El Norteño, un artista itinerante

Por: Juan Camilo Gallego Castro


A Lubín Holguín no le preocupó aquella noche de domingo en la que cantó en El Show de las Estrellas que la mañana siguiente tendría que madrugar a vender sus cedes en buses que serpentean la autopista Medellín-Bogotá.

Fue el momento más feliz de su vida. Y lo sabía. Fue el instante dorado en el que lo envolvió la satisfacción de verse frente a Jorge Barón y escuchar el grito al unísono que decía: ¡Norteño, Norteño! Ese día es la lumbre que ilumina sus recuerdos; el sitio al cual desea regresar una vez deje de vender su música viajando kilómetros entre pueblo y pueblo, entre buses y buses.

Son las ocho de la noche y nos encontramos en una cafetería en el parque de Marinilla, un pueblo frío ubicado a una hora de Medellín. Lubín Holguín -31 años, cuerpo rollizo, mejillas abundantes y sonrosadas, y padre de familia- pide un café con almojábana y se resiente de su garganta. Quienes lo conocen lo llaman Norteño. Él sonríe, se siente importante.

En el suelo, apretada con sus botas negras, sostiene una bolsa con un bafle oscuro en su interior. Hasta hace pocos minutos estaba en la autopista interpretando una de sus 32 canciones a bordo de un bus.

Guarda su sonrisa y saca de un rincón el pensamiento que lo corroe en los días difíciles.

-A veces uno se desilusiona. Si me dicen que tengo madera, ¿por qué hasta ahora no tengo un patrocinador? Dicen que Marinilla es una ciudad de talento musical, pero con gracias y felicitaciones no vivo y no mantengo a mi familia- dice, con voz baja en la cafetería.

Su rostro muestra una expresión adusta. Imagino que muchos días llega a casa desilusionado. Aunque dedicarse a sus canciones y a sus anhelos es mejor y más satisfactorio que raspar coca o vender gasolina de contrabando, como debió hacerlo en su juventud, los tropiezos con la música son innegables.

-Soy muy poca cosa para mucha gente porque trabajo en los buses. Para muchos es un desprestigio. Imagínese que una vez el alcalde de San Luis, el pueblo en el que nací, dijo que cómo iban a llamar a un gamín a las Fiestas de la Madera.

 

Sentado frente al Norteño me percato de lo bien que sabe interpretar su papel artístico: viste chaqueta negra, camisa gris a rayas y botas oscuras; en la cintura una gruesa correa con una chapa gigante con la cabeza de un toro. Está bañado en plata: una gruesa cadena en el cuello, una pulsera en su mano derecha y tres anillos repartidos entre sus dedos. Esta vez dejó el sombrero en casa y prefirió engominar el cabello hacia atrás. Es evidente que no solo canta por vender en los buses, sino que se muestra como quien es, el Norteño Paisa, como un hombre que interpreta corridos y le canta a desplazados, secuestrados, a la guerra y la paz, a su hija, a su familia, a los problemas de su región; aunque también hace honor en otras canciones a los temas característicos de este género musical: las mujeres, el desamor y el licor.

De pronto, mirando a su alrededor, el Norteño retorna a la alegría mientras apura un trago de café.

-Por primera vez se me salieron las lágrimas cantando una canción- dice, llevando como pinzas los dedos a sus ojos, recordando una de las historias de la tarde.

De pie, mientras cantaba “Al son de guitarras”, con el bafle negro adherido a su hombro y el dedo índice de su mano izquierda al aire como queriendo enfatizar en  fragmento de su canción, los ojos se le humedecieron.

“Que se escuchen sonar las guitarras,/ bien acompañadas de humo y licor;/ que en la mesa no falte cerveza,/ también las botellas de aguardiente y ron./ Porque traigo un dolor en mi alma/ que me está matando y culpable no soy./ Me dejó cuando más la quería…”

 

De repente, un par de lágrimas brotaron hacia sus mejillas abultadas. Al final, secó su cara con la manga de la camisa, miró a los pasajeros y les ofreció sus dos trabajos musicales: Dos cedes, envueltos en papeles azul y negro y cubiertos con un plástico, con el nombre en letras amarillas de “Lubín Holguín, el Norteño Paisa”, y en el respaldo la lista de sus canciones.

-¡Ay, como canta de lindo y con todo ese sentimiento que hasta llora!- le dijo una mujer con una sonrisa en su piel surcada y un billete de cinco mil pesos en una de sus manos.

