Prohibido dejar de luchar

Cristian Fernando Duque López, Psicólogo y Magister en Humanidades. Docente Universitario y Conferencista. Especialista en Gestión para el Desarrollo. Email: cristianduque09@gmail.com Cel. 311 361 77 56

“Perder toda esperanza es estar a las puertas del infierno”,

Dante Alighieri

Según la Secretaría Seccional de Salud y Protección Social de Antioquia, el problema del suicidio es un asunto de salud pública; en Colombia 800.000 personas se suicidan cada año. Martha Londoño, epidemióloga de la dependencia de salud, alertó porqué el departamento de Antioquia tiene las tasas más altas del país en suicidios e intentos de suicidio, y entre las subregiones el Oriente tiene el mayor número de agresiones fatales contra la propia vida.

Ver estos datos provoca cierto aire de desconcierto, y surge el cuestionamiento sobre qué tipo de educación y acompañamiento estamos realizando con nuestros niños y jóvenes, cuando son ellos la población con mayores índices estadísticos en atentar contra su propia vida. Quiero que nos enfoquemos solo en tres aspectos que considero importante revisar, para poder empezar a buscar soluciones de fondo que lleven a que esta realidad cambie, y ellos son educación, cultura y religión.

En primer lugar, necesitamos una educación que desde el hogar enseñe a los niños a amar la vida; muchos niños no quieren crecer, porque todo el tiempo ven a sus padres estresados, angustiados y tristes. Así se da lo que en psicología Seligman llamó “desesperanza aprendida”, para referirse al estado en el que las personas piensan que cualquier cosa que hagan será inútil.

Muchos menores hoy crecen sobreprotegidos por sus padres, quienes les hacen sentir que están en el centro de una burbuja de cristal, donde nada les pasará. Así, cuando crecen sienten que su mundo se derrumba ante la primera dificultad y, como no han aprendido estrategias de afrontamiento, creen que la mejor salida es evadir la realidad; a los niños hay que permitirles que se frustren, para que por sí mismos comprendan que en la vida no todo se da como uno quisiera, pero que aun así vale la pena continuar.

Como segundo, estamos en una cultura “Light” donde la idea de una vida sin esfuerzo y sacrificio ha calado tan hondamente que la gente cree que la felicidad va a llegar cómodamente al sofá de su casa, y cuando no ocurre se sienten desafortunados y desgraciados con deseos de morirse. Por otra parte, los medios de comunicación han vendido una idea falsa de una vida de personas perfectas, hermosas, sin dificultades, omitiendo la realidad del sufrimiento, el dolor, la tristeza como parte de la existencia.

Y tercero, genera inquietud que una región donde hay unas tradiciones religiosas tan arraigadas, las personas estén lanzando a la borda el bien más preciado que Dios les ha dado de la vida. Vale la pena revisar de qué manera se están transmitiendo las creencias a las nuevas generaciones, pues de estas surge el propósito que cada persona da a su vida.

Urge recuperar una cultura del cuidado del otro y del cuidado de sí; debemos aprender a tratarnos a nosotros mismos con respeto, a sabernos dignos de amor y dejar de mendigar afecto de quién no merece nuestra atención. Cuidar del otro no es otra cosa que interesarse por los demás, ocuparse de ellos, escucharlos, llamarlos, expresarles lo importantes que son. Sea cual sea tu situación, no dejes que las circunstancias u otras personas te lleven a tomar una decisión equivocada. La vida es para valientes y tú eres uno de ellos, fuiste convocado a la vida con un sentido, atrévete a dar la batalla porque mereces ser feliz, por esto y muchas cosas más, está prohibido dejar de luchar.

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