la que nunca se movía sin ayuda porque su aguda ceguera, y sobre todo su vejez, le impedían valerse por sí sola. Un temblor de huesos atravesó su cuerpo de señora grande. Entonces penetró en la estancia sin pensarlo dos veces, tanteándolo todo con sus manos, hasta que llegó a la habitación de la vieja. Estaba bien, aunque asustada. “Préndase firme, mamá”, le dijo mientras guiaba las débiles manos de Laura hasta sus hombros. Salieron agachadas, una tras otra, cuidando de no herirse con las estacas. “Si no salimos rápido esta casa nos va a matar”, susurró. Tardaron un par de minutos. Cuatro vecinas estaban a la puerta, esperándolas, rogando a todos los santos de los temblores que “no se repita, papito Dios”, que “líbranos de todo mal, santísimo Padre”. Se miraron en silencio por unos cuantos segundos; el terror de sus ojos lo decía todo. Leticia dejó a su madre al cuidado de las hermanas Aguirre, y corrió hacia la panadería de la esquina superior. El vecindario parecía una antigua ciudad después de la guerra. Los aleros estaban dislocados, las ventanas remangadas por el peso descomunal de los techos, las puertas desapuntaladas de sus goznes, los muros reventados. Un aura de soledad cubría los escombros en el interior de las casas. Leticia se apresuró. Entró sin saludar a la panadería, cuyos soportes habían resistido a la sacudida, y pidió una docena velas. Solo alcanzó a distinguir los rostros de terror de varias personas en el espacio iluminado por la cálida pero débil llama de una veladora encendida sobre el mostrador. Quiso llorar. Respiró profundamente; logró ahogar la tristeza en su pecho. Tomó las velas, dejó un puñado de monedas al lado de la luz, y salió de la panadería. Las hermanas Aguirre aún esperaban al frente de la casa, arropando con sus brazos helados la trémula humanidad de Laura, en compañía de las cuatro vecinas que habían menguado ya sus oraciones. Cinco minutos después vieron la silueta de Leticia acercándose. “Gloria a Dios”, dijo una de ellas. Desde la distancia, Leticia gritó: “miren, aquí hay velas”. Pero ellas no alcanzaban a distinguir en sus manos más que una bolsa de plástico transparente. “¿Dónde que no las veo?”, dijo Alicia. “Aquí”, respondió. Y cuando metió su mano en la bolsa, Leticia se percató de que no traía ninguna; supo entonces que se las había regalado, una por una, a los vecinos con los que se topó en el camino, porque su carácter de piedad, tan enorme como su cuerpo, siempre cedía ante la impresión de las tragedias ajenas.

