La galería de los dolores

Por Juan Esteban Trujillo Marín

Hay una calle, suspendida en el tiempo y el espacio, al final de este pueblo que por días parece un barco de casas fantasmas. Calle, que es emblemática por el cementerio de cigarrillos en donde uno camina o intenta caminar, y se llena las suelas de los zapatos de una ceniza negra penetrante; algunos borrachos de noches anteriores intentan flotar para no profanar esas tumbitas de humo, pero mareados caen al suelo y con las horas son arrastrados a las orillas de los garajes grises y olvidados. La calle, o el pasaje o el barrio o el sector, es conocido como La Galería. Supongo, como muchos otros, que se llama así por la cantidad de grandes y pequeños negocios que están dispuestos en corredores de ladrillo y cemento. Tan cercanos entre sí, que hasta los pensamientos se escuchan y poseen mentes ajenas, para luego regresar a sus madrigueras. Y toda la estructura de ese lecho de frutas, verduras y comercio, se vislumbra como una colmena de órdenes casi paranormales e inentendibles. Los camiones se acercan a las aceras, y los conductores sacan su estómago al viento, mientras juegan con un palillo de madera entre los dientes, y cuelgan sus gorras goteando sudor en las palancas de cambios, al ritmo que abren una ventanilla bañada de tierra por donde la luz se intentaba colar. Todo este panorama puede hacerse semejante al de cualquier plaza de mercado, de cualquier pueblo o de cualquier ciudad. Sin embargo, todos los que han pasado por ese espiral rionegrero, caerán conmigo en la cuenta de que se trata de un círculo y un mundo en miniatura, lleno de dolor, angustia y soledad, en donde todas las sombras parecen estar hechas de carne y hueso.

Un hombre fuma cigarro en el portón de una legumbrería. Lo arroja a la tumba gigantesca en que se amontonan todos los demás, y por la manera en como arroja el humo en círculos y figuras varias parece haberse fumado la mitad de ese cementerio él solito. Se ajusta los pantalones y se une un trapo rojo al hombro, levanta las verduras y saca una silla de madera en miniatura. Se sienta y me mira. Sonríe y le faltan casi todos los dientes. Aparta la mirada y, al igual que todos sus gemelos, pierde su movimiento y casi parece perder el conocimiento. Y se queda estático mirando al final de aquél doloroso sitio. Allí, lo único que parece moverse eternamente es la mano del señor que vende los cigarrillos y los minutos. A medida que el día se disuelve, los pillos salen y el olor a aguardiente se reparte como un humo cósmico por toda esa colmena de traición y muerte. La ley o los que juegan a  ser la ley, dicen hacer lo que pueden y esa es la excusa para no hacer nada. Se escuchan murmullos de insultos y grupos de ebrios traman calumnias y montajes. Y mañana desaparecerán a primera hora, dejando sus huellas a lo largo de La Galería. Se aplacarán durante las horas de comercio y visitas, para después volver a tomar forma, como el pequeño infierno de Rionegro. Cada pueblo tiene su Diablo y el nuestro está allí tomando aguardiente vivo.

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