Al despertar: la guerra

La historia de una desmovilizada antes, durante, y después de la entrada al ELN.


Un tiro en seco despertó a Lorena de un sueño profundo. Sin más que la ropa que llevaba puesta y su fusil en mano empezó a correr, al tiempo que  esquivaba los pedazos de casa que iban cayendo al suelo como piezas de rompecabezas. El sol, apenas estaba despertando aquella mañana en que la muerte tomó de la mano a la joven guerrillera y huyeron juntas, mientras, entre los cafetales de Aguadas Caldas se fue quedando el registro de una guerra vencida.

Esta vez, con la muerte a su lado regresó donde la familia que un día siguió sus rastros por las montañas y puso en peligro su vida, con la esperanza de arrancarla de las manos del ELN y regresar con ella a casa; sin embargo fue más fuerte el capricho de una jovencita, que las súplicas y consejos de unos padres abatidos.

Pues bien, a pesar que su madre la mantenía azotada, por todo la regañaba o le pegaba, jamás en la vida lo había hecho de la manera en que en aquel diciembre su padre lo hizo  por primera y última vez. La ausencia de su madre, la presencia de inquilinos en su casa y unas cuantas monedas se confabularon aquella mañana, para que las huellas de una paliza con machete cambiaran el rumbo de una vida y la lanzaran a la deriva.

Pasados tres días de aquel suceso, Lorena, aún con las piernas y la espalda adoloridas vio en una visita sorpresa la salida a su tristeza. Apenas llegaron a su casa unos cuantos hombres de la guerrilla, con camuflados y botas llenas de pantano para pedirle limones a Margarita, su madre, corrió a ocultarse tras las pesebreras de los  caballos y sin tener que esperar, se encontró de frente con uno de ellos y le pidió que la llevará para allá.

Ella pensaba que al estar en ese grupo armado solo tenía que pelear con el ejército, aguantar mucha hambre, andar y correr por las montañas, pero que allí podría ser feliz, porque a todos los milicianos que pasaban por su casa los veía a toda hora muy alegres, silbando, despreocupados, por lo cual se le ocurrió que seguramente el estar allá no era tan duro o al menos sería mejor que seguir viviendo bajo las reglas de su casa.

Aquel hombre armado, mientras cogía algunos limones prestaba poco caso a las palabras de la chica cuidándose de no pincharse un dedo. Ella por poco casi se arrodilla para que la llevara con él en aquella tarde de diciembre a vísperas de los traídos del niño Dios. A pesar de la negación de éste porque apenas la joven alcanzaba los quince años y podía meterse en un problema al llevarla, le puso una condición que sin pensarlo ella aceptó.

Ahora con novio y la promesa de esperar a la media noche por la carroza que la llevaría a cumplir sus sueños, corrió a empacar teniendo mucho cuidado de que nadie la fuese a descubrir porque su idea era irse sin que nadie jamás volviera a verla ni supiera a dónde se fue.

Su hermano nunca volvió a ver las botas de caucho porque ella las tomó prestadas; empacó medias, talco, interiores, desodorante y dispuso todo en un bolso que ocultó en las afueras de la casa para que nadie sospechara. Los ahorros que había recogido al vender la chicha que hacía con su hermana los llevó y una prima que estaba de vacaciones en su casa, también se antojó de escaparse con ella.

Por la ventana de su habitación observaba como la noche se hacía más oscura cada vez y le parecía que el reloj tardaba demasiado en dar cada vuelta. Sin embargo, después de la espera y sin que los gallos cantaran todavía, se puso una sudadera negra y una camiseta sencilla y llamó a su prima que dormía mientras tanto. Ya es hora, le dijo. Se levantaron y caminaron descalzas con maña hasta la salida con las botas en la mano, abrieron la puerta y en la casa nunca nadie supo a qué hora salieron.

Lorena no volteó su rostro para observar todo lo que dejaba atrás. Su casa, una finca de madera bien aserrada, techo de zinc, de dos pisos, árboles a su alrededor y animales como vacas, gallinas, conejos y cerdos, no causaron en ella ninguna nostalgia, pues la aventura que comenzaba le era más interesante, pero cuando llegaron al punto acordado no había nadie allí. El resto de la noche la pasaron bajo el frío y la duda de si todo era una mentira y nadie llegaría por ellas.