Ahora, mientras remoja la almojábana en el café, Lubín habla con voz carrasposa: “Estoy tan congestionado, que por eso se me salieron las lágrimas cuando cantaba en el bus”, dice, y de inmediato suelta una risotada recordando las palabras de la mujer: “Tenía tantas ganas de estornudar que por aguantarme es que lloré”.
Hace tres años decidió cantar en los buses y vender allí su producción musical. Se niega a dedicarse a otro oficio, porque para un hombre como él, a estas alturas de la vida no puede darse el lujo de renunciar a sus sueños, de desperdiciar todo lo que ha aprendido con la música, de decirle no al anhelo que tuvo desde niño.

Y como no se iba a quedar esperando alguien que lo impulsara hacia el éxito, pensó que entre buses y pueblos vendería sus cedes; y así ha financiado su carrera artística y ha mantenido a su familia. Cuando sale de casa, por su mente cruzan innumerables sentimientos: muerde el polvo esperando un patrocinador, aunque saborea el orgullo y la satisfacción recordando el reconocimiento de los suyos y la presentación que hizo en 2012 en El Show de las Estrellas, en Marinilla.

Aquel fin de semana, recuerda ahora con la espalda recta y una sonrisa que gana terreno entre su cara redonda, el alcalde Gildardo Hurtado y Jorge Barón lo llamaron a su casa. En cuestión de segundos le explicaron que habían elegido sus canciones para cerrar el espectáculo. La noche del domingo era el inicio de su éxito, el día en el que dejaría de salir a cantar en vehículos de transporte público. Pero la nube de su imaginación se desvaneció en la madrugada.

El Norteño, asegura con emoción, esperaba interpretar “Doble traición”, la historia de un tipo rico que le tendió la mano a su amigo y este se quedó con su mujer; Barón fue enfático en que quería que cantara “El orgullo de un desplazado”, su primera composición, y “Canto a la libertad”, en honor a los secuestrados. Y así lo hizo. Al día siguiente cambió el trono que había soñado por el banquillo terrenal desde el que sigue cantando para regresar a su cima.

***

A los ocho años de edad Lubín interpretó su primera canción norteña. Al final de una tarde, de pie sobre el cadáver de un tronco talado, levantó sus manos oscurecidas con la tierra y se dirigió hacia el campo, alzó la voz y suplantó por unos minutos el trino de sinsontes, carpinteros y azulejos. Esa tarde decidió que sería un cantante, un norteño. Entonó una canción mientras el sol caía en el sueño y las chicharras comenzaban su concierto.

Lo hizo cuando había terminado de arrancar yuca con su papá. Imaginó los huecos en la tierra negra como los espectadores de su voz chillona y sentimental. Era su público imaginario en una vereda de San Luis, un pueblo del Oriente antioqueño, entre bosques húmedos y ríos empedrados.

-El único canto que quiero escuchar es el de la rula- le decía su papá, enojado, porque no quería que su hijo perdiera el tiempo creyéndose cantante.

Así y con todos los regaños, Lubín nunca dejó de cantar. Soñaba con ser un artista, un bohemio popular en todos los pueblos. Un cantante. Cuando raspó coca nadie lo callaba. Allá en el Caquetá y Putumayo, en donde estuvo casi una década, le pedían que continuara cantando para no quedar en silencio en medio de la selva; cuando prestó servicio militar en el Ejército se hizo el artista de los soldados y en la Universidad Autónoma Latinoamericana, en Medellín, en donde fue vigilante, su voz se hacía eco entre los pasillos vacíos y oscuros en la noche.

***

Los gritos histéricos de su canto se perdieron pronto con la bruma que palidece las montañas de la vereda La Garrucha en San Luis. Escuchar sus palabras cuando el café se agotó en el vaso y las últimas gotas humedece sus labios, me permiten entender con claridad el tema de sus canciones.

A los nueve años su papá decidió echarlo de la casa. Por aquel tiempo un adolescente de 15 años lo invitó a jugar fútbol con otros en la cancha de la escuela. Al negarse lo golpearon, y la respuesta de la profesora ante su denuncia fue: “defiéndase como pueda”

Y en efecto lo hizo, con una piedra directo a la cabeza del joven que amenazaba con pegarle de nuevo. Le abrió una herida de donde manaba sangre como agua en su región. Lo expulsaron de la escuela y de la casa. En la autopista, con dirección al río Magdalena esperó a que un camión se detuviera y lo llevara a cualquier lugar. Terminó en Caquetá, en el Sur del país, en donde raspó coca, y, seis meses después, en La Hormiga, Putumayo, en donde estuvo hasta que cumplió 17 años.

