La banda del carro rojo

Las redes sociales y medios noticiosos, con gran despliegue, denunciaron un carro rojo, aún no identificado, que raudo y de manera irresponsable viajó por la vía Las Palmas, hacia la ciudad de Medellín, por el carril contrario, poniendo en riesgo la vida de otros conductores, la de sus posibles acompañantes y la propia.

Este hecho, reprochable, injustificable y que hasta extradición debiera dar, ya no es noticia, se olvidó, sin embargo, en mi caso personal, siempre que veo un carro rojo de esa marca y referencia, me pregunto si es el que por poco ocasiona una tragedia en la vía Las Palmas; con desespero, busco la cara del conductor a ver si descubro rastros de un asesino y suicida en potencia, o más grave, trato de descubrir en su rostro señales que me permitan denunciarlo y resolver la incompetencia de las cámaras de seguridad instaladas en la vía. Estoy preocupado, me contagié del síndrome del estigma, todos los carros rojos son sospechosos.

El estigma tiene muchas definiciones, los sociólogos lo definen como una condición, atributo, rasgo o comportamiento que hace que su portador sea incluido en una categoría social hacia cuyos miembros se genera una respuesta negativa, inaceptable o inferior. Los “estigmatizados” en este país somos muchos, veamos: Los servidores públicos, estamos marcados por la relación directa con el detrimento del patrimonio público, cada actuación es relacionada directamente con el famoso CVY, (Como voy yo) y si es cierto que son muchos los casos donde ese aforismo se cumple, también es cierto que la inmensa mayoría de servidores públicos, poniendo en riesgo hasta la vida, no lo acatamos.

Siguiendo con la función pública, otro estigma lo padece la Justicia. En Colombia, cada fallo, cada investigación, va de la mano de la presunción de culpabilidad. La impartición de justicia en este país es una función seria, legal, respetable y creíble, por eso hagamos caso omiso al escándalo del magistrado Villarraga, quien presuntamente en un acto de cortesía y desprendimiento abrió el camino para que un militar se beneficiara con su juez natural.

Otro caso inédito, lo protagoniza el Alcalde de Bogotá, quien convencido de su inocencia, considera que el mejor camino para ser tratado con justicia, es denunciar a su investigador por presunta persecución en su contra. Contundente argumento para demostrar que actuó en derecho. Por fin los pájaros le tiran a las escopetas, mínimo acto de equilibrio, lo cuestionable es que el Alcalde sugiera que un fallo en su contra, es causa de una ola de violencia como la que propició su antiguo hogar del M-19. El Alcalde es víctima del estigma por buena persona.

Y el último, es la joya de la corona y lo acaba de padecer un gran exponente de la aristocracia criolla, quien a pesar de su religioso origen, vio frustrada su aspiración de perpetuar en el poder su santo apellido, por culpa del estigma de pertenecer a una clase política en declive y no representar bien los ideales de

su mentor. Le gano la plebe. Este señor esta estigmatizado por convivencia, según el libreto de una estigmatizada serie actual de televisión.

Noticia de último momento: Se necesita de manera urgente un cambio de actitud de todos los colombianos. Se debe reaprender los principios y valores que garantizan buen comportamiento, erradicar la doble moral y practicar la coherencia con esos valores.

Por: German Botero – @ganbotero

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