Guarne: la eternidad del instante

Por Daniel Santa I.

Las ancianas de aura conventual que se sumergen en las plegarias del susurro parecen almas en pena. Se arrodillan entonces, a la misma hora de siempre, sobre las bancas de madera del templo de Guarne, se inclinan sobre sus brazos, esconden sus rostros milenarios tras el puño de las manos cruzadas, y juegan a la súplica sacrosanta, al cumplimiento de los decretos papales, a interceder por sus muertos como héroes solitarios. Parecen enmarañadas en los escapularios, dormirse parecen en el vaivén de los rosarios y los Dios te salve inacabables, inacabados hasta ahora. Las hay también que se detienen frente al vitral del Cristo caído y emulan con sus labios la oración inmediata de la invocación de los servicios celestiales. Aquel silencio monástico es interrumpido por el golpe de las monedas de un mendigo que van cayendo poco a poco en el cofre de las ofrendas. Había entrado caminando a cuentagotas, persignándose hasta perder la cuenta, arrastrando sus pasos de elefante sobre los baldosines de filigranas verdes y con el sombrero manchado de sudor en alguna de las manos. El ruido más mínimo retumba; el paso impreciso de un cojo, el estornudo de un niño, el choque de una puerta de la sacristía mecida por el viento, el golpeteo de un juego de llaves, y hasta la fragancia prehistórica de las abuelas que rindieron el resto de sus días a los oficios ministeriales. No hay lámparas encendidas porque basta con el brillo natural de las diez de la mañana que se mete a chorros por los vitrales de las doce estaciones. Alrededor, solo alrededor, otros hombres de rostros sin nombre caminan con un periódico bajo el brazo y con las peticiones matutinas bajo el otro. Solo cuando llegan al frente, al altar de luz calurosa, cruzan sus manos e inclinan la cabeza. Entreabren a veces los ojos y miran a ningún sitio, con la misma mirada de los santos de los altares laterales con ornatos de púrpura y oro. Pero no han dejado de caer las monedas del mendigo. Aún está de pie frente al osario donde reposan los restos del presbítero Juan José Henao desde 1914, justo debajo del Cristo caído de las veladoras de ficción que se encienden automáticamente con energía eléctrica cuando caen las monedas en el cofre. Terminó ya; fueron 22 monedas. Todos los laicos se dieron cuenta, no solo por el taz repetitivo del metal con los rostros de los héroes de la patria, sino porque dejó todas las falsas velas encendidas. Entonces, el mendigo tocó el vitral, miró a los ojos al Cristo caído y se persignó nuevamente. Salió luego caminando con sus pasos de elefante dejando la impresión de que un pueblo como Guarne no es pueblo sin un templo como este. Que podrían llevárselo todo: los autos zumbadores, los almacenes modernos, la música de las cafeterías. Todo menos el templo, porque allí los vivos siguen orando por sus muertos, rodeados de muertos como el presbítero Juan José Henao quien duerme desde 1914 bajo el Cristo caído, y al frente del cofre de las ofrendas bulliciosas de las velas de ficción donde el mendigo derramó sus últimas 22 monedas con los rostros de los héroes de la patria.

No. No es como en los otros pueblos de Antioquia. Son las nueve de la mañana y en el parque de Guarne solo se ve una paloma volar. Tal vez dos. Están jugueteando. Cruzan las jardineras a bajo vuelo, esquivan las cabezas de los transeúntes y aterrizan en el atrio principal. Comienzan a danzar, a picotear en círculos las migajas de lo que sea que hayan dejado caer los viejos que salieron a desayunar en las cafeterías. Caminan con pasos menudos y la elegancia de un cisne criollo entre las pantorrillas de las ancianas. Ya son cuatro. Han salido no se sabe de dónde. Será el frío de la mañana el que las tiene sumergidas en sus guaridas de las casas capitales. O será que en este pueblo no hay palomas como en todos los pueblos alrededor. Quién sabe. Se escabullen por las rendijas de las puertas de las panaderías y husmean bajo las vitrinas del pan caliente. Todavía son cuatro. Se escabullen de pronto ante la aparición de un perro callejero. Ya no hay ninguna. Se han ido. Guarne no es como los otros pueblos, en cuyos parques podría haber, aún prematura la mañana, ochenta palomas impertinentes volando de aquí para allá. Sin embargo, al cabo de los minutos, un niño solitario arroja sobre los adoquines un puñado de maíz. ¡El estrépito! Surge de la nada un enjambre de plumas de zumbido caluroso. Se precipitan sobre el niño, se dejan caer de los árboles, asoman sus cabecitas blancas por los caballetes de los tejados, se lanzan en picada desde los aleros de los balcones más altos y se engullen a estrujones el maíz. Es una fiesta. Entusiasmado, el niño solitario lanza otro puñado. Y las pepitas de oro salen rebotando por doquier, y tras ellas las palomas fantasmales, las palomas que se hallaban resguardado del frío y que ahora salieron para darle a Guarne el aspecto de un pueblo normal. Dan saltitos cortos cerciorándose de que no quede nada. En ese momento, solo en ese momento, levantan otra vez el vuelo con sus buches repletos y su aleteo tumultuoso hasta los escondites y los árboles. El niño queda con una sonrisa en el rostro. Persigue con torpeza las cuatro palomas que segundos antes habían estado danzando con su elegancia de cisne criollo entre las pantorrillas de las ancianas. Porque un pueblo sin palomas no es pueblo. A Guarne podrían quitarle los edificios todavía pequeños, el ruido imposible de los talleres de soldadura, las tiendas de artículos tecnológicos, los bustos de los próceres de la Independencia, pero no las palomas que se posan sobre ellos; porque un pueblo sin palomas es como un pueblo sin gentes, o peor, un pueblo sin templo y sin muertos qué recordar.