Creció lejos de su familia y regresó casi una década después cuando creían que había muerto en algún lugar. Al volver a San Luis hizo mantenimiento en la autopista Medellín-Bogotá y, más tarde, vendiendo gasolina de contrabando cerca de su pueblo. Fue un negocio rentable hasta que en el año 2000 las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio–ACMM- ordenaron evacuar las viviendas ubicadas a menos de un kilómetro de distancia de la autopista Medellín-Bogotá, entre Alto Bonito (El Santuario) y Río Claro. Ese día entendió que su destino no estaría en su pueblo, sino lejos de él.

Así llegó a Marinilla, uno de los municipios del Oriente antioqueño que más desplazados recibió de la región. Entre filas y filas recibió la carta que lo confirmó como un desplazado más del conflicto armado en Colombia. Por aquellos días en un papel suelto escribió “El orgullo de un desplazado”, su primera canción, que se convirtió en el himno entre quienes padecían su drama y en una de las canciones que interpretó aquella noche soñada en El Show de las Estrellas.

Me siento muy orgulloso / por ser un buen campesino, / trabajando siempre duro / conseguí lo que he querido. / Gracias a Dios doy por todo, / soy un hombre agradecido./ Con la violencia en mi pueblo, / dejamos tierras y cultivos, / mucha gente está sufriendo/ porque todo lo han perdido,/ otros ya se establecieron, /les tocó un nuevo destino.

 

Mientras recuerda su historia, espero escuchar algún quejido, un lamento. Pero no, él no reniega de su pasado, de su familia. Se asegura de que su niña Juliana Marcela no tenga que sufrir como le tocó a él. La vida es así, me parece leer en su mirada. Convierte las tragedias en los temas de sus canciones.

El Norteño no soporta hablar de su vida sin cantar una pequeña estrofa de sus canciones. Hace minutos terminó su café y necesita mostrar su talento. Del suelo levanta el bafle negro en el que nace la música de sus canciones, conecta una memoria USB y confirma antes de empezar que su segundo trabajo musical, “Al son de guitarras”, no tiene canción mala. Sobre la mesa metálica deja sus dos cedes y, tal vez buscándolo, se convierte en el protagonista de la cafetería cuando sube el volumen. Le brilla la cara, los ojos se iluminan, la voz crece y crece y la música de fondo, de una emisora de Rionegro, se rinde ante el canto del norteño.

A todos los secuestrados que se encuentran en la selva/ Reciban un gran saludo de una población entera/ Y que Colombia muy pronto la liberación espera./ A los captores les pido que piensen y consideren/ Son personas inocentes pagando lo que no deben/ Es la injusticia más grande/ Que están cometiendo ustedes./ Yo siempre he dicho lo mismo/ La libertad en esta vida, para mí es lo más sagrado/ Cuándo será que liberan/ A todos los secuestrados.

***

Desde las 10 de la noche, cuando cerraban la Universidad Autonóma Latinoamerica, Lubín cantaba hasta la madrugada. Caminaba entre los pasillos, con la escopeta en la espalda, inventando canciones e interpretando la música de otros artistas. No necesitaba micrófonos ni altavoces para cantar. En el edificio se encerraba su voz con letras melancólicas, cerraba los ojos e imaginaba sus seguidores, las rocolas de las cantinas con sus canciones; alzaba las manos saludando su público y agachaba el torso para rendirse ante quienes lo aplaudían.

En una de aquellas jornadas interpretó “El orgullo de un desplazado”. En su mente imaginaba el acordeón y las guitarras que acompañaban su voz. A mitad de la noche, entre el eco y la oscuridad apareció la silueta de un hombre. Las palabras se le escaparon y quedó petrificado como si ante sí hubiera un fantasma.

-¿Por qué se queda callado, hombre?- le dijo uno de los docentes que se había quedado dormido en su oficina-. Tenga estos 20 mil pesos para que siga cantando así de bonito.

Días después, el profesor se le acercó a Lubín. Le explicó que había acordado con un estudio para que grabara su primera canción. Tres semanas después, con la ayuda de un hermano y un amigo, grabó dos más. En ese momento, recuerda ahora, tenía tres canciones y se hacía a la idea de que lo suyo era la música norteña y no la vigilancia, de que haber cantado de niño en las tierras de San Luis no era una utopía sino un augurio de que su futuro estaría entre tarimas y estudios.

