KARLA

Por Daniel Santa I. 

Al despeñarse el aguacero del último domingo de abril, Karla se dejó caer sobre su poltrona de cuero y recordó su más reciente paso por los manglares del Caribe. Vio, al cerrar sus ojos, la luminosa transparencia de la ciénaga, el tibio sopor de la marea cobijada por el ocaso y los cascos de las barcas roídos por las aguas marinas del famoso Puerto de las Sirenas. Se creyó otra vez espléndida y segura en el regazo de su esposo, mecida por unas olas casi dormidas que hacían crujir las maderas de la popa a sus espaldas y arrullada por la melodía de ese bolero de amores contrariados que el barquero, bajo un ordinario sombrero de paja, iba tarareando mientras los empujaba hacia la orilla. Hubiera querido permanecer allí, abstraída en el deslumbramiento de sus memorias, si no fuera porque un viento de tempestad estrujó el ventanal del balcón de su apartamento de ciudad, elevó las persianas de bambú, deshojó el calendario de los ciclos lunares y le escarchó el cuerpo con una ráfaga de lluvia polar. Eran las siete menos cuarto.

Venía de nuevo la noche a derramar sobre las avenidas su aura de rubia nostalgia, sus sombras tenues, la pétrea melancolía de bombillas blancas al interior de las casas, las esquinas solitarias, los perros ladrándole a los malandros desde las terrazas. A catorce pisos de distancia, Karla, secándose con el antebrazo la escarcha del rostro, observó por el balcón cómo la cambiante luz de los semáforos se repetía en el asfalto bañado por el temporal. En un barullo de injurias, ya emparamados de vino, dos borrachos trataban de evadir la borrasca irguiendo sus espaldas contra la reja del último almacén clausurado. Se sintió culpable por ellos. Pensó seriamente en llevarles comida dos, tres segundos, pero un relámpago rasgó desde un extremo hasta el otro el negro manto de esa noche diluvial y la hizo volver en razón. Entonces, como siguiendo el rugido del trueno, una ambulancia giró la esquina con su estrépito de luces giratorias. El eco de las sirenas activó la alarma de tres carros estacionados en la calle, subió en espiral por los edificios, despertó a los recién nacidos y desquició de nuevo el pulso hasta entonces levemente sosegado de su torrente sanguíneo. “No, otra vez no”, susurró.

En toda la estancia, solo la luz del televisor alumbraba las paredes del dormitorio del fondo. Karla, que de un envión había cerrado bruscamente el ventanal, notó desde la sala el parpadeo de las imágenes rebotando contra el espejo, el juego de contrastes sobre el espaldar de la cama y la roja intermitencia de cuatro números marcando una hora inexacta en el despertador. En ese momento pensó en lo absurdo que resultaba el hábito desolador de encender los aparatos para sentirse acompañada. Temblorosa ya, atravesó el corredor con los brazos en cruz contra su pecho y la cabeza inclinada. A un lado del pasillo, el Almendro en flor de Van Gogh mal emulado; al otro, una decena de retratos y postales con paisajes bucólicos de países de ensueño. Al pasar, apenas si vio de reojo la fotografía de su esposo sosteniendo un diploma entre las manos: MÉDICO VIRÓLOGO. Al instante, lo que temía: un frío sudor poblándole la frente, una incierta debilidad en las piernas, aquella rigidez de muerto anestesiándole las manos. “Tengo que calmarme… tengo que sentarme”, se dijo, e intentó regular a intervalos el ritmo de su respiración.