Al otro día, escucharon la voz de alguien que comentaba con quienes pasaban, que por ahí iba doña Margarita, la madre de Lorena,  con Huber a buscarla porque se había volado de la casa lo cual aumentaba su incertidumbre de no poder cumplir su objetivo.

Al rato llegaron algunos hombres, entre ellos quien le había hecho la promesa de llevarle con él y marcharon por las trincheras sin descanso hasta la noche.

Dos días de camino recorrieron para llegar al destino, un campamento, donde sin más espera pusieron en sus manos un arma; aprender a armarla y desarmarla era lo importante. Los juguetes que nunca tuvo ahora eran reemplazados por un arma de verdad para luchar con el ejército al que pertenecía su hermano. Al otro día llegó su familia a donde ella estaba pero tuvieron que volverse con las manos vacías, bueno, su prima sí quiso volver a casa.

Doña Margarita, en ese momento desconoció en ella la niña inocente que había visto nacer en aquellas montañas de El Porvenir, vereda de San francisco, hasta el nombre ya se lo había cambiado, ahora se llamaba Verónica.

Su madre todavía sigue creyendo que a su hija la amenazaron con matarla para que no se devolviera del campamento, pero Lorena misma reconoce que aunque extrañaba la casa no sintió ganas de regresarse con sus padres y se quedó allí por su propia voluntad.

Los primeros trece años de su vida los vivió en la finca, propia de sus padres y junto a sus cinco hermanos. Aunque no tenían luz ni acueducto, tenía en el hogar lo necesario para vivir como una persona acomodada, pues la mayor parte de comida la producían en su propia casa y ella no tenía que preocuparse sino por jugar y estudiar.

La vereda quedaba a ocho horas de camino a pie o a caballo del municipio, pero su padre solo iba a comprar de vez en cuando lo que no tenían en casa, por caminos de herradura, pues no había carretera y por ende transporte tampoco. Sin embargo asistía a la guardería que había cercana a su casa todos los días y  aún en su memoria resuena aquel verso  que había de repetir cada día.

La muñeca rubia no tiene papá,

Pobre muñequita quién la cuidará,

Yo para mi casa me la llevaré,

Muy limpia y aseada yo la mantendré,

Le pondré zapatos y medias también,

Y una gorrita de color café. 

Cuando fue creciendo empezó a ayudarle a su madre en los quehaceres de la casa, pues como tenían cultivos de papa, yuca, plátano, fríjol y hasta coca, tenían alrededor de quince trabajadores diario para darles de comer; en ocasiones debía de levantarse a las tres o cuatro de la mañana a moler maíz, oficio que más detestaba realizar y se turnaba con sus otros hermanos. También pilaba el maíz para la mazamorra, una de sus comidas favoritas junto con los fríjoles.

Si bien su madre opina lo contrario, Lorena afirma nunca haber sido una buena estudiante. Le iba mal en las matemáticas, y por si fuera poco los compañeritos le votaban los cuadernos, se burlaban de ella, a toda hora era la bobita del salón y aunque le rogaba a la mamá que la dejara en casa mejor, terminó su primaria en aquella escuela de color rosado con blanco, con una cancha de tierra y un aro de baloncesto que trataba de imitar los que se veían en la tele.

Sin embargo, alguna vez tuvo la oportunidad de vengarse de aquella niña maldadosa que desaparecía sus cuadernos, así pues,  una mañana en que se sentó a desayunar en la escuela junto a otros compañeros y había un bolso  solitario alguien afirmó que era de Elda, miraron lo que había llevado de desayuno, lo comieron y no contentos con ello hicieron popó en la coca y la empacaron de nuevo en el morral. Ella reconoce que disfrutó realmente cuando vio a la niña lanzar la coca por los aires. 

Un maleficio que le arrebató su inocencia

Poco tiempo después esta sonrisa de maldad se borró de su rostro. En el pueblo alguien grabó en cada centímetro de su cuerpo de adolescente, las huellas imborrables de una primera vez que nunca deseó. A Lorena la violaron con apenas trece años y una vida por delante.

Todo empezó cuando estando de visita donde un tío de la chica, empezó a presentar mucho sueño en el día y en la noche, y el genio le dio vueltas, se volvió rebelde, desobediente e insoportable.