A casa llegaba entusiasmado con su promisoria carrera musical. A cada instante se repetía que el público que había soñado en el huerto de su papá dejaría de ser una fantasía. Entre sus compañeros Lubín se convirtió en el Norteño, en el cantante, en el artista. El vigilante-cantante. No dudó en componer una canción al oficio que desempeñó por tres años y en dedicársela a quienes trabajaron con él: “Para todos mis compañeros en Atlas Seguridad”.

Soy colombiano, de corazón lo digo/ A mucha honra, hijo de un muy buen campesino/ Soy vigilante y no lo niego, mi hermano./ Sirviéndole a la gente me verán uniformado./ Los vigilantes trabajan con mucho honor./ Y de mi parte mi respeto para ellos,/ Pues estos hombres trabajan con mucho amor./ No los ignoren, ellos merecen respeto.

Ante algunas directivas de la universidad y la empresa de seguridad llegó la noticia de que había un vigilante dedicado a la música, un vozarrón que despertaba los fantasmas de la noche, un empleado que recurría a las canciones para sentirse acompañado en su jornada laboral. Lo citaron.

-Lubín, nosotros sabemos que está cantando y que trabaja para nosotros. Pero aquí necesitamos que se enfoque en una sola cosa –le dijeron-. Elija si continúa con la empresa o se dedica a la música.

La pregunta lo dejó frío. De inmediato pensó en su esposa y en su hija Juliana Marcela. ¿De qué vamos a vivir?, se preguntó. Segundos después agradeció por la oportunidad de trabajar, embebido por el orgullo, pero afirmó que prefería dedicarse a su sueño: cantar.

-Los pajaritos no trabajan, pero tienen su diario- explica ahora Lubín ante la mirada atenta de varias personas en la cafetería que hace unos minutos prestaron atención a su monólogo.

Los ahorros no alcanzaron por mucho tiempo. “Cuando se acabó el billete, se puso Cristo a padecer”, recuerda. Entonces decidió vender películas y música, en donde camuflaba sus canciones, como si se tratara de un cantante desconocido. Como su producción se vendía, se empeñó en componer y grabar más. Tiempo después lo único que ofrecía era su música, las canciones de Lubín Holguín, el Norteño Paisa.

***

-En los buses no me gusta pedir un aporte; sólo vender mis cedes- dice ahora Lubín-. Si apenas tienen mil, yo se los doy. La ayuda más grande que puedo tener es que escuchen mis canciones.

Hace días, recuerda, abordó un bus que se dirigía hacia Cocorná. Cuando terminó su función, un anciano le dijo que cantaba muy bueno, pero que tenía dos mil pesos para comprar la panela para llevar a la casa. Lubín le sonrió al viejo y le entregó sus discos sin recibir el billete a cambio.

-Pero que sí escuche mis canciones- le dijo.

-Pues claro, hombre, allá en la vereda solo se va a escuchar a Lubín Holguín, el Norteño Paisa- le respondió con una sonrisa de agradecimiento.

En este punto, Lubín explica que sabe que en municipios como Cocorná, San Francisco, San Luis, Granada y San Carlos, hay personas de muy pocos recursos. En su mayoría campesinos que escuchan carrilera y rancheras en sus fincas y que tienen poco dinero para comprarle su trabajo.

Sin mediar pregunta, atravesado por el recuerdo que surge y que debe nombrarse antes de que se esfume, habla de su mejor concierto, de aquel día en el que desconocidos cantaron sus canciones con cervezas y aguardiente en sus manos.

-En Aquitania me recibieron como un héroe. Había mucha gente en el parque esperándome- rememora paseando sus dedos por los cedes que reposan en la mesa metálica y helada.

Cuando arribó a Aquitania, un corregimiento de San Francisco azotado por las guerrillas y los paramilitares, no se imaginó que todo el público que lo rodeaba se había citado justamente para verlo y escucharlo cantar.

-Es que allá se escucha mucho mi música. Como han sufrido tanto por la violencia, por eso les gustan mis canciones.