Fija en el borde de la cama, justo frente al espejo, Karla reparó su rostro: lamentó verse así, desaliñada, triste. En su cabal juicio le habló a su misma imagen, mirándola a los ojos: “Estás mal, tienes que saberlo. Te sientes abandonada, cansada, temerosa… respira, respira”. Giró hacia la derecha su rostro y leyó, impreso en letras capitales, el título de un libro cerrado sobre la mesa de noche: Diez pasos para controlar la ansiedad. Ni se inmutó. No escuchaba ya el piquetear de la lluvia sobre el ventanal, tampoco el eco en tremolina de la sirena. Advirtió sí un viento inestable de rocío batiéndose en el espacio elemental que separa al cielo de la tierra. “¡Atención! En minutos: el drama de una familia dividida por la pandemia” -abría una gruesa voz en off el noticiero de las siete-, “¡Cuatro médicos han muerto en el país por tratar pacientes contagiados con el virus!” -y el pecho vino a comprimírsele de golpe cinco, seis segundos-, “Tenemos que pensar en los ciudadanos que sufren depresión, dijo el Ministro de Salud” -y el efecto hubo de prolongarse siete, ocho segundos más-; Karla privada de aliento, Karla agitando las manos tiesas sobre sus rodillas, Karla queriendo evocar la canción con que su madre le enseñó de niña el orden indicado de los números del uno al veinte. “Eso hará que me calme”, respiró.

Un celular olvidado en la biblioteca de la sala sonó de repente; era su esposo. Al encenderse, la luz de la pantalla alumbró en efímero instante las cosas dispersas alrededor: el estuche de cuero de unas gafas de sol, un portavasos con la marca de no sé qué empresa de seguros, la colección completa de Las crónicas de Narnia, el lomo de una vieja Biblia versión Reina Valera 1960 y, sobre ella, un folleto abierto a doble página que decía: “Síntomas de la depresión: Sentimientos de inutilidad, odio a sí mismo y culpa / Dificultad para concentrarse / Movimientos lentos o rápidos / Retraimiento de las actividades usuales / Sentimientos de desesperanza o abandono / Pensamientos repetitivos de muerte o suicidio…”. De algún modo Karla cobró fuerzas para levantarse, atravesar de nuevo el pasillo y contestar a tiempo. “Esposo”, rompió en llanto. Todo el silencio del ámbito, la gris opacidad de la sala; su ánimo empezó a quebrarse en ese ya cotidiano efecto de tristeza.

–Esposita, ¿sigues mal? ­–preguntó la voz ronca del celular–.

–Es que… –emitió Karla un sonido grave, roto–.

–¿Qué pasa, esposa? –cuánta delicadeza, cuánto amor en la voz del médico–.

–… es que yo no decido sentirme así –Karla en llanto, Karla vencida frente al ventanal–.

–Ah… esposita –suspiró él al otro lado de la línea–.

Si Karla fuera omnipresente lo hubiera visto cerrar la puerta del vestidor de la Sala de Urgencias, sentarse en el mismo rincón detrás de los casilleros, inclinar de nuevo la cabeza y frotarse otra vez el rostro y la barbilla mientras miraba sin mirar el piso blanco de ese hospital acordonado de periodistas a quince cuadras de allí. Quiso calmarla, darle coraje, ingeniarse una frase profunda, un artilugio de la retórica que lograra convencerla de lo contrario, de que no duraría para siempre su tristeza, que todo el tiempo estaría allí para amarla, que valía la pena vivir, que había esperanza. Pero ella, en su lugar, abrió entre lágrimas los ojos y miró el folleto aquel, oyó el sonido desolador del motor de la nevera, sintió el olor de los bananos podridos en la canasta de frutas, vio el lavaplatos colmado de desperdicios, los zapatos dispersos detrás de la puerta y el viento inestable de rocío batiéndose sobre esa ciudad cenicienta detrás del ventanal.

–Perdóname, lo único que he hecho es arruinarte la vida –las palabras de Karla salieron como despedazadas de su garganta–.

–¡No vuelvas a decir eso! –reclamó el médico–. Nunca más, Karla. Yo te amo.

–Perdón, perdón, perdón…

–No tengo nada qué perdonarte –interrumpió–.

–No quiero más. Quiero morirme. Lo siento –y pulsó en un solo temblor el botón rojo de la pantalla–.

–¡No, Karla! ¡Karla! –gritó él; sus ojos crispados, seca su boca, el frío presentimiento de la muerte–.