Su madre preocupada por ella le contó a la cuñada y esta de inmediato le dijo saber de alguien que la podría ayudar. Por aquellos días, un hombre se había instalado en San Francisco y rápidamente cogió la fama de curar todos los maleficios que azotaran la población; así que esta era la solución posible para remediar lo que le sucedía a la Lorena, entonces doña Margarita confiada se fue a la finca y dejó a su hija en las manos que supuestamente se la devolverían a salvo.

Todos los días Lorena era mandada al consultorio del Hierbatero, algunas veces su primito la acompañaba, otras no. Este lugar era demasiado pequeño y cortinas por todos lados impedían reconocer las divisiones y observar qué había allí. Estaba  ubicado en un segundo piso y debajo quedaba la emisora del pueblo. Desde el primer día aquel hombre empezó a tocarle las piernas y ella solo se corría un poco, nunca le recriminaba nada ni le comentaba a nadie.

Cada sesión llevaba una soda y un billete en el que un día salió el rostro de quien aparentemente le habría hecho un maleficio con tierra de cementerio y él  prometía sacárselo poco a poco; pero para poder hacerlo, el cuarto día simplemente le dijo quítese la ropa que tengo que hacerle un lavado para ello. Ella apenada porque aparte de su madre nunca nadie la había visto desnuda, lo hizo sin mediar palabra.

En un cuarto a media luz y con hierbas hasta en el techo, llamaba la atención una coca humeante en el centro. El señor le indicó que se sentara allí para absorber el vapor hacia adentro y apenas se paró de allí el agua estaba de color negro. Después, la llevó a una pequeña cama en la que en cada esquina ubicó un trozo de tabaco y los encendió, el humo se encargó de ocultarle el conocimiento a Lorena durante horas y desapareció de la faz de la tierra a quien robó su niñez.

Los gritos ahogados casi no se alcanzaban a escuchar tras los muros y no tenía como salir de allí, pues el señor había tenido tiempo de dejar la puerta con seguro y no existieron ventanas que pudiera abrir. Sentada en la misma cama marcada con su sangre y su dolor tomó un poco de fuerzas para gritar más duro hasta que después de horas la sacaron, bañada en lágrimas y vencida por el rencor.

Los familiares de Lorena buscaron ayuda en la guerrilla para vengarse pero no pudieron encontrar nunca el ladrón de su niñez. Desde ese momento ella solo trata de armar en su mente como habría sido una primera vez con los ojos abiertos y el primer amor de su vida. Rascando su cabeza y con la mirada puesta en la nada llora aún por lo que nunca pudo ser.

Regresó a casa y lloró durante días enteros, casi ni comía ni hablaba con nadie. Su hermana no tenía que pelear con ella por la grabadora porque ni su canción favorita quería escuchar más. Tierra era una palabra que quería borrar de su vocabulario y aquel vallenato Tierra mala durante años lo suprimió de su memoria.  Hasta la idea de querer ser enfermera la dejó de lado.

De alguna u otra forma terminó hasta quinto de primaria en la escuela de la vereda, pero le tocó quedarse en casa por dos años sin poder avanzar a la secundaria como otros de sus hermanos, pues en el pueblo no la dejaban quedarse sola en una casita que tenían, sin embargo, una señora conocida de doña Margarita la recibió a cambio de que su madre le llevara de vez en cuando, alimentos de los que cultivaban en el campo.

Allá inició sexto obteniendo buenas calificaciones y dejó en la vereda la timidez que la caracterizó en la infancia. Por primera vez tuvo la oportunidad de montarse en una bicicleta, pues los policías que conoció por medio de unas amigas le prestaban una y le trataban de enseñar, pero por más que intentó siempre chocaba contra los muros y jamás aprendió.

Ahora en su vida había cosas nuevas que aprender, vestida de camuflado, con las botas de su hermano y con una gorra en su cabeza que ocultaba su larga cabellera negra, formaba ya parte del ELN y dejando el colegio a un lado, conoció por primera vez el amor y no precisamente en el joven que la llevó hasta allí, con él cortó a los cinco días de haber llegado, incluso nunca se dieron siquiera un beso de gratitud.

Cuando conoció a Felipe y se le entregó por primera vez en su vida, aferró su corazón a él durante los años que estuvo participando del grupo armado. Siempre estaba con ella en las buenas y malas, cuando estaba enferma, triste o cuando sentía que no podía más. Una vez que por poco se ahoga en el río Samaná, él le salvó la vida. A pesar que Lorena sabía nadar muy bien, pues esta destreza la había adquirido durante los entrenamientos, fue más fuerte la corriente que sus propias fuerzas y no pudo llegar al otro lado como otras veces y perdió la carrera que estaba apostando.