Pensativo, bajo un letrero de “prohibido fumar”, un hombre con barbas de sabio y ojos menudos termina de fumarse el último cigarrillo. Aspira la bocanada final, intenta contenerla pero no puede, y al instante la expulsa por la nariz en dos chorros de humo blanco. ¡Qué hastío! A nadie le importa la sentencia del letrero; es la vida de un pueblo, el candor de las cafeterías de Guarne; un teatro perpetuo donde es posible quedarse detenido. Gustavo, el propietario, prepara el café sobre una  estufa de gas de dos puestos en un par de olletas que parecen más bien una amalgama sin forma. Lo sirve sobre uno de esos mostradores de madera de las épocas antiguas en cuyo interior se empolvan aún las cajas de aguardiente y otros tantos artilugios irreconocibles por la opacidad del vidrio. A su espalda, en un mostrador de pared, están ordenadas en hilera varias botellas de gaseosa vencida: Lux, Perla, Kola, y otras de Pilsen y Ron Medellín. Dos caperuzas oxidadas cuelgan del techo y se mecen apenas con el poco viento que entra por los portones de las esquinas laterales. La música: Los caminos de la vida, La cama vacía… Óscar Agudelo canta: “por mi parte y mal pudiera decirte que estoy mejor, si al contrario, en mi dolor, postrado en mi lecho abyecto, yo soy un pobre esqueleto que a mí mismo me da horror”. Entonces ingresa un sujeto lánguido con traje de paño gris. Es alto y su cabello blanco. Camina impaciente hasta el mostrador. Gustavo ya le ha servido su tinto. Se lo toma impaciente y en un momento saluda con un gesto del rostro a alguno de los transeúntes que pasan por el frente. En una de las paredes, fijadas con la precisión de un relojero, hay una galería de fotos antiguas del Almacén Británico de Medellín, el Teatro Junín y el primer edificio de la Gobernación de Antioquia. Entonces, otro hombre de aires caribeños que minutos antes había pedido una Coca-Cola, termina de tomarse el último sorbo y dice entre dientes “amén”. Dice “amén” como dicen a esta misma hora las ancianas de aire conventual que interceden por sus muertos de rodillas en el templo, mientras las palomas, las elegantes palomas del parque aguardan el gesto bondadosos de una mano. Mientras tanto, el café de Gustavo nunca deja de hervir en las olletas deformes, y nunca dejan de entrar tampoco los pueblerinos de siempre, a la hora de siempre, con el mismo rostro de siempre jamás, porque da la impresión de que un pueblo como Guarne sin cafeterías y sin hombres que las frecuenten no sería pueblo. Podrían llevarse del pueblo el silbido circular de las ambulancias, el eco remoto de los noticieros en la televisión, las carcajadas resecas de los obreros que cruzan por el frente, pero nunca las cafeterías, nunca los rincones donde suenan sin cesar las canciones de esta vida y la otra, y donde los sabios de ojos menudos y barbas salomónicas se fuman el último cigarrillo bajo el letrero de “prohibido fumar”; amén.

Un pueblo sin viejos como los de Guarne que nunca se mueren, que dejan pasar las horas sentados perpetuamente sobre las butacas del parque, rendidos bajo el sol del mediodía, apacibles, sería una farsa. Miran siempre a no se sabe dónde. Recuestan a un lado los bastones de madera, inclinan las cabezas cubiertas con sombreros de paño y se doblan sobre sí mismos, sobre sus pensamientos ignotos, o en la contemplación de la vida que ya no tienen, la vida que le sobra a los otros que cruzan por el lado. Y de pronto levantan la cabeza y observan, lentamente, la hora indicada del campanario del templo, la cafetería de la esquina, y buscan con el cuerpo, casi por instinto, la sombra dispareja de los árboles que se va corriendo como se corre el sol con el pasar de las horas. Otros, en cambio, van en grupo. Se juntan para parlotear, para mirar las piernas de las muchachas del colegio, para escupir rancios goterones de saliva sobre los adoquines donde las palomas vendrán luego a engullirse las pepitas de oro de la mano bondadosa del niño sonriente. Los hay de todos los tipos: los que hacen carrizo y descargan sus codos sobre la pierna más alta, los que se duermen por momentos indefinidos, los que mastican cualquier cosa que se les haya quedado atascada entre los dientes después del desayuno en las panaderías. Son los nativos, los de siempre, los abuelos de todos y de nadie. Los mismos que salen de casa y se sientan en el parque todos los días, todas las semanas, con el único propósito de aguardar la señal metálica del campanario anunciando la nueva eucaristía ¾digamos nueva aunque sea siempre la misma¾, para ocupar apenas otras bancas, las del templo sin el cual este pueblo no sería tal, y para salir luego a tazar el tercer tinto del día en las cafeterías de las esquinas donde suena la voz anciana de Óscar Agudelo. Los abuelos del parque sostienen, sin excepciones, un aire pasivo. Son la cara del pueblo, la cara de los años perdidos en el pasado. De Guarne podrían llevarse todo; el estruendo de las licuadoras de los restaurantes populares, los motores en combustión de las carpinterías, el continuo martilleo de las nuevas construcciones, pero nunca los viejos abuelos que se juntan en las bancas del parque para parlotear, para mirar las piernas de las muchachas del colegio, para escupir rancios goterones de saliva sobre los adoquines donde las palomas habrán de venir a engullirse las pepitas de oro de la mano bondadosa del niño sonriente, y para dejarse morir de nostalgia por los años gloriosos de la vieja juventud.

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