Las vecinas más ruidosas de Rionegro

Por: Sarita Noreña

Una pequeña, que parece no tener más de un año de edad, camina sostenida del brazo de su abuelo. “Una aca. Uuuuh. Auelo. Una aca. Uuuh”. De inmediato, el señor comprende el motivo de la admiración de la niña y retrocede unos pasos, pues con un sonido, que hace entre dientes, la niña llama a la vaca. Su abuelo logra acercarla hasta la reja y lleva la manito de su nieta a la cabeza del animal, mientras ella grita de felicidad. “Uuuuuuh, auelo, una aca”. La escena no es en una finca, es a una cuadra del parque de Rionegro.

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Crecí intrigada por cada detalle de esa casa, sus puertas y ventanas eran inmensas, nunca las alcancé. También tenían surcos y calados, eran de madera gruesa, fina, de esa que sobrevive al comején. Y eran verdes, verdes como las canaletas, verdes como los soportes del techo, y verdes como el pasto que crecía en el patio central.

Las robustas paredes de bahareque resultaban exóticas en la cuadra, se tornaban amarillentas a pesar de las infinitas capas de cal que las recubrían. Las casas unifamiliares, como esta, pertenecían al pasado, pues los edificios, de esquina a esquina, transformaron el paisaje.

En un par de ocasiones dejé de observarla desde afuera y entré. De esas visitas afanosas recuerdo, con dificultad, el comedor de puestos infinitos y la piscina del patio trasero que, según mis tíos, estaba inspirada en Roma. No era azul como todas las que conocía, era gris, fría y oscura.

La casa de los Tobón Arbeláez fue un referente, un ícono de la Calle 48, la que llaman José Hilario López, para los desubicados como yo. Es la calle de la extinta Funeraria Noreña, o del también desaparecido Bingo. Las imágenes mentales que tengo de tan preciosa edificación solo tienen dos puntos de vista, de frente -parada en la Funeraria- o desde arriba –encaramada en el balcón de la casa de la abuela Leonisa-.

Según mis cálculos, no hace más de diez años que se murió ‘Elvirita’, la última habitante de esa casa. Ya no había quien la habitara. Regalaron todo, los libros, el comedor infinito, las vajillas, los muebles, las porcelanas y los cubiertos de plata. Nada se salvó, ni siquiera la historia. Desde entonces el espíritu del lugar cambió para siempre.

A la casa llegaron unos ‘cuidanderos’. Atrevidos, estiraron en el patio una cabuya, de esquina a esquina para colgar la ropa. Y como si fuera poco, le pusieron un timbre a la puerta. Jamás pudieron deshacerse de la llave de la puerta principal: era de cobre, grande, negra, fría y pesada. Siempre fue más grande que mi mano.

Desde el 2010 la casa comenzó a flaquear. Primero se desmayó una parte del tejado del patio, que era el centro de la casa, y luego cedieron las tapias de las habitaciones, todavía empapeladas. Cuando llovía, el agua se teñía de barro y viajaba cuadra abajo, con pedacitos de la casa. Pero no solo fue el invierno, también fueron sus herederos los que arrasaron con la historia. Según ellos no había quién habitara la casa y los gastos de mantenimiento eran cuantiosos.

La entrada de una retroexcavadora hasta sus predios, significó el adiós definitivo. Primero pelaron los techos, se llevaron las tejas que servían, y las que no, las quebraron. Luego arrancaron puertas y ventanas, las paredes yacían muecas. Finalmente asesinaron los muros, y entonces mi casa y la de la abuela, se llenaron de recuerdos y de polvo. En cuestión de días cambió el paisaje, ya no estaba la casa, el terreno quedó desnudo.

La casa de los Tobón se convirtió en un lote. En 2011, época de elecciones municipales, le prestaron el terreno al candidato ganador, entonces entraban y salían carros. Entraba y salía pantano. Entraban y salían los recuerdos. Después construyeron un muro que terminó de afear la cuadra, y para completar, le pusieron una reja gris, una cadena y un candado.

En contra de todo pronóstico y condiciones de habitabilidad, en 2015 llegaron unas nuevas inquilinas, quizá las más ruidosas y admiradas que ha tenido esta cuadra en los últimos años: ¡Muuuuuuuuuuuu! Así se presentaron. En cuestión de días organizaron la casa, bajaron el pasto crecido, y pusieron los comederos. ¿Y para hacer popo? Donde ellas quieran.

La relación con estas inquilinas, en ocasiones, se torna conflictiva, y de sus familiares conozco poco. Lo único que sé es que casi a diario, un señor llega, abre el candado, les da comida y se va. Pero a este, que aparenta tener la custodia, a veces se le olvida la existencia de estas pequeñas. ¡Muuuuuuuuuuuuuuu! ¡Muuuu! ¡Muuuuu! vociferan, casi siempre, los domingos desde las siete de la mañana. Supongo que son voces de protesta. Al principio les gritaba desde mi balcón que se callaran, que dejaran dormir, que respetaran. Con el paso del tiempo entendí que la pataleta era sed y que se solucionaba si les llevaba un balde con agua.

Las vecinas son errantes. Habitan el terreno por un par de semanas, lo deshabitan y vuelven. No son las mismas, a veces llegan unas más introvertidas, otras veces mandan a las bullosas, parranderas y desveladoras.

Niños, adultos, perros, gatos y ratas quedan perplejos al toparse con estas inquilinas tan particulares. No es fácil comprender que, a una cuadra del parque, en una zona comercial y residencial, exista un potrero. ¡Hombre, y eso que el progreso hace mucho llegó a Rionegro!

Estas últimas vecinas trajeron más motivos para uno  enojarse: toda la cuadra huele a potrero y a leche vinagrosa. Las moscas entran, sin permiso, al balcón de mi casa y al de la abuela. También las ratas -gigantes- desfilan afanosas por las noches, buscando alimentarse con los sobrados de las vacas. No contentas con eso, más de una vez han intentado matarme de un infarto: me he despertado a las tres de la mañana alarmada por un muuuuu que retumba por toda la casa. No es cómico.

La cuadra ha cambiado bastante durante 20 años que llevo recorriéndola de una esquina a otra. Los locales comerciales, las construcciones y los vecinos, no son los mismos. Quienes permanecemos, aún con vacas, ratas y gatos, intentamos seguirla habitando. Las vecinas le alegran la vida a los más pequeños: “Uuuh. Auelo. Una aca”. Pero nos sacan rabias a los más grandes: “qué cuadra para oler maluco”, “no dejan dormir”. ¡Pero hay que tolerar, dice mi papá!

En la memoria de una casa que tenía todo para seguir en pie, para contar por sí misma las historias de un Rionegro memorable.

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