Y no se hizo esperar la ovación a “Canto a la libertad” y “El orgullo de un desplazado”. Se percató cómo tantas personas sabían de memoria sus canciones. Allí, sobre la tarima, el Norteño confirmó que el haber cantado sobre el tronco del huerto de su papá fue la corazonada que lo guió a convertirse en artista musical. Valía la pena continuar cantando mientras más paisanos escucharan sus canciones. En este punto esboza una sonrisa que hace brillar sus pómulos.

-Todo el mundo me daba la mano, y como yo no soy nadie también se las daba. Imagínese que hicieron una malla humana y me tiraban hacia lo alto. Ese día llevé 150 cedes y se vendieron todos. Me quedé con una imagen muy bonita de allá. Es que Aquitania tiene un espíritu muy bacano, no por lo físico sino por la gente.

***

El Norteño ha perdido la cuenta del número de discos vendidos durante su carrera artística.

-Ese número se me salió de las manos. He vendido un montón- afirma con satisfacción.

En sus manos carga con ansiedad el bafle esperando el momento para interpretar otra de sus canciones pero el tiempo se agota y se acerca la hora de cierre de la cafetería.

En 2008 lanzó su primer trabajo musical con diez temas; aún hoy lo sigue vendiendo. Mientras que en 2012 presentó su álbum “Al son de guitarras”, compuesto por 20 canciones y más de diez mil copias vendidas en diferentes escenarios. ¡Vaya cantidad!, pienso. A la vez, tiene dos videos musicales en Youtube con dos de sus canciones más importantes.

Mientras analizo el dato, prende de nuevo el bafle y se dedica a la canción que compuso para su hija, “La dueña de mi vida”.

Hoy nuevamente me siento enamorado, /estoy ilusionado y es lo más sagrado que yo puedo tener./ La conocí tan frágil y pequeña/ Se convirtió en la dueña de mi vida y mi ser/ Es mi hija para mí la más hermosa, / bella como una rosa, dulce como la miel.

En las mesas alrededor hacen silencio y voltean sus miradas hacia el Norteño. Él se percata del protagonismo y sube un poco el volumen de su bafle y canta con más fuerza. A continuación uno de los empleados de la cafetería reduce en el local el volumen de la emisora.

Es el tesoro más grande de mi vida/ Me colma de alegría, es el amor más fiel/ Mis esfuerzos son todos para ella/ Quiero que mi doncella siempre sea feliz/ Que esté tranquila y libre como el viento/ Yo viviré contento viéndola sonreír.

Y luego hace la dedicación: “Juliana Marcela, que Dios te bendiga todos los días de tu vida, te amo con todo mi corazón”.

Algunos lo miran con admiración, otros con curiosidad, unos pocos deslizan una sonrisa. Lo cierto es que es experto en hacerse notar. A continuación, antes de que cante otra de sus canciones, me explica que sueña con convertirse en un artista popular, uno de esos grandes que se escuchan en todas las emisoras, de aquellos que son invitados a las fiestas, de los que son entrevistados en televisión.

-Más  adelante  quiero ser  como Jhonny  Rivera,  si Dios quiere, ser  un  Charrito Negro, ser  una  leyenda  con la  ayuda  de  Dios  y  de  mi  pueblo  colombiano- afirma con tesón, confirmando el sueño de su vida, devolviéndose al niño que cantaba en una vereda de San Luis, en el raspachín de coca en el Sur del país que acompañaba los días con su voz, en el soldado que cantaba entre el pelotón, en el vigilante que despertaba la noche con sus letras tristes y reflexivas, compuestas por tragedias de tantos colombianos que como él que han sido víctimas de la violencia.

Confirmo que está seguro de lo quiere, de lo que sueña. De inmediato recuerdo lo que me dijo cuando le hablé por primera vez por teléfono: “Es que si yo me meto a trabajar a una empresa, eso implica renunciar a los sueños, y los sueños no se negocian”.

Nos levantamos de la mesa y nos despedimos en la calle. Mientras caminamos sobre la acera, saluda a un amigo y su esposa.

-Muéstreme pues la última canción que grabó- le dice este.

De inmediato, Lubín no oculta su emoción por volver a cantar y ser escuchado, por mostrar su trabajo, por sentir que lo suyo vale la pena. Prende su bafle y canta a pedido, de pie, con su cara iluminada, como el niño que se dirigía al campo cuando terminaba su jornada laboral en un huerto de San Luis, como el artista que llegó a su cima cuando cantó en el show musical más longevo del país y que al día siguiente regresó a la calle a vender sus canciones.

Foto: Diego González.

 

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