Con él siempre quiso tener un hijo que los alejara de la guerra pero nunca se les dio la oportunidad. Felipe pensaba que un hijo sería como un imán que los llevara a donde estuviera y Lorena estaba de acuerdo con él. Sentían ambos el mismo deseo de estar juntos para siempre pero la sangre de hermanos pudo más que el amor del corazón, pues precisamente, un hermano de Lorena que también pertenecía al ELN, estaba corriendo peligro por hablar continuamente con su hermano que estaba en el ejército.

Durante días estuvieron considerando la idea de escapar, hasta que un día la oportunidad llegó cuando los mandaron juntos al Chocó y de ahí a Aguadas Caldas. Esa mañana Lorena dormía como pocas veces lo había hecho durante los seis años que llevaba en el grupo armado.

Con la cabeza recostada a la pared y medio sentada en una cama, antes que el canto de las aves, un tiro en seco irrumpió con su tranquilidad y echó a correr sintiendo que la hora de su muerte se acercaba y que el mundo se le venía abajo, pues los disparos eran tantos y de todos lados que no veía una salida posible, por lo menos no con vida o unas esposas en sus manos.

De pronto se sintió a salvo en medio de un cafetal y se dio cuenta que algo andaba mal. Su mano se movía bruscamente mientras ella corría desesperada. Apenas la pudo mirar se dio cuenta que una bala por poco se la tumba de un todo, estaba pegada a ella de un pedazo de piel y nada más. El hueso había sido atravesado con gran velocidad, tanto que ella ni siquiera sintió. Solo pensó en ir a casa junto a su familia y olvidar toda la pesadilla.

Ahora todo había cambiado. Sus padres tuvieron que salir huyendo y dejar todas sus pertenencias en San Francisco porque el joven que prestaba el servicio militar no quiso abandonar el batallón para unirse a la guerrilla. Tenían una nueva vida en Rionegro, lejos de la finca y las tierras de las que eran dueños. Hasta allí llegó Lorena, sin más que la ropa que llevaba puesta y un vacío profundo por perder a su gran amor.

Sus dos hermanos prometieron ayudarle a sanar su mano, pero alguien se adelantó. Solo dos días habían pasado desde el regreso de Lorena, cuando las AUC, tocaron a la puerta de doña Margarita para preguntar por ella y fueron ellos quienes la llevaron a una clínica donde le reconstruyeron la mano, pero el cambio que tuvo que pagar la familia fue con la vida de su hermano que no quiso dejar al ELN para unirse a ellos.

Durante un año permaneció tras las cuatro paredes de su casa y bajo la custodia de su familia. Una vez recibió una llamada de su amado y se prometieron un encuentro, pero su madre se encargó de cambiar al otro día el número telefónico para que nadie llamara a preguntar por ella y pusiera en riesgo la vida y la tranquilidad de todos.

Con el paso de los años sus pasos en la calle empezaron a dejar huellas cada vez más firmes y tranquilas. Al salir a su libertad terminó sus estudios secundarios y conoció un nuevo amor para su vida, con él sí pudo tener ese hijo que le alejara su mente y su corazón de las montañas en que combatía por unos ideales que se quedaron atrás.

Sueña con ir al mar y convertirse en una enfermera como cuando niña que jugaba con una muñeca, se ponía el tapabocas y el fonendoscopio y le tomaba el pulso soñando algún día salvar la vida de muchas personas. En una ocasión salvó la suya, pues fue ella misma quien canalizó su vena y se puso suero cuando la bala casi le cuesta la vida.

Fiel creyente en Dios, luego de que durante un  tiempo insultaba los sacerdotes, asiste cada ocho días a misa desde que nació su pequeña de piel morena y cabello negro como ella. Ha crecido muy rápido, tanto que ya le llega hasta la cintura.

Nuevamente, un disparo que viene sin dirección ha despertado a Lorena de inmediato. De un brinco se para de la cama y mira el reloj, son las tres de la madrugada y en la mesa de noche no hay un fusil para agarrar. Todos en la casa duermen. Era un sueño como le sucede casi a diario, un pasado que no ha podido combatir ni con la más poderosa de las armas, el olvido.

Natalia Morales – natalia@mioriente.com

 

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