El rugido subterráneo de la tierra sorprendió a Amparo Botero en el momento en que preparaba la comida. Estaba en compañía de su madre, Alicia García, de sesenta años largos, en una cocina ubicada en las estancias traseras de su casa. Vivía a una cuadra y media del parque principal, en un caserón monumental de aleros inalcanzables y ventanas de marcos amarillos. La puerta parecía más bien la entrada de una fortaleza; estaba cuidadosamente elaborada con dos alas de madera sólida, una aldaba de anillo de hierro, una placa de cuatro puntos y un tas ya magullado por los golpes del tiempo. Para entrar había que subir cinco escalinatas que conectaban directamente con el patio. En el interior, donde ni el ojo más avisado podía detectar una mancha de polvo, los óleos de las grandes habitaciones, los artilugios sacrosantos del oratorio y los fruteros del comedor permanecían ordenados geométricamente. Pero esa tarde ni los óleos decorativos, ni los altares iluminados, ni los fruteros de porcelana saldrían bien librados del temblor. Amparo tomó la mano de su madre y salieron corriendo de la cocina. Cruzaron el patio, bajaron a estrujones las cinco escalas, abrieron la puerta y se detuvieron en el centro de la calle, mirando a todos lados y a ninguno, abrazadas a la merced del beneplácito del cielo. A su lado pasaban corriendo decenas de personas; los vecinos, en cambio, reunían en los patios sus posesiones más valiosas al tiempo que las líneas eléctricas temblaban todavía bajo los aleros. Amparo regresó para buscar dos caperuzas que tenía guardadas, en caso de emergencia, en una gaveta de la cocina. Lo primero que notó fueron las grietas en el muro que dividía su patio con el de la casa colindante, pero el resto de la estructura parecía firme. De pronto sonó el teléfono. Era la primera de muchas llamadas que habría de recibir esa noche desde todos los rincones del país, donde la noticia del terremoto se expandía con un efecto imparable. Pero no contestó. Por el contrario, siguió caminando hasta la cocina, abrió las alacenas altas, luego las cajoneras, pero no encontró las caperuzas. “No importa”, dijo, y volvió de inmediato a la calle. Su padre, Manuel Antonio Botero, un cantinero de vieja data que tenía una fonda al lado del Palacio Municipal, había llegado hasta la puerta con los ojos hechos un aguacero. Traía malas noticias. Las torres y la cúpula del templo con sus frescos de los cuatro evangelistas habían colapsado, las paredes de la Casa Cural estaban al borde de la ruina y la Escuela Dionisio Arango Mejía había sufrido daños de tal magnitud que tendría que ser reconstruida en su totalidad.

En medio de su desvarío, Fernando había corrido hasta su casa ubicada a seis cuadras de la cooperativa. Amparo Jaramillo, su esposa de lúcida inteligencia, estaba parada en la calle con su bebé de brazos envuelto en una cobija de lana y una vela encendida en las manos. No había tenido la osadía de volver a entrar porque las paredes y las vigas de madera seguían crujiendo a causa de las réplicas. Cuando Amparo lo vio doblar la esquina sintió de golpe un aire de júbilo contradictorio. Por el contrario, cuando Fernando llegó, todavía ensordecido, ni siquiera preguntó por el bebé, tampoco corrió a socorrerla, sino que pasó frente a sus narices sin decir nada, entro en la casa, esquivó los estacones fracturados del patio, atravesó a tientas el corredor angosto que separaba la cocina del solar, y tomó de su cuarto de herramientas un azadón y una pala. Regresó al instante con la sangre caliente y los nervios de punta; salió corriendo por la misma calle de antes, con la misma indiferencia del principio. “Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmoral; líbranos de todo mal”, iba rezando. “¡Pero Fernando! ¿Para dónde vas?”, le gritó Amparo. “¡A desenterrar muertos!”, respondió él. Durante una hora y media Fernando divagó por las calles, tocó las puertas de las casas de sus amigos, socorrió a los damnificados, removió con su pala los escombros arrumados sobre las aceras, pero nunca encontró los muertos que se imaginaba aprisionados bajo columnas de ladrillo. Encontró, sí, grietas tan pronunciadas en las fachadas que cualquier persona cabía por ellas, gente sujetando las alfardas con palos de escoba y latas de guadua, y señoras cuñando con estacones los débiles muros de bahareque de canasta. En el hospital no quedó habitación en pie. El frontón de la Capilla Los Dolores, a un costado de la Escuela Normal Superior, quedó tan agrietado que tuvo que ser dinamitado días después. La Casa de la Cultura, en cuyo interior había un fresco del legendario Ramón Vásquez con motivos de la historia de la fundación de Abejorral, quedó reducida a despojos. Esa noche hasta los santos de yeso del templo tuvieron que ser bajados de sus estancias de siempre; el párroco del pueblo, Mario Ángel Gutiérrez, se los encomendó a familias indeterminadas para que los guardaran mientras se llevaba a cabo la reconstrucción de las torres que, contra los pronósticos de los más optimistas, habría de terminar un año y medio después. Pero muchos de los santos nunca regresaron porque se quedaron para siempre olvidados en los rincones de las casas de familias que el cura nunca pudo recordar. Cuentan, incluso, que por varios meses la gente de Abejorral tuvo que celebrar las misas en otra capilla, donde al cabo de los minutos la caterva de fieles terminaba asfixiada en medio del sopor del incienso sacerdotal.

