Entre biche y maduro

Las elecciones en Venezuela me recuerdan las tardes del colegio.  Uno terminaba la jornada académica y salía corriendo a comprarle sus productos al señor de los mangos.   El regateo, en aquel entonces, era por dos cosas: el precio del producto y el grado de madurez de la fruta.   El proceso electoral venezolano que culminó con la victoria de Maduro sobre Capriles se parece mucho a la elección de ese mango poco costoso, entre biche y maduro y de un buen tamaño.

En términos del costo social, tengo la impresión de que el vecino país asume un costo exorbitante con la elección de Maduro.  La razón es que un hombre cuyos argumentos políticos para ser elegido presidente se basen en el susurro de un pájaro fantasma (Hugo Chávez), y en el arte de sacar conspiraciones en su contra de su sombrero de mago, no deja de ser una historia tropical que mueve a la risa.  Esto para no ser alarmista y decir que un presidente encerrado en un mundo místico es un motivo de pánico continental.  Mejor dicho, en ese grado de alienación, Maduro, al mando de Venezuela, es como un chimpancé con navaja en el ascensor de un hotel nudista.

Por otro lado, para Maduro nadar en la estela de poder que dejó Hugo Chávez, el “socialista del siglo XXI”, quien ocupó la presidencia desde 1999 hasta su muerte acaecida el pasado mes de marzo, era una jugada maestra.  Era innegable que la fuerza y el carisma que emanaban del fallecido presidente iban a impregnar a su “delfín” de cierto aire mesiánico.  En otras palabras, para Maduro la falta de argumentos políticos fue suplida por la creación de mitos.  Pero Maduro no es Chávez, por más que él mismo se autodenomine el hijo, el sucesor y el heredero del controvertido líder.  Y el problema de creer en pájaros  que hablan es que si el cielo de Venezuela se llega a inundar de estas avecillas proféticas, tarde o temprano una lluvia de excrementos terminará por caer sobre la credulidad del pueblo.

Por otro lado, si el recientemente elegido presidente llegó amparado en la sombra de Chávez, su más cercano oponente,  Henrique Capriles, dejó claro que tenía una poderosa fuerza entre el pueblo venezolano, pero que aún así, estaba todavía muy “biche” para ceñirse la franja presidencial.  Sus ataques infantiles y sus insultos a Maduro no lo dejaban muy bien parado como posible gobernante de un país con la dinámica y  las características de Venezuela.  Lo verdaderamente curioso es que el pueblo asistiera divertido a este espectáculo, como si lo que estuviera en juego fuera una pelea en el patio de una escuela y no el futuro de un país.

Definitivamente, algo pasa en Venezuela porque sus habitantes no alcanzan a dimensionar la talla de una decisión democrática como la que tomaron el pasado domingo.  Lo anterior no quiere decir que en Colombia estemos a salvo de tropicalismos y chabacanerías, claro que no, pero ese es tema para otra columna.  Lo cierto es que Maduro obtuvo un triunfo electoral justo… Sí, justo en la cara de un pueblo embriagado de populismo, circo y orgasmos mentales de líderes sin argumentos.

Amanecerá y veremos; la verdad histórica es que los pueblos tienen el gobernante que se merecen. Nuestros vecinos eligieron a Maduro y ellos serán quienes lo tengan que sufrir. La democracia es así, pero que duele… duele.  Eso sí, una duda subsiste: ¿será que el sistema democrático venezolano está “maduro”?   Y remato al mejor estilo de reality colombiano: “La tribu se ha  pronunciado: Capriles, ya puedes apagar tu antorcha.”

Por: Carlos Eduardo Vásquez – cvasquez@uco.edu.co

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