Diez segundos después, los vigilantes del hospital habrían de verlo franqueando los pasillos en su desesperación, envistiendo con sus brazos las dos alas de la puerta de la Sala de Urgencias, saliendo a zancadas por la rampa de acceso de las ambulancias y corriendo en dirección a su auto estacionado a cien metros de allí. Al llegar, un par de gotas le erizaron la piel de la espalda. Abrió la puerta, se sentó y puso las manos en el volante. “¡Rayos!”, exclamó; aún tenía los guantes puestos. Encendió primero el auto y giró después su cuerpo para reversar. Tuvo que activar el parabrisas trasero para no ir a chocar con alguien. Acto seguido, ajustó la palanca de cambios y aceleró a fondo. Al salir del estacionamiento, tomó a propósito la avenida principal. Era, como nunca, una avenida desierta, sin autos ni gritos ni el sonido de bocinas, una avenida brillante de agua y luz, luz de lámparas amarillas. A lo lejos, cinco semáforos parpadeaban en secuencia sobre el asfalto mojado. Entonces, como en un juego cruel de la memoria -o un hecho premonitorio, tal vez-, escuchó en la radio a un trío cantando en tono menor el final del último cuarteto del bolero de amores contrariados que un barquero con sombrero de paja había tarareando a sus espaldas al final de esa espléndida tarde agosto en el Caribe. “Ay, qué noche tan oscura, sin tu amor no viviré”, repitió llorando.

Eran las siete menos uno. Un estruendo de cascada comprimía el aire de la ciudad. El pesado granizo parecía estarse cuajando en el corazón mismo de las nubes. Helaba. Precipitado, aturdido, el médico burló la señal roja de dos, tres semáforos, rebasó el límite de velocidad cuatro, cinco veces, giró sin direccionales en seis, siete esquinas y se detuvo en seco a la entrada del edificio donde Karla, a catorce pisos de altura, miraba sin parpadear la baranda del balcón de su apartamento, los goterones cayendo libres, grávidos hasta la acera de cemento, decidida a hacer de una vez por todas lo que antes no se había atrevido. Tras esquivar a dos borrachos que se escampaban en la puerta, el médico cruzó la recepción sin saludar al portero que, al levantar la cabeza, no más distinguió la azulada tela de una bata quirúrgica hondeando en ascenso por las escaleras. “¡Fuera de operación! No queremos más contagios. Gracias por su paciencia. Ministerio de Salud”, decía un letrero fijado en el ascensor.

Ya con el ventanal abierto, ensimismada, trémula, Karla volvió a sentir el cuerpo escarchado por otra ráfaga de lluvia. “¿Por qué estoy viva?”, pensó. “Yo solo quiero descansar”. De modo que apretó a la vez los puños, los párpados y los dientes; una lágrima tibia rodó hasta su mentón. Era su paladar un nido de polvo. Y allí, apenas en pie, volvió a soñarse entre las estepas de agua salada de la ciénaga, espléndida y segura en el regazo de su esposo, tibia en el remanso de un sol que mudo empezaba a sumergirse en las viejas espumas del mar. Inmutable se soñó, inmune al dolor y a la desesperanza. Pero un golpe de vacío en el pecho la arrancó del espejismo; vio, frente a su breve humanidad, la ciudad tremenda y gris, y en ella toda la melancolía diluida en la penumbra. Dio un paso atrás para tomar impulso y, de la nada, la blanca silueta de su esposo apareció en la puerta. Él corrió a detenerla; se abrazó a ella como nunca. Karla desgarró contra el cielo un grito de tormento que llenó el solitario, lóbrego vacío de pasillos y escaleras. Lloraban ambos el mismo dolor. El médico recicló sus palabras, comprendió que las heridas de Karla eran insalvables, que tendría que aprender a soportarlas, a vivir con ellas. Entonces, catorce, quince segundos más tarde, reconoció entre los objetos descoloridos de la biblioteca su vieja Biblia Reina Valera y, sobre ella, un moderno folleto que él mismo había traído días antes del hospital. Todavía abrazado a Karla, el médico no supo más sino susurrarle dulcemente al oído: “Aunque andes en valle de sombra de muerte, no temerás mal alguno porque Dios estará contigo…”. Y ella, derrumbada en su regazo, comenzó a cantar entre suspiros: “El uno es como un palito, el dos es como un patito, el tres la E al revés, el cuatro la silla es…”. Afuera, una espléndida luna de mármol alumbraba la ciudad después del aguacero.

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