Leticia había convencido a sus vecinas de pasar la noche juntas. Entraron a la casa tomadas de la mano y dando pasos largos sobre los escombros hasta que llegaron a la habitación de su madre. Entonces un chillido apenas audible llamó su atención. Era el turpial maltrecho, aprisionado entre las rejillas de una jaula que había perdido su forma, y a su alrededor los cuatro canarios aplastados entre los hierros. Se le arrugó el corazón. Pensó que no era tiempo de socorrerlo, así que siguió caminando hasta llegar a la cama. Después de sacudir el polvo del tendido de crochet, acostaron a Laura con tal delicadeza que daban la impresión de estar cobijando una estatua de porcelana. Pasaron a la siguiente habitación. Las vecinas se derramaron en dirección horizontal sobre la enorme cama de Leticia, quien acto seguido las cobijó con lo primeros trapos que encontró a la mano. De inmediato le pidió a las empleadas que fueran a dormir, si es que lograban hacerlo, antes de que se hiciera más tarde y el frío de la noche les provocara un resfriado. Ellas obedecieron al instante; abrazaron a Leticia, le dieron contrariadas las buenas noches y la dejaron sola con su turpial herido en el zaguán del patio en tinieblas. A cuatro cuadras de allí, Amparo Botero y sus padres regresaban ya a sus habitaciones después de atender por dos horas consecutivas el timbre incesante del teléfono. Amparo había recorrido todos los rincones de la casa; revisó los marcos de las ventanas, los guardaescobas, los ángulos de las vigas de madera que sostenían el cielorraso del patio, las paredes y las escalas de la entrada principal, pero no encontró daños mayores. Cuando sintió el cansancio en sus pies, caminó hacia su cama, se derrumbó boca arriba mirando hacia el techo intacto de su habitación, y se fue durmiendo lentamente al ritmo de sus piadosas oraciones. Mientras tanto, Fernando González, quien se hallaba removiendo a paladas los escombros de una calle del Barrio Obrero, escuchó, a lo lejos, una voz familiar a su memoria. Era uno de sus vecinos, y tras él un batallón de personas que lo habían estado buscando desde el momento mismo en que cesó el temblor. “¿Qué quieren?”, les preguntó. “Que vaya a abrir la puerta de la cooperativa para sacar a las cajeras que usted dejó encerradas”, respondió alguien. Fernando se quedó en silencio tratando de comprender la infamia de su desvarío, preguntándose, a pesar de la culpa, qué habría sido de ellas; más aún, de su esposa y su hijo de brazos, a quienes había ignorado en el momento en que más lo necesitaban. Fue su primer instante de lucidez. Soltó la pala, entregó las llaves de la cooperativa y corrió hasta su casa; allí, llorando, Amparo se preparaba ya para dormir. Fernando se detuvo frente a ella, mudo. Ella simplificó su decepción en un breve pero doloroso reproche… “pero estoy abrumada; este no es un buen momento para discutir”, le dijo. Ambos se fueron a la cama sin decir más. Ya arropados bajo las cobijas polvorientas, escucharon el silencio penetrante de la noche. Caía sobre Abejorral una tenue pero fresca llovizna de desolación.

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Daniel Santa Isaza: Docente de cátedra de la Universidad de Antioquia y candidato a Magíster en Literatura de la misma institución. Comunicador social y periodista. Fue director de Cultura del municipio de Abejorral, coautor del poemario Arpa Doppia (2015), y ganador de la Convocatoria de Circulación Artística y Cultural y la Convocatoria de Estímulos al Talento Creativo del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia. Escritor invitado a la Feria del Libro de la Universidad de Juárez Autónoma de Tabasco-México (2014), y otros encuentros nacionales de literatura.

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